• Mar. 12, 2010, 11:54 a.m.
El oportunismo sindical nació y creció junto a los sindicatos, no como una “enfermedad” propia, sino por la influencia de la ideología de la clase social dominante, interesada en evitar su organización. El oportunismo --conocido ahora como “Porrismo”--, al mismo tiempo que ha mermado el número de sindicatos, lo que es igual a desarmar a los trabajadores, fortaleció la tendencia de la “propietarización” de un sector de la dirigencia sindical sin conciencia de clase definida. Es lo que sucedió con dirigentes de la Central Sandinista de Trabajadores (CST) y de otras centrales sindicales.

Este fenómeno comenzó a manifestarse en 1990 y tuvo su mayor auge en 1994, con la firma del primer Esaf. “Dado que las fuerzas sociales que apoyaron la Revolución emergieron de la derrota electoral con una gran fuerza, y quienes ganaron las elecciones no contaban con la fuerza necesaria para imponer su proyecto de restauración de la vieja sociedad de clases, el proyecto de la restauración conservadora no hubiese podido avanzar sin el establecimiento de un sistema de transacciones ‘en las alturas’...” O sea, “... en la cúpula del partido que dirigió la Revolución, y las organizaciones ligadas a él, (que) negociaron la conservación de espacios de poder económico y político (…) que les aseguraron espacios propios de inserción, a cambio de asegurarle viabilidad política a este proceso de reestructuración.”

Así opinó el economista Adolfo Acevedo Vogl, quien comenzó asesorando a los sindicatos en esas negociaciones y luego fue marginado y sustituido por Bayardo Arce, cuando se opuso a la “tesis” oportunista, consistente en “canjear desempleo por empresas”. El argumento de Acevedo fue premonitorio: “Que los costos serían demasiado altos y que, al final, podrían quedarse sin movimiento sindical y sin la mayor parte de las empresas (las) que serían asfixiadas y ahogadas por las propias políticas que se estaban implementando. Sin Beatriz y sin retrato, como suele decirse...”

Efectivamente, el canje funcionó: a los sindicatos les dieron empresas (que después pasaron a manos de los dirigentes) y, aunque algunos aún andan con su pequeña “Beatriz” y su medio “retrato”, a cambio del desamparo de la mayoría de los afiliados a los sindicatos. La nueva fase del oportunismo sindical, había quedado, de esa forma, inaugurada. Posterior a esta traición a los trabajadores y al sindicalismo, lo que ha venido funcionando son los sindicatos mediatizados por el orteguismo y reducidos a gestionar reivindicaciones económicas intrascendentes, pero aun así, bajo el control político del orteguismo hasta donde le conviene a los intereses partidarios y no de acuerdo a lo que interesa a los trabajadores. La pequeña rebelión de los sindicatos de la CST, podría verse como un intento de rescatar algún nivel de independencia, pero está siendo ahogada por el “Porrismo”.

Esta lucha ideológica, con ramificaciones políticas y consecuencias graves para los trabajadores, se ha venido produciendo desde hace veinte años de una forma silenciosa, o silenciada, unas veces consciente y otras veces por pura indiferencia, de lo cual siempre fue víctima la clase trabajadora durante ya casi un siglo en la vida social nicaragüense. Lo que sobresale como noticia en los medios de comunicación, con cierta regularidad, son los líos entre los líderes del sindicalismo mediatizado –sea de parte de los sindicatos “blancos” ligados a los partidos de derecha o los “rosados” manejados por el orteguismo—, como ha sucedido últimamente en el área de la salud pública, del Magfor y de la educación, entre sindicalistas “Porristas” y sindicalistas independientes.

Por cierto, que algunos conflictos se salen de control y fuera de la estrechez de las organizaciones oficialistas, como fue el caso de las tres maestras de Anden, de Estelí, quienes con una huelga de hambre lograron impedir los cambios administrativos del Mined, un caso no del todo claro, pero sí identificable dentro de la serie de arbitrariedades con el perfil politiquero que toman las decisiones del gobierno en el terreno laboral, y ejecutadas por el “Porrismo”.

Como sea, es una muestra de criterio independiente, lo cual crea confianza en que nada será igual para siempre.

El terreno sindical ya no es exclusivamente laboral, si tomamos en cuenta la injerencia del oficialismo por medio de sus agentes, y la injerencia del derechismo, tradicionalmente ejercido a través de la CTN, la CUS y una sección sindical ex socialista. A estas alturas, no es concebible el “autarquismo” de ninguna actividad social organizada, menos del sindicalismo, no sólo por esta situación, sino porque la sociedad es una sola y sus diferentes estamentos, organizados con sus formas específicas, necesitan interrelacionarse para hacer más efectivo su trabajo social y en favor de sus agremiados.

Sin embargo, deben ser relaciones de respeto mutuo, sin el hegemonismo de un sector sobre otros, sino de colaboración y de solidaridad. Pero se debe estar claro también de que las relaciones menos deseables y convenientes para los sindicatos son las que ofrecen los partidos políticos, por múltiples razones: a) por su ya histórica y perjudicial injerencia en los sindicatos (aclarando que la relación con el Partido Socialista, en su momento original y aún después, fue necesaria para el nacimiento y el crecimiento del sindicalismo, por haber tenido la misma raíz obrera); b) porque los partidos tienen objetivos diferentes y, con frecuencia, contradictorios con los intereses obreros; c) porque los partidos siempre actúan con una intención proselitista y objetivos electoreros.

Pero la integración de la actividad social por sobre el gremialismo estrecho, también abre la posibilidad de identificar a los movimientos sociales no partidarios con puntos de interés con los del sindicalismo, como la lucha por la libertad de organización, contra las medidas gubernamentales que alteren la estabilidad laboral, el poder adquisitivo del salario, las fuentes de trabajo, el costo de la vida, la libertad de movilización y de reclamos, etcétera. En estos casos, y en otros similares, no sólo es necesaria la unidad en la acción de las organizaciones sociales y sindicales, sino también cuando se trate de defender derechos civiles, como el derecho al voto y la garantía de que no será burlado ni birlado, incluso, unirse en torno de un posible candidato idóneo para los intereses de los trabajadores y del pueblo en general.

Por todo lo dicho, no sería extraño, sino lógico, que fuese un movimiento social unido con todos los sectores organizados, y con agendas de mejoramiento social similares, que debiera incluir en su agenda el logro de la independencia de los sindicatos con respecto a las fuerzas políticas que se han constituido en los peores adversarios de los intereses y derechos de los ciudadanos nicaragüenses. Todo el entorno social grita la necesidad de limpiar y rescatar al sindicalismo e incorporarlo a las luchas sociales que son comunes a todo el pueblo.
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