• Ene. 4, 2010, 4:11 p.m.
Interlocal Managua-Granada, 8pm, un jueves cualquiera. Una fila de 150 pasajeros hemos tenido que esperar 40 minutos por el arribo de los próximos buses que empiezan a llevarnos en limitados viajes de 30 por salida. Finalmente el mío y he tomado asiento a la par de una mujer que carga con un bebé dormido entre sus brazos.

El bus va lleno, algunos deben ir de pie y seguramente cansados, como todos, como yo, que he dejado de escuchar cualquier ruido y me he quedado también dormido en los hombros de la mujer del bebé. Ella no dice nada, y si lo dice, yo no la escuché ni sentí su rechazo. Quizás a veces la maternidad es tan holística que es capaz de asumir a los parásitos.

Después de Masaya, me despierto a medias. El bus menos congestionado, y no sé si subieron en Managua o en algún momento en el transcurso pero son tres los hombres torpes y rudos que charlan en voz alta, estridentes, van borrachos y diciéndose bromas que a nadie parece interesar. Destapan otra ronda de latas y brindan por una tal Socorrito.

En el empalme de Las Flores la carretera se vuelve silenciosa, oscura y da libertad a los jinetes. El chofer acelera, se escuchan las revoluciones del motor. Los accidentes comúnmente empiezan en este tramo pero el cansancio y la costumbre nos hace a muchos equilibrar indiferentemente el sueño.

Sin embargo, hoy hace una velocidad extraña, quizás extraordinaria, el microbusito tiembla. Quien sabe orar y rezar probablemente se encomiende a algo. Yo quiero recuperar el sueño y me acomodo, pienso en Rosario, en su sonrisa, en su ingle y ese encuentro entre sus piernas. Pero entonces una fuerza brutal surge desde mis oídos y una voz también salida desde otro vientre me expulsa de ese hombro materno.

–¡A la gran puta, si al chavalo lo acabo de parir hace 12 horas, y ya me lo querés matar. Baja la velocidad, animal!

Se siente el acelerador asustado desistir de su propósito y unos murmullos en el asiento trasero parecen solidarizarse con el mandato de la madre.

–Estos hijos de la gran puta nunca aprenden, y la policía mierda que ni verga les hace. Pero palman a uno y ni para la caja ponen.

–Tranquila, madre, no sabía que llevaba a su tierno. No se me ponga maliadita. Es que…

–¡Ni mierda, jodido! A ustedes les vale verga la vida de uno y con tal de meterse unos billetes más hasta a los bolos montan.

Y el microbus llega hasta una velocidad absurda en la que casi parece detenerse y si antes parecíamos un racimo de gallinas en las manos de un chofer con la adrenalina de un neurótico, ahora parecemos un acarreo de vacas yendo a un matadero clandestino.

A los 5 minutos todos parecen desesperarse y no faltara la voz de un necio que empezará a hincar a la mula.

–Puta, hombre, si queres nos vamos a pie. A este paso vamos a llegar hasta mañana. Metele la pata a esa mierda, dice uno de los bolos que empieza también a tener el respaldo de las otras dos latas.

–Ya se me enfrió esta babosada.

Y los murmullos de atrás alzan las voces y todos exigen que el bus acelere.

–No se les halla el hoyo a ustedes, dice el chofer, y le vuelve a meter la pata a la cuestión hasta devolver las violentas corrientes de aire que entran al microbus.

La madre no dice nada, mueve su cabeza en señal de negación, mece al bebé con uno de sus brazos y con el otro se sostiene de un agarradero cercano.

Yo, otro pedazo de mierda, me quedé también callado, mustio, sin saber decir nada, escuchando las carcajadas de los bolos y observando por la ventana la oscuridad de las cosas.
 
http://emilapersola.blogspot.com/
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