• Ene. 25, 2010, 1:17 p.m.
El año nuevo nos ha llegado con una tragedia: el terremoto en Haití. Quienes vivimos el terremoto de 1972 en Managua, no podemos dejar de sentir en lo profundo el dolor de los haitianos y entender lo que significará para ellos la reconstrucción en un país pobre máxime en una nación donde el estado es prácticamente inexistente. Aunque la ayuda internacional ha sido lenta en organizarse, la respuesta de la gente del mundo ha sido generosa. Millones de dólares han sido donados desde celulares y otros medios y enviados a las agencias que se encargan de canalizar la ayuda hacia zonas de desastre. Pero el dinero no es todo, como bien sabemos. Entre quienes lo reciben y quienes lo administran hay grandes brechas; brechas de entendimiento, brechas culturales y concepciones diversas sobre qué es lo que la nación requiere. Por el momento, la urgencia es atender a los sobrevivientes y lograr suministrarles lo esencial. Luego vendrán los poderes a intentar soluciones políticas y dado que el gobierno haitiano ya antes del terremoto carecía de poder real, las perspectivas parecen apuntar al surgimiento de un tutelaje extranjero que, según diversos analistas, tendría que ser liderado y conducido por las Naciones Unidas en el mejor de los casos. Es muy temprano, sin embargo, para dar opiniones sobre el particular. Lo importante en estos momentos es solidarizarnos con los que sufren y, como latinoamericanos, velar por un mañana donde los haitianos puedan salir de este revés con alguna esperanza para el futuro.

En nuestro país, por otra parte, el nuevo año parece que será un año mudo. El zarpazo que ha significado la compra del Canal 8 por el gobierno, o la familia Ortega, que es lo mismo, es trascendente dado que la mayoría de los nicaragüenses reciben la información sobre lo que pasa en el país por medio de la televisión. Si Somoza antes permitía una relativa libertad de información a los periódicos, pero censuraba las radios por medio del famoso “Código Negro” porque sabía que mientras poca gente leía la prensa escrita, los radios eran escuchados por la mayoría; el gobierno actual se propone dominar las televisoras con una lógica similar. Los canales que no han logrado comprar, los han hecho callar con presiones y chantajes económicos o la amenaza de suspenderles sus licencias. No deja de ser lamentable, sin embargo, ver la manera en que los empresarios de nuestro país han optado por la complicidad y por bajar la cabeza. Si Ortega, su familia y su partido, se ha propuesto dominar el país y han podido monopolizar la ayuda venezolana y crear un imperio económico como el de Albanisa, que les permite consolidar su proyecto político, hay que decir que lo han hecho en gran medida gracias a la actitud sumisa, corto-placista y poco beligerante, tanto de los empresarios, como de la clase política que continua aferrada a sus cada vez más irrelevantes cuotas de poder.

Mientras las cúpulas se arreglan ya sea pactando o callando para proteger sus intereses, el país sigue marchando de manera casi inexorable hacia el establecimiento de una casta familiar que con financiamiento extranjero está imponiendo un sistema populista que, no sólo violenta la voluntad de la mayoría, sino que basa su poder en la compra-venta de voluntades, votos y todo aquello que convenga a sus propósitos de perpetuarse en el poder.

En unos pocos años, hemos visto prácticas oscuras y desaciertos diplomáticos que, no sólo han afectado el presupuesto disponible para las reformas y los programas que tanto necesita nuestro país, sino que han acelerado la corrupción ética de la sociedad en su conjunto. De los desmanes de Arnoldo Alemán y el escándalo de los Cenis, hemos pasado al uso de fondos públicos para fines partidarios, el manejo del gobierno como feudo familiar, la transformación de los poderes del estado en dóciles y caricaturescos monigotes. La Constitución, por otro lado, ha pasado a ser un estorbo cuyos preceptos son eliminados a punta de decretos absurdos y truculencias que, sin ninguna vergüenza justifican cómplices magistrados.

Ante estas distorsiones que van generando un clima cada vez más desesperanzador para el futuro del país, la oposición por su parte, inmersa en su propio caldero de rémoras del pasado y misas negras, va quemando sus naves, descabezando sus líderes y mostrándose incapaz de ver más allá del ser o no ser de dirigentes que, por una u otra razón, se muestran inadecuados representantes de las necesidades y preocupaciones más sentidas de la población.

En el contexto de la crisis global que vive nuestro planeta, es una lástima que en nuestro país los espacios que abre la misma crisis para la búsqueda de soluciones alternativas y de un pensamiento progresista, estén siendo ocupados por la reedición de viejas fórmulas económicas y políticas y sobre todo por mentalidades que no logran trascender la megalomanía de sus propias ambiciones personales.

Para colmo de males, con la desaparición de espacios de reflexión y crítica en la televisión, como los programas Esta Noche y Esta Semana en el canal 8, mucha gente dejará de contar con la información necesaria para constituir una ciudadanía informada.

Tendremos pronto que desalambrar para no quedar como venadito entre tu huerta.
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