• Abr. 9, 2010, 8:44 a.m.
Confieso que he estado fuera de los acontecimientos de mi Patria, intentando -y al fin ya terminando- una novela que me permite consolarme a través de la imaginación e imaginar que otro mundo es posible.

Lidiar con mundos imaginarios, lo enfrenta a uno, sin embargo, quizás más duramente, con el mundo de la realidad; una realidad donde la imaginación es usada cotidianamente como un filo para ir deshilachando ese tejido que con tanta sangre, vidas truncadas, lazos perdidos, despedidas y lágrimas, veníamos apenas construyendo. No es que yo crea que Ortega sea peor que Alemán, o que otros; pero sí creo que es peor que él haga lo que está haciendo porque a él nadie le contó lo que costó llegar a tener un estado que, mal que bien, (y por eso él logró volver a acceder a la presidencia), iba avanzando a trompicones, pero avanzando, por un camino democrático.  

Las noticias de los últimos días son reveladoras del estado de cosas al que hemos llegado. Por un lado, se elimina una Unidad Anti-Corrupción en la policía;  por otro lado, quién sabe cuál de esos leguleyos que han demostrado un imaginación digna de mejor causa para pervertir las leyes y reinterpretar la Constitución, tuvo la ocurrencia de revivir una disposición transitoria y fenecida de 1987, para torcer el debido proceso de elección de las autoridades cuyo período ya caducó.

¿Es qué no hay otras personas calificadas? ¿Tan mal estamos que los que están son insustituibles? Nada de eso. Lo que pasa es que esas autoridades son fichas claves para los propósitos continuistas del Presidente, de manera que, igual que se sacó de la manga la supuesta inconstitucionalidad de la Constitución para burlar el mandato de no-reelección; ahora agarra otro instrumento para que continúen en sus puestos las personas que necesita para seguir haciendo su absoluta voluntad.

El asunto de fondo es que el tigre cada vez está más suelto y el burro cada vez más amarrado, afirmación que, no dudo, llenará de alegría los corazones de esos que en mis tiempos de Sandinista-Augusta (es decir, no me malentiendan, de la línea de Augusto César no de Daniel) se bachilleraban no de más letrados o de mejores administradores públicos, sino en esa ciencia que apareció allá hacia el fin de los ochenta y que se dio en llamar el “manejo”. Yo me manejo, tu te manejas, él se maneja, fue el verbo que aprendieron y enseñan ahora en este Sandinismo ya no Augusto sino avezado de los chicos vestidos de súper-héroes que, de la manera más campante y frente a nuestras narices, van acumulando sus puntos en el arte de “manejarse”y torcer cuánto se pueda torcer, en nombre de la lealtad, ya no a una idea, sino a puestos y a la obcecación de un líder vitalicio.  
 
¿Cómo se desafía esa falsa legalidad que se está construyendo? ¿Cómo se impide que se vacíen de contenido los valores de respeto a las normas que la misma sociedad ha establecido para auto-regularse? ¿Qué contrato social es posible cuando la sociedad pierde los instrumentos –como el voto y la Constitución- con que hacer respetar sus derechos y cambiar a quienes los irrespetan?

Preguntar, como enseñó Sócrates, es una sana costumbre. Y es un buen uso para entrenar la imaginación ciudadana. Yo lo hago, como dije en un poema,  porque quizás, porque tal vez, porque no me conformo.
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