• Dic. 26, 2009, 2:53 p.m.
“Es un monstruo grande y pisa fuertetoda la pobre inocencia de la gente”. León Gieco

“Somos como el herpes, la celulitis o los parientes irlandeses, una vez que llegamos no nos queremos ir”, lo ha dicho Bill Maher con su humor implacable sobre el envío de más tropas norteamericanas a Afganistán. Obama no ha tenido de otra, aunque heredada y en contra de su notoria vocación pacifista, la verdad es que ahora ya tiene su propia guerrita, igual que Reagan, Bush padre, Clinton, Bush hijo y la mayoría de sus 43 predecesores.

No podría cerrar o abrir peor un año. El hecho de más repercusión en la vida norteamericana y de los países que gravitan alrededor de su poderosa economía, fue borrado de los medios por las cabriolas extramaritales de Tiger Woods. Más allá del peligro nuclear inminente que representa esa parte de Asia, todos los mercados se verán afectados, desde los botones hasta el petróleo.

Obama no es un presidente de guerra, creo que su debilidad principal es la práctica del bien absoluto, vacila al escoger un mal menor para evitar una catástrofe, Honduras en un buen ejemplo. Pero la guerra venía con el trabajo de dirigir la nación más poderosa del planeta que ahora debe combatir a sus antiguos discípulos en Asia. En campaña Obama prometió hacerla más efectiva, la pregunta es si podrá sin que pierda en el intento todo su capital político. Ahora entiendo el enigmático brillo en la mirada de McCain cuando lo felicitó por su victoria.

La Casa Blanca hoy es intelectual, con Bush era petrolera y armamentista. “Para entender realmente la nueva estructura de poder en Washington, se necesita echar un vistazo más allá de la luz que alumbra el escenario, a un grupo al que el radar no alcanza detectar”, señala el periodista Matthew Cooper sobre el “O Team”, un pequeño grupo (7) con academia y vasta experiencia en las grandes ligas del poder mundial que aseguran la agenda del presidente.

El obamagabinete es de lujo, hay premios nobeles como él mismo y autoridades mundiales científicas como Steven Chu, Paul Krugman o John Holdren. Pero detrás de Hillary Clinton o Rhan Emanuel está el grupo mencionado arriba, gente como Michael Forman, Gene Sperling o la extraordinaria Mona Supten, una belleza afroamericana autora de The Next American Century, habla cinco idiomas (fluidos) incluyendo el mandarín.

Pero ni siquiera Mona pudo advertirle a Obama que no es bueno decirle a los talibanes, boten sus piedras los refuerzos llegan en un mes salimos en un año. No hay un Nobel a la guerra. A sus asesores militares tampoco les conviene que el presidente sepa que esa lucha no se gana ni con un millón de soldados, no hay ejército ni técnica que derroten el fanatismo religioso. Allá el poderío militar es inocuo, son más efectivas la traición, la mentira y el engaño, pero esas armas tan antiguas como el mundo, no estimulan la economía, ¿verdad?.

Con sus obvias diferencias, Afganistán podría convertirse en la lápida política de Obama, así como Vietnam lo fue para Lyndon Johnson a mediados del 60. Jonson terminó siendo un frustrado portador de grandes reformas en materia de derechos civiles, educación, salud y bienestar para los estadounidenses. Tuvo la oportunidad de colocar a su país del lado de las soluciones y no de los problemas del mundo. Sin embargo, a pesar de sus instintos, incrementó las tropas y los bombardeos sobre la tierra de Ho Chi Minh, que incluían el uso del napalm y el “agente naranja”. Al final en Vietnam murieron 58,000 norteamericanos y tres millones de vietnamitas. Atrapado en la vorágine de aquella guerra, sin pistas para terminarla, bajo el repudio mundial y el ataque de halcones y palomas en Washington, en marzo del 68 Johnson renunció a postularse de nuevo.

Para los que hemos sentido el olor de la carne chamuscada por la metralla incandescente o la pestilencia ocre de una pila de cadáveres, sabemos que las palabras son inútiles para describir el horror de la guerra. Pero no nos engañemos dijo Obama al recibir el Nobel, esgrimiendo una verdad negada sólo por aquellos ciegos que no quieren ver, “Un movimiento no violento no hubiera podido frenar a Hitler. Ninguna negociación puede convencer a los líderes de Al Qaeda para que entreguen sus armas”.

Personalmente respeto sinceramente a los que encomiendan su fe a Mahoma, Jesús, Buda o algún ser extraterrestre, pero no quiero volar en pedazos solamente porque un grupo de enajenados decidió sin encuestarme que soy infiel o su enemigo político. Esa simple premisa de sobrevivencia personal no pareciera formar parte de la crítica y las seguras protestas por la decisión de Obama. La gente que sobra, por ejemplo a la hora de condenar Guantánamo, es la misma que falta a la hora de lidiar con los “arcángeles” que encierra. El considerar la otra cara de la moneda es un lujo que nunca se permiten los portavoces de la hipocresía mundial.
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