• Ene. 19, 2008, 1:04 p.m.
A Karla Castillo
Una historia que no llegó a ser noticia. Una historia que se repite demasiado lejos


Cuando Kenia se levantó por la mañana recordó la petición de él, y dejando a un lado el don, lo llamó únicamente por su nombre. Giró sobre la cama previamente y a su adolescente cara trasnochada antepuso una sonrisa de sirena: “Buenos días, Tom”, dijo Kenia, apartando la pava de su ceño.

En la espaciosa y restaurada habitación, de alto techo, teja y caña de castilla, el silencio hace sentir que después de ellos el resto de la casona está deshabitada. Llegaron aquí a altas horas de la noche pero si alguien los vio, es posible que ya no lo recuerde.

Todo empezó temprano, ayer por la tarde, en una esquina sobre la Calle Cuiscoma, a tres cuadras del mercado, cuando ella --con medio vaso de pega adentro-- dejó a su clica varada sobre la Loma del Mico y caminó tierra adentro, directo hacia el pecado.

Había ya Kenia despertado en casa ajena, por tanto, sabía maniobrase. Entonces aún sobre la cama, miró el ancla en el brazo de Tom, y con poca timidez, --quizás por curiosidad de púber-- una y otra vez tocó con su pulgar el tatuaje del marine.

“¿Querer pancakes with bacon para un desayuno?”, fue la pregunta que hizo el viejo Tom en un malmatado español híbrido, marcado así el inicio de una desventajosa relación de poder, que un año más tarde lo llevaría hasta la cárcel.

Tom, originario del insignificante Fort Laramie, en el estado gringo de Wyoming, es un espécimen de hombre solitario, ahora retirado del ejército y habitante de Granada desde hace un par de años.

De la puerta a la calle, odia a Bush por precaución, pero de corazón sabe que es republicano. Y cuántas veces, ya con varios Jack Daniel’s adentro, Tom abiertamente ha confesado a otros paisanos la gran hazaña de su tatarabuelo: histórica hazaña aquella, en la que el coronel George Custer, con tan sólo cien hombres, protagonizó la matanza de Little Big Horn, dejando asentado el camino al Destino Manifiesto.

Por su parte, Kenia también tiene sus hazañas: nació en la comarca Tepalón en Malacatoya, y en febrero pasado al fin llegó a los quince. Cuarta de una procreación de cinco hermanos; también emigró a Granada hace dos años, después que el un copioso invierno les dejara sin vivienda.

En principio es una refugiada por desastre, pero vaya desastre que hay adentro: incesto del padre con la tercera de once, estupro de la mayor con el vecino polígamo, y no es para menos conocer las estadísticas: Malacatoya, una sociedad rural parida de violación, rapto, incesto, estupro y el machete en mano del macho que somete.

La madre de Kenia, doña Teófila, aquel Sábado de Gloria, en su infrahumano caserío sultaneco alegremente recibió la visita de su hija, y de la mano de su viejo marine, avaló la relación.

Felices los tres fueron, cada uno en su órbita, pues Kenia reconoció en Tom la senectud, la soledad y el pequeño bajo mundo que aún él le permitía. Por su parte, doña Teófila, contenta con la dote de su hija, dejó pasar los meses y los meses pasaron.

“Mi princesa de hule”, así llamaba el viejo Tom a su adorada Kenia, por ser ésta una mestiza espléndida como de piel de látex que le rayaba en el fetiche -- un Gauguin deseando granadinas-- y que con sus aberrados impulsos, más allá del verdadero interés de que terminara la primaria, extasiaba en él la idea de verla en uniforme azul y blanco.

Fiestas todas las noches, así nació la química: bar por aquí, restaurante por allá, servir tragos en casa, escuchar --sin entender-- viejas anécdotas de Vietnam, entre ellas la del capitán Coster, anexada a la otra, y poca conocida, que surgía con la ebriedad desmedida: ese viejo complejo de inferioridad por nunca haber sido aceptado en la prestigiada West Point.

Ella se acostumbró a cargar con el abuelo ebrio hasta la alcoba, y aunque ebrio estuviese, en cuántas ocasiones --y sin él participar-- exigió a su princesa de hule pasarle cámara y poner la tele con la porno de turno; hacerlo sola o con el otro, y luego de esta o de la otra manera, en tríos, en cuatro, en cinco... ¡Vaya desastre que hay adentro!

Así aprendió Kenia a administrarlo todo, desde el espacio proporcional de la cama para otros, hasta llevar la administración del cofrecito de caoba donde yacía la coca.

Sin embargo, -- y sólo ella sabrá-- Kenia una mañana ya no quiso vestir más el uniforme azul y blanco. Y aunque el moretón en su cuello nos mostrara las razones, “No quiero ir”, fue lo único que dijo antes de tenderse a llorar.

Pasaron los días y Kenia se cerró en no ir a clases; mientras Tom se irritaba cuando, desde muy temprano, ella cogía un su tal trata-traca --obsequio de alguien en la clica-- y caminaba con el estridente juguete alrededor de la casona, hasta que poco a poco los ánimos se fueron minando.

Apareció doña Teófila una de esas mañanas y hasta darle duro a la puerta, fue que finalmente la escuchó el viejo Tom. Él abrió, la observó fijamente y movió su cabeza de izquierda a derecha: “¡Take her with you, and get out of here!" , gritó él molesto y sin ella comprender. Entonces cerró la puerta y ni el minuto transcurrió, cuando cogida del hombro, salió nuevamente y se la entregó a la madre.

"Violación y Corrupción de Menores", tipificó el suboficial Centeno al recibir la denuncia de Teófila Potosme, de 43 años. El forense confirmó. La sicóloga reiteró. Se allanó la casa. Se tomaron entrevistas y los peritos decomisaron las pornos, la coca y el CPU como evidencias.

Se redactó el expediente y fue remitido al despacho del Jefe de Auxilios Judiciales. Una lectura final del comisionado, y en una hora el caso pasaría a Fiscalía. Pero en eso, alguien entró en el despacho, platicó media hora con el servidor público y el resto fue historia.

El viejo Tom hoy tiene a Scarlett en su casa. Y Kenia, un subregistro policial, volvió a la Loma del Mico con su clica. Ya no consume pegamento, pero tampoco regresó a la escuela: Aprendió a usar tacón alto, a masticar chicle con la boca abierta y todas las noches fuma More frente al cine Karawala.

Calle Cuiscoma, Granada.

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Foto de portada:
“El tupapau” (1895), de Paul Gauguin.
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