• Dic. 26, 2009, 8:08 p.m.
Una manera demasiado común y baja para evitar asumirse como sujeto, como persona transformadora, como actor con poder de transformación en las dinámicas sociales en las que intervenimos, es meter a nuestro respectivo Dios o al de los demás en el juego. También es la manera de presionar a otros para que hagan lo que nosotros queremos. “Dios lo quiso” o “Dios lo quiere así”. ¡Qué manera de excusarse y qué manera de manipular! ¡Por favor! Lo hacen creyentes, creyentes a medias y no creyentes. Cada vez que escucho a varones y a mujeres en su rol de políticos de cualquier color, de dirigentes comunitarios, de directores del equipo deportivo, de maestros en el aula, de profesionales de la salud, de técnicos rurales, de dueños de empresas y al ciudadano o ciudadana de a pie, usando frases como esas, para impulsar una acción o para explicar lo sucedido o sucedible, no puedo pensar más que en las cavernas, la Inquisición, las dictaduras…

El nombre de Dios, manejado de esa manera, sirve para avasallar, porque legitima el uso de la autoridad en cualquier sentido, porque nos hace asumir que todo lo que se haga por ese dios, es bueno; porque usarlo como argumento elimina los argumentos terrenales. El nombre de Dios usado de esa manera hace que aceptemos la presencia de escalas de jerarquías incuestionables y favorece los abusos.

Dejarle a nuestro respectivo Dios la responsabilidad de lo que no pudimos o no nos arriesgamos a transformar, es excusarnos burdamente de asumir, y así nos estamos deshumanizando. Es más fácil achacar lo que en “Desarrollo” han querido llamar erróneamente “factores externos” a un dios, separarnos de la posibilidad de tomar medidas de control sobre ellos, necesariamente en redes, necesariamente a mayor plazo, que entrar en controversias peligrosas, que “nos sacan” del centro de atención que quiere una institución, una agencia, una autoridad, un consultor. En nombre de Dios se atacó a los enemigos de Dios, causando miles y miles de muertes, depredación, a partir de una mentira sobre Irak. En nombre de Dios dejamos que ocurriera. Los voceros de Dios de entonces no nos han dicho que ese dios ha condenado esa mentira y a los victimarios, que siguen haciéndolo y siguen siéndolo. Si no fuese así, si un dios en verdad fuese el responsable de todo, como están las cosas en el mundo, habría de ser considerado un verdadero malvado, el más cruel de todos.

Es como si hubiesen metido en una cárcel de alta seguridad al otro que pensábamos o nos inventamos… a ese que ejercía de Dios desde el amor. En nombre del Dios predominante se instalan bases militares en otros países para motivos explícitos que no lo son. En nombre de un dios invaden países, derrocan a un presidente y se coloca a otro. En nombre de un dios u otro justifican colocar bombas, asesinar dirigentes, destruir la naturaleza. He visto en TV presidentes que hacen arrodillar a los presentes para agradecer por el éxito de eventos que después se evidenciaron como un verdadero show. Da tristeza.

No tiene sentido hablar de planificación, preparar programas para cambiar una u otra situación, hacer diseño de proyectos, y cosas así, si estamos convencidos de que un dios u otro lo tiene ya todo planificado, si creemos que el destino ya está escrito. Tampoco tiene sentido hablar de ciudadanía, ejercicio ciudadano, de lucha por los derechos.

Cuando veo la primera mención a Dios, en un discurso, en un acto que no es religioso, yo no sé usted, pero yo apago el televisor, y si estoy ahí, me desconecto o me salgo. Sé que no es suficiente, claro.

¿Quién está engañando a quién? La respuesta automática de algunos que están acostumbrados a achacárselo todo al ser supremo podría ser: “Dios”. ¿Qué cree usted?
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