• Feb. 26, 2010, 4:22 p.m.
Sueño con un país donde las elecciones sean verdaderas contiendas para medir la fuerza de las ideas y nunca la idea de las fuerzas. Donde los candidatos cruzan ideas en debates y no cruzarse ellos mismos en pleitos. Donde la ciudadanía sea erigida en juez único y árbitro de un partido de ideas entre los candidatos. Donde las elecciones no sean simple intercambio de acusaciones sino exposición de programas, de propuestas, de principios y de toma de posición ante los momentos de crisis que vive la ciudadanía tanto en el ámbito nacional como internacional.

Sueño con un país donde, en los procesos electorales, el objetivo sea el bienestar mayor de la ciudadanía y nunca la destrucción moral o física del adversario. Donde se gana el favor del voto de la ciudadanía con acciones y el testimonio del historial personal, un país en campaña sin violencia de ningún tipo. Donde quien vota en pro no lo hace por ser un cliente y el otro que lo hace en contra no lo hace tampoco por no haber sido favorecido. Un país donde se despilfarran ideas y esfuerzos en búsqueda de elementos de solución a los problemas que nos atormentan; donde el medioambiente sale ganador y nunca una presa más; donde los pasajeros viajan en el interior en perfecta armonía con la madre naturaleza, dialogando con ella sin la intermediación de una imagen gigante tronada entre cielo y tierra.

Sueño con un país  donde candidatean las mejores capacidades; donde la soberana -la ciudadanía- favorece a tal o cual candidato con su voto; y nunca ella, haciendo las veces de súbdito, recibe favores a cambio de su dictamen. Un país donde las campañas para ser verdaderas, no requieren de mucha algarabía ni obstaculizar el tránsito, mucho menos incurrir en campaña de descrédito. Un país donde se candidatea el ser y no el tener; donde se hace menos campaña y más promoción a los valores; donde se ahorra el tiempo y los excedentes de palabras; donde ni por la desesperación ante la derrota, ni por la contentura que produce la sensación de victoria, sea violentada la privacidad del adversario.

Dada la casi impracticable situación de que uno pueda ser obediente a sus propias órdenes o responder por sus actos ante sí mismo, o lo mismo ser subalterno y superior de sí mismo como lo pretendiera la democracia utópica, sueño con un país donde la ciudadanía delegue oficios y mandos a través de su voto y nunca los reciba a cambio de su voto. Sueño con que el choque de las ofertas electorales antecedan al de la cara de los candidatos; con que la cosmovisión del poder anteceda a las fotografías, los hechos a las palabras; con que todo proceso de apoyo institucional se haga en función  de una visión del bienestar de la ciudadanía y de acorde a las exigencias de los tiempos y nunca a cambio de “un pedazo en la torta”. Sueño con que las divergencias ideológicas no obstruyan la armonía en las relaciones interpersonales; con que por encima de las banderías partidarias hay otra que se impone - la bandera nacional- supremo símbolo de la unicidad del pueblo.

Sueño con que las relaciones de abrazos, puño de manos, diálogo y de disposición que dominan las relaciones  elector-candidato pervivan hasta después de las temporadas electorales; que con la misma frecuencia se visita los campos, se posa ante las cámaras, lo hagamos después de las elecciones, porque más allá de las relaciones elector-candidato, persisten las relaciones entre ciudadanos y ciudadanas. Sueño con una sociedad civil cada vez más fuerte y mejor consolidada y que el estado, menos que el leviatán hobbesiano, sea visto como una empresa donde cada ciudadano tiene acciones; y que éstas sean el móvil de la participación electoral.

Tal vez mi sueño no vaya más allá de las cinco letras que lo conformen; tal vez no llegue más lejos del número 83 que da la suma numérica de sus letras, en un mundo donde el valor comienza a partir de números de seis cifras; tal vez mi sueño sea una utopía pero es necesario, es esencial para el objetivo planteado. Sin lugar a dudas, cada quien es sensiblemente proporcional a su capacidad de soñar. El sueño orienta nuestras acciones, nos hace trasnochar, nos hace amanecer parados, nos mueve de un lugar a otro procurando su realización. ¡Soñemos que cambien las cosas! Soñemos con un país cada vez mejor, los que vendrán después de nosotros vivirán la realidad de lo que para nosotros era un simple sueño, o quizá una utopía.


* El autor es escritor y analista socio-político, Director Ejecutivo de la Fundación Procultura.
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