• Ene. 22, 2010, 6:53 p.m.
¡Terremoto! Esta vez en Haití. A diferencia de los huracanes a los movimientos telúricos no les ponen nombres. Es un anónimo fenómeno que causó la muerte a miles de pobladores del país más empobrecido del continente, y definitivamente tendrá efectos graves, por mucho tiempo, en la mayoría de sus ocho millones de habitantes… sobrevivientes. Haití ha sido víctima de dictaduras, conflicto interno, derrocamiento de presidente, invasión desde el Norte, y fenómenos como este… de los que no ha sanado. En estos casos nos vemos inmersos en un caos marcado por sensaciones como la tristeza, el enojo, la impotencia y la desesperanza. No podemos quedarnos ahí, claro y mientras nos involucramos en maneras de solidarizarnos en lo concreto hemos de reconocer que los responsables de la magnitud de la catástrofe no son anónimos y que es necesario hablar de ello.

Podemos señalar a la mala suerte o a un dios u otro como causante de los desastres y la pobreza, como sospechosos de producir las víctimas, pero eso no es más que una fácil salida para esconder el dedo indicador y además… no es verdad. Lo que ya sabemos es que los desastres requieren de la pobreza para asegurar más víctimas y eso hace muy buenos socios. Los autores o al menos coautores andan por esta tierra detrás del petróleo, el agua, los árboles, los minerales, destruyéndolo todo a cambio de riqueza. Usando actos de magia para desaparecer las voces que intentan decir no más, construyendo y vendiendo artefactos para eliminar personas y cosas en sus juegos de guerras, con muertos y discapacitados de verdad. Ellos, con lo que hacen y dejan de hacer, están creando condiciones para que haya más desastres y para que se incremente el número de víctimas.

Ellos se movilizan entre países bien acomodados en sus empresas transnacionales. Último modelo, muy veloces, muy sonoras. Rodeados por unos jefes de gobierno que les sirven de guardaespaldas y otros que juegan articuladamente de manera hábil a ser sus oponentes. Centros de investigación y enseñanza que legitiman sus acciones; ornamentadores profesionales que las hacen ver y oler muy bien; púlpitos que las santifican; capataces que hacen que se haga lo que según ellos debe hacerse, con látigos y técnicas de persuasión muy sofisticadas, que requieren --claro-- un buen número de víctimas colaterales. Pero para ellos eso es perdonable a cambio de unas buenas dádivas. La inhumanidad ha sido globalizada... el efecto de los desastres ha sido magnificado.

En cualquier rincón están los cómplices, muy fáciles de reconocer: Son aquellos que mueven la cara a otro lado para no ver escenas que quitan el apetito, o el sueño. Se cubren la boca para que no escapen las palabras peligrosas porque alguien puede oírlas. Prefieren no pensar o concentrarse totalmente emocionándose en algún reality show o pegados a malas películas hollywoodescas. Se comprimen tanto el corazón que aún latiendo quien lo porta deja de vivir. Son los Cadáveres Andantes, tal vez usted y yo somos cadáveres andantes, si permitimos que eso ocurra.

Y están las víctimas de los desastres. Ellos y ellas sufren al igual que las otras víctimas, las de las guerras y los conflictos internos desconocidos oficialmente. Están otra vez los nuevos muertos, los que han sido reducidos en sus capacidades. Quienes han perdido uno o varios de los suyos. Los desplazados. Los que han dejado de tener lo poco que tenían… que era todo para ellos. Hasta sus sueños. Y no lo dude: pasa en Haití y puede ocurrir en cualquier país del Sur. Como van las cosas usted y yo estamos haciendo fila para engrosar el bando de las víctimas… una y otra vez. Si no asumimos colectivamente el bien vivir vamos a seguir pasando por el mal morir. Tenemos el desafío de generalizar la sensibilidad.

Viene el desastre, que definitivamente no es natural, y aparecen en grandes titulares las ayudas desde los gobiernos poderosos y un número de grandísimas empresas desde sus fundaciones de proyección social. Pero eso solo es ayuda para los espacios publicitarios y las noticias en los grandes medios. En realidad están retribuyendo tarde una pequeña parte de lo que en justicia corresponde a las víctimas y sus sociedades. Solo para ampliar la guerra en Afganistán, el gobierno de USA solicitaba en enero del 2010 la suma de US$ 33.000.000.000 (treinta y tres mil millones de dólares). Esa es solo una de las guerras que ellos mismos han propiciado. No sería difícil imaginar, si tuviesen otra perspectiva, un mejor uso para esa suma, y reconocer los daños que eso evitaría sobre las gentes inocentes, sobre la naturaleza y sobre el incremento del odio.

No es ni “ayuda humanitaria” ni un favor lo que hacen y lo que no han hecho en casos de desastres quienes usufructúan la riqueza y el poder, los dueños del dinero. No es ayuda humanitaria la que hacen los gobiernos poderosos, o las empresas flotando en sus tesoros. Esas que sí son salvadas por esos mismos gobiernos poderosos, con miles de millones de dineros de las crisis inventadas por ellas mismas sin tanto problema de conciencia. No es “ayuda humanitaria” lo que hacen los mismos que se encuentran en Kioto, Davos, Copenhague o cualquier otra parte de este mundo, reunidos no para tomar medidas que salven el planeta y reduzcan los riesgos de desastre, sino para parchar las quejas justas, con espejitos de aquellos que portaban los invasores del viejo continente hace más de 500 años, al truncar el modelo de desarrollo que nuestros ancestros del lado indígena iban construyendo.

La etiqueta de “ayuda humanitaria”, en ese caso y en esta época, es un artificio publicitario que no cabe aquí porque no estamos en un encuentro de prestidigitadores ni en una fiesta de disfraces… y porque hemos crecido los del Sur. Lo que hacen ellos es tan solo devolver una pequeña parte de lo que han logrado hacer a costa del mundo y sus habitantes. Pero por otra parte, lo que hacen las poblaciones del común, los demás países empobrecidos de la tierra, para ayudar a las víctimas de los desastres, claro que sí puede ser ayuda humanitaria, pero más que eso se trata de “solidaridad”.

Los autores o coautores de la magnificación de los efectos de los desastres, que son también los de la pobreza, todavía deben más. Les corresponde pedir perdón a cada víctima anterior y nueva, a sus familias y comunidades, a sus descendientes. Han de repararles el mal que han hecho y siguen haciendo. Han de aliviar desde su comodidad y tal vez a costa de ella, lo que dejaron de hacer por sustraer. Aún es tiempo de que los autores, sus séquitos y los cómplices rindan cuentas… frente a un jurado digno… y antes de que acaben con la especie humana, o al menos con la mayoría de ella. La Pachamama puede vivir sin nosotros. Como van las cosas no le haríamos tanta falta… pero sería un poco triste pensar que nosotros, nuestros ancestros, nuestros hijos, nuestras creaciones e historias, nuestros planes que creemos tan importantes, perdieran significado y dejaran de existir por los intereses anómalos de unos pocos.
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