• Mar. 3, 2010, 5:14 p.m.
La fuerza y la valentía siempre se las han abrogado a los hombres, mientras que a las de mi género nos han esbozado como el estandarte de la debilidad, el miedo y el llanto. Sin embargo, a base de luchas nos hemos abierto espacios y hemos demostrado que somos tan o más fuertes que ellos, y por eso hemos enfrentado grandes retos, y mejor aún, los hemos vencido.  

No soy activista feminista ni nada parecido, simple y sencillamente soy mujer, y de esas bien probadas, de esas que hemos tenido que enfrentar grandes dificultades y que tenemos más pantalones que muchos. Ahora, se preguntarán porqué si me siento tan valiente, promulgo que da miedo ser mujer. La respuesta es sencilla y basta leer los diarios o sentarse frente a un TV para observar los tan criticados noticieros de nota roja, en los que a diario presentan cómo sucumbimos a manos de degenerados sin que las autoridades hagan algo verdaderamente valioso.

Hay quienes dicen que somos culpables de vivir en violencia intrafamiliar, porque lo permitimos, lo que no saben es que a veces esa permisividad es producto de descontroles psicológicos y emocionales que no nos dejan ver más allá de nuestra triste realidad. Peor aún, no toman en cuenta que el Sistema Nacional de Salud no desarrolla un programa que dé respuestas a las mujeres que presentan cuadros clínicos de psicopatologías como la codependencia.

Algo que también es inadmisible es que no contemos con instituciones vehementes que nos garanticen seguridad, pues con conocimiento de causa puedo decir que en la Comisaría de la Mujer, si no llegás con un pedazo menos o sangrando, no te hacen caso, es más, siempre piensan que acudimos motivadas por la rabia del momento y que después estaremos “en grandes” con nuestros verdugos. Desgraciadamente, en muchos casos sucede eso, sin embargo, muchas veces no prevén que no todas somos iguales y que ese después puede significar nuestra muerte, y se escandalizan cuando el asesinato se consumó, cuando estuvo en sus manos encerrar a ese asesino en potencia. Pero bueno, lo de la violencia intrafamiliar no es el tema que realmente me motivó escribir sobre mi temor, sino la escalada de violencia de la que han sido víctimas mortales muchas mujeres y niñas. Como el caso de la menor Keyling Dayana Castro Granado, de 9 años, quien el 31 de octubre del año pasado, fue violada y estrangulada cuando regresaba de catequesis.

Unos cuantos meses después, con tristeza me entero que se ha formado un embrollo con el que se está beneficiando a uno de los dos acusados de cometer semejante atrocidad. Policía, fiscalía y juez se acusan mutuamente y al final el hombre es declarado no culpable, el otro que lo señala como su cómplice fue condenado, pero al final, entre tantos dimes y diretes no me extrañaría que ambos no paguen por el ilícito.

Así que da miedo ser mujer, porque siempre hemos sido blanco de los bajos instintos de tipos que nos mancillan y que luego quedan libres porque los jueces creen que nuestra forma de vestir o de actuar es la que provoca que nos ultrajen. Peor aún cuando el violador es algún venerable de nuestra puta sociedad o algún funcionario de gobierno, como Farinton Reyes, señalado por Fátima Hernández como su abusador, sin embargo, la justicia parece viajar en tortuga en este caso, y amenaza con que la tortuga se ahogue en algún charco de billetes y no llegue nunca. Esa ya típica retardación de justicia ha llevado a Fátima y a su familia a ejercer acciones de presión que ojalá rindan sus frutos.

Da miedo ser mujer porque cuando pretendemos dejar a un tipo que nos hace daño corremos el riesgo de morir en el intento, como la joven María de Fátima Pérez, de 23 años, quien harta de los celos de su pareja, el mexicano Ramón Alcázar, decidió separarse. No obstante, el tipo la raptó y al parecer la asesinó, hipótesis aún no comprobada. 

Da miedo ser mujer porque nos quieren mantener como propiedad privada y abstraernos del mundo.

Da miedo ser mujer porque cuando alzamos la voz y pedimos una pensión alimenticia para nuestros hijos nos otorgan una miseria.

Da miedo ser mujer porque siempre nos ven como sinónimo de placer, sin importar que tenemos sentimientos.

Da  miedo ser mujer porque a muchas que la situación y el contexto social las han obligado a usar su cuerpo como mercancía las autoridades las excluyen y les violan sus derechos, tal como lo expusieron en una reunión reciente de trabajadoras sexuales, en la que se quejaron de que han sido violadas y al acudir a la Policía les niegan el derecho de siquiera levantar denuncia por el simple hecho de ejercer la prostitución, como si eso las hace menos mujeres o merecedoras de acostarse con tipos con los que no quieren nada. Por favor, no se vale tanta negligencia.

También da miedo porque en los trabajos muchas veces no miden nuestras capacidades sino las proporciones de nuestro cuerpo, condicionando a estereotipos el sustento de nuestros hogares.

Podría seguir enumerando razones para decir que da miedo ser mujer, sin embargo, lo somos y debemos luchar por vencer todos esas situaciones que nos vulneran. Mujeres, quien nos ama no nos insulta ni nos golpea. No podemos amar a quien nos hace sufrir. Un hijo no nos ata a nadie. Sólo tomando conciencia acerca del gran rol que jugamos en la sociedad, seremos capaces de luchar por nuestros derechos y demostrarle al corrupto sistema judicial que ningún asqueroso violador tiene potestad para someternos. Los espacios están, llenémoslos. Muchas han iniciado la lucha, continuémosla y ganemos la batalla. No sólo el ocho de marzo es nuestro día. 
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