• Feb. 20, 2010, 4:19 p.m.
Sé que siempre se abordan temas de los malos servicios del transporte en el país pero en esta ocasión quiero compartirles mi experiencia, tanto en rutas como en los que prefiero llamar “intermortales”.

Un día de éstos en dos oportunidades estuve a punto de quedar como calcomanía en los vidrios de los buses. La primera fue en la ruta 120. Como todos los días salía de la universidad y me dirigía hacia mi trabajo. Abordé el bus sin pensar en que iba a rezar a cada momento para que no me robaran ni para que el conductor no impactara contra otro vehículo o contra un objeto fijo.

Me confié porque pensé que en Metrocentro iban a bajar bastantes pasajeros pero sucedió todo lo contrario, el conductor en lugar de cerrar la puerta gritaba improperios, mientras de fondo llevaba una música cristiana. “Avancen, avancen, si todavía hay espacio, uno tiene que tratarlos mal para que entiendan”, gritaba casi sin respirar el hombre. La gente iba casi una encima de la otra y no había lugar ni para darse la vuelta.

Después de estos gritos el busero arrancó a toda velocidad y cuando ya ibamos por las rutas alternas para salir a la pista de El Dorado, ni siquiera frenó al ver un improvisado reductor de velocidad. Sólo se escuchó el estruendo de las latas viejas del bus y un grito de nerviosismo, al volver a ver noté que del golpe dos señoras se habían deslizado de sus asientos y habían caído a los pies de unos pasajeros que ya estaban en la puerta trasera esperando a que el conductor se detuviera para poder bajarse. Las ayudaron a levantarse y una de ellas se agarró el estómago y aún nerviosa dijo “la Sangre de Cristo”, a pesar de que los pasajeros reclamaron, el chofer casi sordo por la música ni se inmutó por el hecho.

Ése fue mi primer susto, que aunque parezca ridículo del mismo nervio me empezaron a sudar las manos y al bajarme solté una carcajada dándole gracias a Dios por seguir con vida.

El segundo caso fue con un “intermortal”, ese día tenía clase por la noche, todo transcurrió normalmente. El profesor dio las últimas indicaciones y yo como de costumbre fui a buscar el recorrido que sale del parqueo de la universidad hacia Granada, exclusivamente para los estudiantes. Como siempre, había llegado tarde y me tocó ir de pie.

Salió el busito. En el camino, un muchacho al verme en serios problemas con mis libros me cedió su lugar justo en el momento que otro microbusito invadió nuestro carril y nuestro conductor frenó de tal manera que mi rostro quedó pegado al vidrio, mientras los muchachos en coro gritaban ¡Ayyyy!

De la misma adrenalina surgida por el nervio, los muchachos gritaban “Don Róger póngale el pie al acelerador y gánele a ese….demuéstrele que usted también puede”. El señor en un inicio accedió y la velocidad combinada con el sobrepeso hacía que el busito se tambaleara de un lado a otro. Yo sólo pensaba “aquí quedé, nos vamos a dar vuelta”.

Una muchacha me dijo “voy a Granada pero prefiero llegar tarde y no muerta”. El conductor parece que reaccionó y poco a poco fue bajando la velocidad.

Ante estos dos sustos que viví en un solo día, sólo se me vino a mi mente el accidente del primero de enero cuando el alcohol por una parte y la velocidad por la otra acabaron con la vida de seis personas. Cuando me acuerdo de eso siempre vienen a mi mente los cuerpos fracturados de las víctimas y en verdad ¡no me gustaría morir de esa manera, sería un muy mal final!

La realidad es que hay falta de respeto y los conductores tienen la idea de que las carreteras son pistas de carreras para subir más pasajeros o para no llegar tarde a la terminal. Ambos factores seguirán causando fatales accidentes.
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