• Feb. 4, 2010, 10:04 a.m.
Se suponía que los golpes de Estado y quienes los ejecutaban no tendrían una segunda oportunidad sobre la tierra, parafraseando a Gabo, pero el sucedido en Honduras el 28 de junio de 2009 nos demostró lo frágil de la incipiente democracia latinoamericana, que comenzó a respirar el aire fresco de las elecciones claras en la última década del siglo pasado. Y la juramentación de Porfirio Lobo como nuevo presidente de esa nación el 27 de enero, más el sobreseimiento a quienes participaron en esta reedición de toma del por las armas, le pusieron tapa al pomo.

Después de una semana tensa en que se atrincheró en Casa Presidencial y con la certeza personal de que el ejército no lo intentaría, el presidente constitucionalmente electo, Manuel Zelaya Rojas, se fue a dormir el sábado 27 de junio. La madrugada del domingo 28 despertó con un rifle en la cabeza, en el preludio de una repetición en real de los ya temidos golpes militares que asolaron durante todo el siglo XX la geografía continental, el Caribe incluido. Un oscuro teniente coronel, René Antonio Hepburn, fue el encargado de detenerlo para luego expulsarlo del país como un  delincuente, en pijamas y desvelado. Lo llegaron a tirar a Costa Rica.

Pero esta tragicomedia tiene un prontuario que se remonta a la ascensión de Zelaya al poder por el derechista Partido Liberal de Honduras tras ganarle las elecciones a Lobo, del conservador Partido Nacional, en 2005. Todo navegaba en aguas tranquilas para la sociedad hondureña, sobre todo para la alta sociedad, que durante décadas vio cómo sus intereses nunca fueron puestos en peligro con este bipartidismo tradicional (liberalismo-conservadurismo) que nunca cedió un ápice de poder a los socialdemócratas y demás contrarios.   

Pero desde hacía dos años, el Zelaya liberal y tradicional pronto comenzó a usar un discurso tachado de populista y a codearse con figuras de la izquierda más radical de Latinoamérica. El altísimo y corpulento Mel asistía encantado, con todo y sombrero,  a las cumbres del ALBA, considerada por sus detractores como una especie de eje del mal latino. Y viendo cómo la mayoría de los gobernantes pertenecientes a esta organización propugnaban su reelección en el cargo con el pretexto, no muy falso, de reinventar un socialismo que llevará alivio a los desposeídos, y a algunos incluso ya reelectos, él hizo lo suyo.

Pecando con manzana o de ingenuo, Zelaya convenció a la mayoría de su gabinete para que lo apoyara, y lo consiguió. La mayoría de hondureños aceptó gustoso el cambio de óptica del acomodado ganadero de Olancho y los beneficios que conseguía con sus nuevos aliados internacionales. Pero quienes lo pusieron en la silla vacilaron y lo miraron con recelo. ¿Había cambiado de ideología el presidente? Rápidamente la maquinaria de ambos partidos comenzó a presionarlo. En el Congreso, en el Tribunal de Justicia, en su propio partido. Se estaba quedando sin el apoyo de los políticos costumbristas, pero con la gente que decía que urgía Mel.

Luego el puntillazo final. El 26 de mayo mediante decreto ejecutivo y fundamentado en la Ley de Participación Ciudadana acordó encargar al Instituto Nacional de Estadística la realización de una “Encuesta Nacional de Opinión” a celebrar el día 28 de junio de 2009, en la que se preguntaría a los ciudadanos la siguiente cuestión: “¿Está de acuerdo en que en las elecciones generales del 2009 se instale una Cuarta Urna en la cual el pueblo decida la Convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente? SI- NO”.

Los demás poderes vieron en esta acción los atisbos de la reelección (incluso inmediata) prohibida en Honduras por las funestas consecuencias que trajo la prolongada estancia de dirigentes en el poder, y  la rechazaron por carecer de supuesto asidero legal, pues el artículo 5 de la Constitución instituye como mecanismos de consulta ciudadanos el referéndum y el plebiscito (éstos tienen carácter “vinculante” para los poderes públicos), mismos que sólo pueden convocar, organizar y dirigir el Poder Electoral. Pero Zelaya lo hacía mediante la Ley de Participación Ciudadana, por tanto, de carácter “no vinculante”. Ya no le dieron tregua y lo atacaron por todos los flancos.

El propio Zelaya salió en defensa de su proyecto y negó su pretensión de reelegirse diciendo: “Honestamente… No tengo ninguna opción de quedarme en el poder. La única sería romper el orden constitucional y no lo voy a hacer (...) Yo voy a terminar mi gobierno el 27 de enero del 2010. Eso es lo que voy a hacer. Pero sí voy a dejar un proceso para abrir la democracia, abrir la economía, abrir la posibilidad de que un presidente pueda ser reelegido en el futuro. Aunque no sé si para entonces voy a estar disponible”.

Era demasiado tarde, era sólo su palabra. Fue entonces que las Fuerzas Armadas, impulsadas por las mismas sombras de poder que sustentaron las dictaduras militares del siglo pasado, actuaron como sólo ellas pueden: con violencia, inconstitucionalidad y con balas. El miércoles 24 de junio Zelaya destituyó al jefe del ejército, general Romeo Vásquez, porque el cuerpo castrense, designado por el presidente --su comandante en jefe-- para organizar la consulta, se negó a distribuir el material para la encuesta. Vásquez, en un acto de insubordinación, se negó a acatarla y sacó a sus tropas a la calle, en golpe técnico.

Las muestras de solidaridad con el presidente constitucional llegaron de todo el mundo, sin exageraciones, incluso de Estados Unidos. En un alarde de astucia, Vásquez mantuvo contacto con la primera dama, Xiomara Castro, a quien le dijo que todo había sido un malentendido y que él nunca rompería el orden institucional. Para honrar su palabra el rebelde general acuarteló a sus tropas el sábado. Zelaya mordió el anzuelo y se fue a dormir tranquilo… hasta que lo despertó el cañón de un fusil en su cabeza y su país se vio engullido en las honduras de una pesadilla lo demasiado real y cercana para calificarla de tenebrosa y macabra.

Siguieron, según datos recabados por organizaciones de defensa de los derechos humanos, ejecuciones selectivas, cierres de televisoras y radioemisoras, toques de queda, suspensión de las garantías individuales, etc. Para maquillarlo, dijeron que había renunciado, pero mostraron una carta fechada tres días antes. Luego para suavizarlo pusieron un títere, Roberto Micheletti, que fue el que prestó su pluma para pintar una vuelta al viejo círculo del tiempo. 
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