• Dic. 25, 2009, 6:31 p.m.
Un nuevo año, ¿para más de lo mismo? Bueno, no todos van a lo mismo, como en una rueda que gira infinitamente sobre su eje, con ninguna otra perspectiva que volver una y otra vez al mismo sitio. Pero, vamos, ¡no todo es así en la vida! Es más, la vida, al menos la que Dios quiere, lleva implícito el movimiento, no el estancamiento, la capacidad de elegir y decidir, la posibilidad de extender los límites de la rueda, para los que se acostumbraron a su enfermizo ritual giratorio, donde todo permanece igual.

Millones de vida, incluso, aquí en Nicaragua, un día decidieron dejar esa rueda, disco, molino, noria, para dejar los desiertos e ir a buscar donde estaba el resto de sus vidas, porque vivir no sólo es respirar, sino pensar y ver para adelante, y sobre todo: creer en Dios. Sí, saber que en las primeras décadas del Siglo I, es decir, hace 20 centurias, vino a la Tierra, su amado y unigénito salvador del mundo: Jesucristo hombre. Y con Él, además de ser la frontera entre el Viejo y el Nuevo Testamento, también para la humanidad significó cambiar el conteo de los siglos. Y para muchas almas, un antes y un después.

Y Dios no nos hizo para acumular calendarios tras calendarios, sino conocimiento, es decir, páginas enteras de su Biblia para superar realidades lastimosas: este sería un buen inicio. Sí, leer las Escrituras, enterarse de los planes de Dios para el género humano, pues como dice el Angel Gabriel, “porque para Dios nada es imposible”. (Lucas 1:37)

La Palabra de Dios es la Biblia, en sus expresiones literarias tan formidables como la Reina Valera o la de Jerusalén, La Versión Popular y la del Rey Jaime. Además, Jesús es la Palabra encarnada, hecha vida, para cambiar y transformar también otras vidas. Gracias a la Biblia, de las prédicas que han inspirado a pastores y hombres y mujeres de Dios, muchos dejaron la maldad, el egoísmo, las drogas y las perversiones, la codicia y la guerra, el odio y el rencor. También Jesús salva, sí, ofrece un lugar en su Reino de los Cielos, también sana, hace que las personas enfermas alcancen una completa sanidad sea física o del alma. Libera: del pasado, de los vicios, de lo malo. Y transforma el agua en vino, el perdido en una persona en sus cabales, el que no tenía futuro, en persona dispuesta a andar un nuevo camino.

¿De dónde es eso de que la Biblia es la palabra de Dios? Pueden repasar la historia, leer los diferentes estudios de Filosofía, y nadie, aunque pueda sonar inteligente y demasiado sabio, siente paz en el alma porque leyó a Platón y recitó a Aristóteles, o bien se volvió en un experto en los aforismos de Nietzsche.

La Biblia es quizás el único libro que ha contado con los enemigos de mayor prestigio, considerados inclusive, prodigios de la naturaleza humana, y sin embargo, la Palabra de Dios no sólo no ha sido destruida, sino que ha reparado almas devastadas, ha hecho emerger hombres y mujeres sumergidos en la ruina, restaurado matrimonios en crisis y levantado biografías escritas en el suelo para elevarlas en las manos de Cristo.

Ni Voltaire, con toda su erudición ni mucho menos Marx y Engels, Lenin o Mao, Charles Darwin y su Teología de la Evolución, es decir, los cañones más ilustres del materialismo, lanzando todas sus ingeniosas municiones no pudieron acabar con la Biblia, un libro que han ridiculizado al punto de verlo como dirigido a ignorantes, atrasados, ingenuos, supersticiosos y crédulos. El mismo hecho de sobrevivir la Palabra de Dios a tan feroces ataques en todos los siglos demuestra que su autor no es un simple mortal, sino única y exclusivamente el Altísimo, el Creador de los Cielos y de la Tierra y aún de nuestras vidas. Sistemas e imperios se han lanzado contra el libro de libros, pero se mantiene en pie, incólume. Al contrario, ¿en qué convirtieron a la humanidad los Marx o los Lenin o los grandes profetas del mercado, para quien Jesús y sus enseñanzas son un gran estorbo?

Pero no es el punto de lanzar cacería de brujas, que es lo que desde esos aleros “científicos” se exacerbaron fanatismos para perseguir a los cristianos. Lo que la Biblia quiere, a través de lo que Jesús dijo, es lo más sencillo: “amar al prójimo como a ti mismo”.

La rueda de los hombres vuelve al mismo punto, y la historia se ha hecho a punta de odios y guerras, luchas y horrores. La repetida materia prima para todas las épocas: las más bajas pasiones humanas, donde el que es exaltado -y muchas veces pasa como héroe, ídolo, prócer- en su vida personal no es más que una triste colección de miseria humana. Dios creó el hombre para el movimiento, no para repetir el pasado, que así ha sido la historia de los hombres, donde cambian únicamente sus protagonistas sólo para reincidir en los antiguos errores, presentándolos como nuevos.  

La Palabra de Dios luce fresca, viva y eficaz. Comenzar un nuevo año con la lectura de lo que Dios quiere para el hombre y la mujer, es una magnífica idea. Al fin y al cabo, el mundo está demasiado oscuro, y nada hacemos nosotros con andar con nuestra lámpara apagada.  El salmista lo dijo: “Lámpara es a mis pies tu palabra, Y lumbrera a mi camino”.  (Salmo 119:105)
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