• Mar. 6, 2010, 5:08 p.m.
“No miren más a ese animal --- dijo el coronel---. Los gallos se gastan de tanto mirarlos”.

Gabo, “El Coronel no tiene quien le escriba”.

Jamás he presenciado una pelea de gallos, pero no sentir que Nicaragua es una enorme y oculta gallera, significaría que soy un extranjero recién nacionalizado. Es más, ni siquiera podría ser latinoamericano. Los gallos están tan arraigados en el sub continente, que decir lo contrario, sería avergonzarnos del plumaje de este solar llamado América.

Mario Tapia se ha convertido en una suerte de patriarca que va por los pueblos y ciudades de nuestro país, recogiendo las insólitas historias que forman parte del cuerpo social, eso mismo que da vida a nuestra agradable y generosa geografía. Y a la par de su admirable trabajo, nos descubre ese mundo detrás de las galleras y revela la tarde cultural de la que también estamos hechos y no queremos, algunos, reconocer en letras mayúsculas.

Los gallos anuncian el día, sus peleas imprimen parte de la tradición que recién se escribe, con la pluma de gallero, de este gallo llamado Mario, que va también con sus buenas nuevas, cantando la libertad de los que aman reunirse en nuestros sonoros palenques. Así, de las galleras ganamos a un historiador de alta definición, si acaso tomáramos prestados esta frase del boom tecnológico. Historiador que va al detalle de lo que otros, académicos, no lograron: una profundidad de campo en sus paisajes históricos, si recurrimos a la otra pasión de este masatepino de casta: la fotografía.

Algo inédito, o mejor dicho, un excelente producto de las galleras, es el mismo editor de la Revista “Gente de Gallos”: Mario es de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua. El evangelio lo dice clarito: “Por sus frutos los conoceréis”. Es un promotor de cultura, un investigador, nunca un mensajero de vicios.

Mario tiene la valentía de denunciar a los que se esconden detrás de las plumas de los gallos y los combate con el alma, aunque esta labor no le genere ganancia, sino detractores: ¡No a las cantinas que se hacen pasar como galleras! Mario va por la pelea pura, por un ambiente inclusive familiar, y es lo que más le duele hasta hoy: que en la mayoría de los redondeles no hayan las suficientes condiciones para que lleguen los padres con sus hijos y también las esposas.

El gallo que cantó una profecía
Es bueno saber que el masatepino lucha por mejorar la imagen de estos sitios de reuniones frecuentes, para elevar las corridas a un nivel de dignidad que aún no goza en nuestra nación.

Sin los gallos y las galleras no existieran novelas de autores como Gabriel García Márquez y Juan Rulfo, porque de ahí partieron esas nobles escrituras. Nunca hubiéramos conocido de Macondo, fundado precisamente porque José Arcadio debió abandonar su pueblo, después de un duelo de emplumados con Prudencio Aguilar, el que puso en entre dicho la hombría de aquel Buendía ante la virgen Ursula.…

No conociéramos del “Gallo de Oro”, que dio origen a la versión telenovelesca de “La Caponera”. O el guión de la película homónima del libro de Rulfo, que comienza en la feria de San Juan del Río. O el gallo que salvaría de la ruina al Coronel.

Su canto lleva el aliento de un profeta y el mismo Jesús no escogió otra voz, de este mundo o angelical, ni a ningún otro animal, sino únicamente al gallo, para otorgarle el privilegio de declarar con su pico el cumplimiento de una profecía que rompió el cascarón donde un apóstol yacía encerrado en su dimensión humana, para convertirlo en un decidido gladiador de Cristo: Pedro.

Contraseña nacional
El plumaje de un gallo, su gallardía, la belleza de esta raza de lidia, emparenta a las Américas. No en balde aquí en Nicaragua al despuntar la jornada, le tributamos un homenaje constante, a nuestro alado amigo, al degustar la comida de nuestra identidad nacional: El Gallopinto.

Los nicaragüenses escogieron a este hermoso ejemplar -como Cristo escogió al suyo- para nombrar el plato insignia de la nicaraguanidad, honrándolo para siempre, porque no hay día que no se pronuncie ya no una, sino centenares de veces la palabra gallo, en el desayuno,  en la cena y hasta en el almuerzo. El Gallopinto es, sin exagerar, nuestra contraseña nacional.

Por eso, cuando aparecen algunos individuos que tratan de imponer una legislación para “salvar a los gallos”, olvidándose de las tantas cosas que se deben “salvar” a toda costa en Nicaragua, se ve tan artificial, tan patético. Ahí están los niños y los jóvenes a quienes se les ha negado por décadas entrar a la sociedad del conocimiento por el precario 3.7 % del PIB con que se castiga a la Educación. Ya no digamos el desprecio secular al magisterio, sentenciado a un salario de tribulación, como si educar en nuestro país fuera el peor de los delitos.   

Del Arca al Patriarca
El gallo fue una de las aves salvadas con su gallina en el Arca de Noé. Tan preciosa resultó esta criatura, que todo hace indicar que Gomer, un nieto del patriarca, por la línea de Jafet, fue el que tuvo el privilegio de llevarse el animal de corral. Los descendiente de Gomer, conocidos luego como gomeritas, se asentaron en lo que hoy se conoce como Turquía. En esa región, existió un lugar llamado Galia, y el mismo historiador judío Flavio Josefo ubica a los gomeritas, fundadores de este poblado.

Los galos luego se extendieron a Francia y España. Francia conocida como país galo y en la península ibérica, aquella huella genética del nieto de Noé, fundó Galicia. Y siguiendo este interesante linaje, nos remontamos a Inglaterra, precisamente a Gales. Bueno¿ y qué tiene esto que ver con el gallo? Sencillo: este emplumado símbolo de la valentía y de la hermosura a la vez, se extendió junto a esta rama de Jafet que pobló esa parte de Europa: Gallo viene de Gallus, es decir de galus, galo y galos.

Wikipedia detalla: "El término en latín gallus tenía un plural, galli (galo y galos), que en francés dio gaulois. Gallus es homónimo del singular gallus (gallus –i), que significa gallo, en francés coloquial. Precisamente por esta homonimia entre los dos nombres latinos, en el Renacimiento se tomó como emblema el animal gallo, (gallus en latín)".  

En resumen, cuando usted vea a un gallo, está viendo a un ejemplar, quizás el único animal, del cual sabemos quién de los hijos de Noé se lo llevó del Arca, qué nieto los crió y qué pueblos, descendiente de Gomer, los gomeritas o galos, lo extendieron por el mundo hasta llegar a Masatepe. ¿No es así Mario? 
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