• Feb. 20, 2010, 3:28 p.m.
Para…, efigie de libertad, sottovoce

Sí… sí… voy desnuda al mundo hoy. El primer paso fue desvestirme, quitar lo superficial y todo símbolo de culpa y pudor mal entendido. El cambio, primero, es mental; lo demás, es efecto: renovación de todo el universo interior. Limpieza o remodelación de pensamientos.

Privan ahora, los censurados. Los triviales, están en la última fila del balcón del alma, ya no se necesitan. Han sido, éstos, el motor de la degradación de la genuina condición humana. ¡Salgan!, ¡salgan!... sean libres todos los amantes de la improvisación, aquellos que saben crear en aislamiento, sin los dictados de otros.

Algo que sabe muy bien, el solitario, de cabello blanco en rostro y piel de África, visitante permanente de Liberty Place, en Filadelfia, que dibuja nuevos mundos, con el viejo saxofón, oficio y música para sí mismo. Se abren las puertas de los hospitales psiquiátricos, cielo de sublimes creadores; bien lo sabe un hijo notable de Brasil. Ni qué decir, de un bardo que solía escribir en minúsculos papeles, mágicas composiciones, mientras se aferraba a la ventana de su hogar forzado. ¡Vivan ellos!, que han sido los verdaderos arquitectos de lo estético y sublime.

Sólo hay una oportunidad, únicamente una… miserablemente una, para dejar que viva el verdadero “ser”. Entonces salgo al mundo, tal como soy: sin ropas y sin pensamiento reglado. Como lo está haciendo la Naturaleza: volviendo a su génesis, porque las tormentas inesperadas fueron y son, símbolos del origen. Y camino sin calificar nada ni a nadie.

Todos los que me ven, desnuda en la calle, me juzgan recurriendo a su catálogo malogrado de ideas preconcebidas, llenas de “lo bueno y lo malo”. Sonrío, y mi felicidad responde a su mudo y ridículo diálogo inquisidor. Velis nolis, hoy he decidido ser. ¡Salut!, ¡Buenos días mundo!

Me presento tal y como soy, y río. Veo un sitio concurrido, y voy a saludar a mis semejantes; al llegar al punto preciso, me encontré sola, todos se habían marchado. Quiero no disertar sobre el amor, quiero practicarlo. Camino… y camino, me convierto en una especie de tornado humano: donde llego, provoco soledad. Sólo alguien, es capaz de compartir conmigo: el niño de sonrisa juguetona.

Y lo tomo en mis brazos, y acaricio su rostro, y dialogamos con miradas y silencios. Y sus ojos son espejo de mi alma. ¡Lloro!, y mis lágrimas son de paz, y ellas recorren todo mi cuerpo, hasta encontrarse con mi fuente: la Tierra. Decido suspender mi camino, y retornar a mi paraíso. Toco la puerta de mi cueva, de impecable piso y fornidos hombres vestidos de blanco, abren, entro, y todos nos abrazamos y reímos. Nos burlamos de los juzgadores que no son capaces de comprendernos. Cobardes que se escudan en consignas y formas. El miedo de “ser”, es la quintaesencia de este tiempo.
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