• Feb. 25, 2010, 5:39 p.m.
La nueva década inicia con otros fantasmas recorriendo nuevamente Europa. Y si en el siglo pasado los sentimientos de fraternidad y de igualdad fueron construcciones culturales erigidos por la mentalidad democrática y la Internacional Socialista, esta vez el ascendente radicalismo islámico, y quizás la crisis económica, está dando pauta a nuevas cruzadas con discriminación racial, xenofobia y teofobias en el viejo continente.

Desde inicios de año, por ejemplo Irlanda amaneció con una nueva ley contra la blasfemia que puede procesar legalmente a quien insulte temas considerados sagrados por cualquier religión o que cause indignación en un substancioso número deseguidores de una religión. Los ateos irlandeses por su parte se han unido contra esta ley que califican de ridícula y peligrosa, argumentando que los comportamientos religiosos medievales no tienen sitio en repúblicas modernas seculares donde las leyes criminales deben de proteger a la gente y no a las ideas.

Cada vez son más concretas las predicciones de Samuel Huntington de estarnos dirigiendo a un mundo compuesto por múltiples civilizaciones en conflicto al no poder reconocer la naturaleza de una tensión ya manifiesta desde la década anterior con las intervenciones miltares occidentales en Oriente Medio.

Como respuesta, los atentados de Al-Qaeda en Madrid, Londres, o la Yihad declarada por Kadafi a Suiza hace unos días por prohibir a los musulmanes la construcción de alminares en sus mezquitas, manifiestan que desde los ataques a S/11, hay una permanente guerra ideológica entre estas dos “civilizaciones” que no parece bastar con la retirada de las tropas estadounidenses de Irak o Afganistán, por el contrario, el inicio del siglo XXI parece sólo haber rayado el cuadro de un conflicto en expansión.

Con el panislamismo fundamentalista desde Somalia, pasando por Yémen, hasta Pakistán y Afganistán, las madrazas forman a millones de futuros yihadistas contra Occidente; por el otro lado, Irlanda, Suiza, Francia y demás países europeos muestran sus signos de reacción refleja a los propósitos de aquellos.

Y es que el tizón con el discurso de odio ya arde desde exaltados políticos europeos que ganan batallas desde trincheras democráticas, como la lograda con el referéndum en Suiza sobre los alminares; medida que también partidos populistas quieren ahora adoptar en Italia, Holanda, Bélgica y Dinamarca.

Lo sucedido en Suiza también hizo gran eco en Francia; y aunque Sarkozy llamó a la calma dirigiéndose a los franceses cristianos y a sus compatriotas musulmanes, hay ya un asentado temor de parte de la comunidad islámica tras el debate y prohibición del velo musulmán en las escuelas francesas.

Por su parte, aunque en Italia y España, el racismo no es exclusivamente islamófobo, sino también contra inmigrantes latinoamericanos y gitanos, algunos consideran que el verdadero asunto de fondo en Europa es la aceptación del Islam y del pluralismo religioso.

Algunos analistas consideran que muchos políticos tienen una postura ingenua sobre la presencia de los musulmanes en Europa y creen que el islam está de paso y que los inmigrantes se marcharán pronto a casa. Con certeza sabemos que eso no será así, y aunque algunas proyecciones señalan que para el 2025 la comunidad musulmana en Europa representará sólo el 8 por ciento de la población, hoy ese nuevo fantasma que recorre el continente, y la propensión espontánea de rechazo hacia los movimientos migratorios, están haciendo del racismo y la islamofobia los rentables chivos expiatorios.

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