• Ene. 9, 2010, 5:51 p.m.
En diciembre pasado el Papa Benedicto XVI sorprendió al mundo al anunciar que no sólo elevaba al rango de Venerable, como primer paso de la santidad, a su antecesor Juan Pablo II, sino que también a Pío XII, el Papa más controversial del siglo XX. La sorpresa fue mayúscula, porque tan sólo un año atrás, previo a su visita a Jerusalén y la consecuente negociación de bienes inmuebles que reclama la Iglesia Romana en la ciudad “Santa”, Benedicto XVI había decidido congelar el proceso de canonización de Eugenio Pacelli.

El proceso de canonización de Pío XII se había congelado, también el proceso de negociación del gobierno de Israel para darle los privilegios que exigía el Vaticano. “La paciencia de Job” no acompañó en diciembre pasado a Benedicto XVI, con gran precipitación y falto de cálculo político, metió bajo las faldas del carismático Juan Pablo II, controversial decreto de veneración de Pío XII, al que muchos historiadores llaman “El Papa de Hitler”.

No vamos a profundizar en la biografía de Eugenio Pacelli, pues ya lo hicimos en ediciones pasadas de END, pero sí destacaremos lo que puede provocar el desatino Papal de querer a fuerza de reescribir la historia, llevar a los santos altares, a un hombre deficitario en heroicidad y superavitario de antijudaísmo y fascismo.

Ahora el gobierno de Israel está pidiendo que se abran los archivos del proceso de canonización de Eugenio Pacelli, que han estado cerrados para investigadores independientes. No obstante, estos mismos archivos han sido abiertos por la curia romana a supuestos admiradores del otrora poderoso Pío XII.

En los años noventa el católico John Cornwell obteniendo la venia Papal, investigó los once volúmenes que conforman los documentos del expediente Pacelli. John Cornwell, católico practicante británico, ya había defendido al Vaticano en un libro anterior donde respondía al escritor británico David Yallop y su libro “En nombre de Dios”. Cornwell refutaba a Yallop, pues manifestaba que al Papa Juan Pablo I no había sido asesinado, sino que había muerto de una embolia por descuido de la curia romana. El libro de Cornwell “Un ladrón en la noche”, servía para amainar el temporal provocado por las investigaciones de Yallop; sembraba el beneficio de la duda que junto al tiempo se encargaron de bajar la presión. Con sus antecedentes de “abogado defensor del Vaticano”, comenzó otra investigación más, para limpiar en esta ocasión, el nombre de Eugenio Pacelli, Papa sospechoso de alianza con el nazismo y el fascismo. Quería así, zanjar de una vez por todas, el camino de la canonización de Pacelli con la certeza del gran público creyente y las diluídas reprimendas judías.

John Cornwell desarrolló su proyecto con libertad, estudiando a fondo gran parte del expediente de Eugenio Pacelli, facilitado éste en sus inicios por el Vaticano, como quién enseña documentos a un amigo que tendrá un ojo disimulado para lo malo y uno avispado para lo bueno. Para Cornwell, fue difícil disimular su decepción ante la curia, al ver las evidencias documentales que le hacían concluir que su otrora defendido Papa Pío XII, era ni más ni menos “El Papa de Hitler”, y así intituló su libro que tuvo un impacto mas allá de sus propósitos originales. Un Boomerang que reventó de parte de un católico en la cara del mismísimo Vaticano.

El libro de Cornwell, no sólo dice que Eugenio Pacelli guardó un silencio cómplice del nazismo y fascismo, sino que tenían coincidencias ideológicas con el nazismo y hasta con el mismo Hitler. Estas coincidencias, detalla Cornwell, eran su gran anticomunismo, el antijudaísmo militante y su desprecio a los países aliados por su protestantismo y vida relajada en el pecado. Pero también habían otras coincidencias no menos importantes, tanto Hitler como Eugenio Pacelli, admiraban a la orden Jesuita, la cual Hitler imitaba en su estructura organizacional y en su filosofía.

Como mérito de santidad el vaticano impulsa las virtudes heroicas del Siervo de Dios Eugenio Pacelli. Ahora para el Vaticano el silencio es heroico, y con malabarismos históricos crean el mito de los miles de judíos salvados por Pacelli en forma discreta. Según el Vaticano el silencio de Pacelli, era para evitar que Hitler perdiera los estribos y matara aún más judíos y cristianos. Argumento por demás pueril e inconsecuente con la mitología cristiana de los mártires de los primeros siglos. La “trinidad” de Pacelli en su mundo de excelente diplomático internacional, lo fueron Hitler, Musulini y Franco, con los cuales firmó sendos concordatos que aún hoy le dan dividendos a las cuentas bancarias de “San Pedro”.

Pero para ser justo y balanceado, los méritos de Pío XII no son de santidad, sino de hombre de Estado. En el mundo se movía como pez en el agua, era un diplomático sagaz y efectivo. No sólo organizó bien las cuentas del estado Vaticano, sino que lo hizo más rico de lo que era. Los diezmos “voluntarios” dados por los criminales nazis en su franca huída a través de la ruta de los monasterios hacia Suramérica, engordaron las arcas Vaticanas. Sin mencionar el oro de Croacia dado por el criminal Ante Pavelich para su huída a Argentina y luego a la España de Franco para morir en “paz” en un monasterio español. La destreza diplomática de Pacelli superaba así a la de un Tayllerand o un Fouche, pues sin territorio y sin ejército pudo manipular las voluntades de los dictadores para su provecho y razón de Estado.

La torpeza de Benedicto XVI es doble, por un lado al hacer venerable a Pacelli no sólo levanta la ira de los judíos, sino de todos los familiares de los muertos en los campos de concentración y en la guerra, También puede `provocar aún más crisis en la Iglesia Católica, pues al analizar a Pío XII, se tiene que evaluar su actuación en el marco de su carrera eclesiástica, la cual esta imbuída en la historia de la Iglesia en el siglo XX, que según John Cornwell, y así lo demuestra en su libro, tuvo responsabilidad directa en las causas de las dos guerras mundiales.

Benedicto XVI al ver la fuerte reacción de los Judíos, quiso “dorar la píldora” aduciendo que el proceso de Juan pablo II iría más rápido que el de Pío XII. Pues a Juan Pablo II ya le tiene fabricado un milagro y a Pío XII todavía no, sin embargo le hacemos la sugerencia a la santa sede que no busque más, pues los milagros de Pacelli son varios y fueron pagados en efectivo; basta con indagar con los familiares de los cientos de criminales nazis que por su mano milagrosa se salvaron de los juicios de Nuremberg. Les sugerimos por último, asignarle un día en el santoral católico, el 20 de abril, día del nacimiento de Adolfo Hitler.

rcardisa@ibw.com.ni
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