• Mar. 18, 2010, 5:02 p.m.
Quien nunca ha visto una iglesia,
ante cualquier pared se persigna.

Refrán nicaragüense

El ex ministro judío Shlomo Ben Ami escribió: “Israel necesita dominar la memoria en vez de convertirse en su rehén”. La feliz frase, tomando las distancias prudentes, también es aplicable a Nicaragua. Urge que los nicaragüenses sometamos nuestro pasado, y no seguir presa de él. Nuestra historia es un desastroso compendio de autoritarismo, guerras, revoluciones y últimamente, fraudes electorales.

No somos nativos demócratas. El Estado de Derecho, el sistema de pesos y contrapesos, la institucionalidad, llegaron tarde a nuestra vida política, y por supuesto, en el papel, de forma conceptual, con escasos y a veces forzados -desde el exterior- contactos con la realidad. Esto no quiere decir que comencemos por algo, digamos, desde los partidos mismos, incluido el Frente Sandinista.

Las voces que demandan la modernidad por lo general se encuentran en la periferia de la sociedad política profesional. Los demócratas, en su mayoría, no se hallan en los partidos proclamados demócratas. Vaya paradoja.

Es un lugar común achacarle todas las culpas de la falta de democracia al Frente Sandinista, como si alguna vez nuestro país haya sido reconocido en el mundo como el paraíso de las libertades públicas.

La gran excusa para ser el “pequeño dictador” interno en algunos partidos, es gritar mueras al “gran dictador” de afuera. Si en realidad no hay democracia partidaria, no es porque el propio comandante Daniel Ortega se encargue de imponer una conducta vertical en la dirección del PLC y del MVE. O que de la Secretaría del partido de gobierno partiera la orden de impedir elecciones primarias y transparentes en estos conglomerados políticos.

El espíritu del autoritarismo no es propiedad exclusiva de un partido de origen político militar, sino que cruza transversalmente nuestra sociedad. Ese es el resumen de nuestra historia. La conducción cuartelaria de organizaciones civiles en competencia por el poder dista mucho de una arraigada convicción liberal en su amplio espectro.

Las cúpulas partidarias -PLC y MVE- les gusta lucir en mayúsculas el término democracia, pero detestan, en la práctica, su letra menuda. Cuestionan a la dirección del Frente, porque todo gira alrededor del comandante Ortega, y en sus respectivas madrigueras ocurre lo mismo.

No se puede construir una nación con instituciones fuertes si, por ejemplo, esta región política, PLC y MVE, demuestra un anémico respeto por la democracia: elevar a Roberto Micheletti casi a la categoría de prócer, por sacar de sus cuarteles a los militares para expulsar del poder a un presidente, nos coloca ante una deprimente versión de lo que entendemos por democracia. Y pueden dar todas las excusas posibles para rendir este insípido culto a Micheletti, pero al final, lo que queda en evidencia es que no somos tan demócratas como creíamos.

La consonancia de los partidos en cuanto a esas magníficas libertades proclamadas por la Constitución es precaria. Mario Vargas Llosa, cuestionaba en un escrito de 1985 el comportamiento de los políticos de la oposición en aquel entonces. Sus palabras, 25 años después, siguen siendo el pie de foto actual para los auto bautizados demócratas: requieren “grandes dosis de invención, renovación y audacia”.

Y como en aquel entonces, también es muy actual esta consideración del autor peruano: “Predican un liberalismo ortodoxo tan ajeno a la tradición política del país y a ellos mismos”.

No es culpa de los ciudadanos, haber nacido bajo regímenes perversos. La culpa nace cuando imitamos esas infames conductas, al punto que se pueden echar loas a la democracia y sudar autoritarismo, como se ve en este vergonzoso culto a Micheletti.

La apertura a los demás y la participación ciudadana son pecados. Herramientas básicas como las consultas abiertas son vistas como herejía, mientras fomentar lealtades, premiar la intolerancia, agasajar con los mejores puestos a los fieles son vicios en los principales trabucos políticos de Nicaragua. Esa es, hasta hoy nuestra historia. Tal vez pudiéramos cortar los barrotes que nos aprisionan al pasado. Tal vez podemos dejar de jugar a la democracia y asumirla con seriedad.
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