• Mar. 5, 2010, 4:04 p.m.
Las mujeres estamos llenas de prejuicios. Y aunque hemos pasado de aquella impuesta etapa de dependencia y congoja en el que las beatas premodernas rezaban, a esta otra, en el que las letradas posmodernas leen, aún muchas no hemos podido superar por completo el trauma de un Ulises cada vez más exilado en los mares de su propia mentira, cada vez más silencioso, ausente, autista, infeliz e indispuesto.

Las mujeres aún vivimos atascadas en sus redes, en ese derecho reservado que ostenta el Macho-Estado por contralar nuestros cuerpos, nuestra vida (aborto) y nuestra muerte (eutanasia) con presupuestos de fuerzas que no garantizan ni el conocimiento ni la ejecución de las leyes que han de protegernos, nuestro propio Pueblo-Presidente es testimonio de ello.

Ellos aún dictan y mantienen viva la complicidad en una red de apoyos mutuos. Una complicidad que se postra ante las leyes del mínimo esfuerzo en un reparto de prestigios y privilegios ocultando sus fracasos y manteniendo la herencia de su naturaleza clandestina.

El porcentaje de la propiedad femenina en todo el mundo es tan sólo del uno por ciento; los salarios en algunos oficios y deportes aún se atreven a querer remunerarnos con menos; el retrogrado catolicismo insiste en su fratría masculina y en otras sociedades, atascadas de testosteronas, aún nos mutilan en sus ritos y nos niegan toda ruta al placer y al orgasmo.

Sin embargo, la virilidad parece ser un delicado item que además de escaso y frágil, está en peligro de extinción. El varón se retira al silencio y la historia camina en dirección a un matriarcado que constata la desaparición progresiva de la autoridad paterna en el seno de la familia y la sociedad.

Mary Woollstonecraft alguna vez sostuvo una consigna justa e incendiaria que hoy, más que nunca, no debe de apiadar su reclamo: "Me declaro en contra de todo poder cimentado en prejuicios aunque sean antiguos". Y hacia allá vamos, amazonas. Aún mucha lucha por delante, Mujer. ¡Arriba corazones!

Nota al pie: Agradecimientos en este blog al maestro Freddy Quezada y a Elvira Pereda por sus inspiradoras ideas en “El malestar masculino”. El autor de este texto es de género masculino.

http://emilapersola.blogspot.com/
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