Dedicado a todos aquellos que un día sucumbieron a los placeres carnales de la infidelidadUnos tragos de ron, un sorbo de marihuana, unas cuantas miradas y caricias prohibidas, bastaron para que los amantes, al calor de la noche, se despojaran de sus ropas, y en la grama mojada de un jardín se entregaran a los brazos de afrodita.
La aventura, la emoción y lo desconocido los atrajo como abejas a la miel. Dulce pasión oculta que un día descubrieron los infieles.
El deseo de apreciar su piel, sus labios y sentirlo en su ser, fue el motivo para que ella viajara a una odisea de frivolidades, parte del engaño que la sedujo.
Seducción disfrazada en un hombre lleno de encantos, un hombre de mundo, un hombre cariñoso y apasionado. Un hombre que se convirtió en su amante.
Un traidor del amor, él, que la hizo suya, recorriendo una y otra vez los límites de la sensualidad y el sexo.
Todo y nada fue lo intercambiado, entre ellos, los amantes. Nuevas experiencias y nuevos sentimientos, pero nada de amor. No compromisos, no preocupaciones y no exigencias. Nada y todo a la vez.
El placer y lo oculto, lo atrajo a él. Un bohemio infiel por naturaleza, de mirada pícara y sonrisa candida, que encontró en ella un modo de saciar la carne, y exponer su frialdad fingida.
“¡Fingida!”, diría él, muy sorprendido de saber que ella descubrió a un ser tierno y bondadoso.
Pero al final sorpresa para la amante, que durante fueron uno sólo -cuando pretendían hacer el amor- se dio cuenta que la frívola era ella; pues esa noche sólo pensó en complacer sus instintos más bajos.
La infiel sació sus impulsos de mujer dominante y el infiel acepto sin reproches.
Al final los traidores terminaron únicamente saciando la carne, y se olvidaron del amor y los escrúpulos.
¿Quien mintió, quién lastimó y quién se sació? Los dos a la vez. Pero ¿quién de los amantes sufrió? Sólo ellos lo sabrán. Aunque me atrevo a decir que ninguno, pues su idilio terminó.
Y hoy son otros con quienes engañan y sucumben a los placeres de la infidelidad.
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