• Mar. 13, 2010, 5:44 p.m.
Que Managua es una ciudad pésimamente diseñada, o mejor dicho, sin diseño, es una verdad irrefutable, sin embargo, eso no justifica algunas situaciones abusivas que ponen en riesgo la vida de muchos. Específicamente me refiero al hecho de que las aceras de nuestra capital se han convertido en comedores, parqueos, exhibidores de vehículos y un sinnúmero de cosas más que no tienen nada que ver con su función de espacio público para la libre circulación del peatón.

Al parecer esta problemática no es nueva, y eso me preocupa mucho más, pues da la sensación de que no se superará. Afirmo que el mal es de vieja data, porque husmeando en las leyes sobre construcciones urbanísticas, me encontré con la sorpresa de que el 13 de agosto de 1929 el presidente de Nicaragua aprobó un decreto de José María Zelaya Cardoza, alcalde de Managua, quien dictó algunas premisas para la construcción de las aceras, considerando “que muchos de los vecinos de esta ciudad constituyen las aceras de las casas de su propiedad, sin consultar ninguna regla de estética, y sin procurar llenar las condiciones de comodidad y seguridad que ellas deben tener para los transeúntes, en esta cuestión se hace necesaria la intervención Municipal”.

Entre los paliativos propuestos por el señor Zelaya nos encontramos con que en el artículo tres quedó estipulado que: “Las aceras de los predios que se construyan en lo sucesivo, en las calles ya pavimentadas, deberán tener dos metros por lo menos de anchura, a partir del canto interior del bordillo de la cuneta. El Ingeniero de la Municipalidad al dar una línea para la construcción de nuevos edificios en calles pavimentadas, observará esta regla, pudiendo, sin embargo, cuando lo exija la estética, dar a la acera mayor anchura de dos metros, pero nunca menos”. Sin embargo, a pesar de la existencia de todo un cuerpo de leyes referido al asunto, parece que mucha gente aún no ha captado que las aceras no les pertenecen por el simple hecho de estar frente a sus casas.

Hace como dos semanas andaba haciendo compras y justo antes de llegar a la pulpería pasé por un local en el que venden motocicletas. En la acera había un toldo y bajo éste varias motos. En vista de que el tráfico estaba horroroso, decidí pasar en medio de los vehículos, pero estaba tan congestionado el lugar que golpeé uno y casi se cae. El encargado me quedó viendo con cara de quererme matar y osadamente me dijo: “Casi te enjaranás, te hubiera salido cara la broma”. Ups, en ese momento me “arreché”, disculpen pero esa es la palabra más delicada para describir mi enojo, y me volteé para decirle: ¿Perdón? En serio pensás que te hubiera pagado algo cuando tu moto está estorbando la pasada, estás equivocado.

El tipo se rió en mi cara y me dijo que intentara botar la moto y que ya vería lo que pasaría. No quise seguir discutiendo con él y agarré mi enojo y seguí mi camino, convencida de que con lo absurdo de nuestro sistema judicial, seguramente que de provocarle algún daño a la moto esa, me obligarían a pegar, aún cuando ésta estaba obstaculizando la libre circulación a la que tengo derecho como ciudadana.

Por si fuera poco, frente a mi casa hay dos comiderías, cuyas propietarias se han tomado la acera desde hace muchos años, obligando a los peatones a hacer malabares en la carretera. No una vez me han tirado mi verbo los conductores porque voy caminando en media calle, sin embargo, lo que no saben es que esa gente me obliga a ello.

Para colmo, ese mal ejemplo se ha convertido en norma, porque frente a esos dos comedores inauguraron otro que sacó su baño María y sus mesas a la puta acera. Media cuadra más adelante, un chino puso su caramanchel y también ocupó la acera. El asunto es que no hay por dónde caminar, excepto la calle, pues si uno pasa en medio de los clientes se expone a que el súper propietario o los empleados lo puteen, o a que le falten el respeto.

La situación se agrava más porque en esos comedores no sólo venden alimentos sino que también expenden licor, por lo que es común que grupos de amigos lleguen a tomar y ya “encendidos” le digan a uno cuantas obscenidades se les vengan a su estúpida mente. Digo esto con conocimiento de causa, pues en una ocasión un clientucho de uno de esos “comedores” me tocó el trasero y seguro me confundió con comida porque me dijo “estás rica”. Ese día armé el bochinche y terminé mentándole a la madre, pero en realidad sé que no podía hacer más, porque si hubiese llamado a la Policía y les hubiera dicho lo que me había pasado, lo más seguro es que se reirían de mí y ni se hubieran molestado en llegar al lugar. Por otro lado, lo que más me indignó fue que la dueña me dijo que para qué pasaba por su negocio provocando a los clientes.

Es hora de que la Alcaldía frene esta situación que nos afecta a todos, sobremanera a los niños, pues cotidianamente se ven las grandes filas de estudiantes que llenan de colorido las líneas asfálticas con su uniforme, porque no hay aceras en las que puedan caminar. Por favor, basta ya de tanto abuso,
las aceras son públicas y no hay motivos para que no podamos transitar libremente por ellas.
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