• Abr. 9, 2010, 8:10 a.m.
I
Lidovia Pierresainte, de 33 años, es una haitiana a quien unos brigadistas de Nicaragua, gracias a Dios, le cancelaron la cita que ella tenía con la muerte. Como a ella, otros ciudadanos de Haití también fueron rescatados por la valentía de estos compatriotas de cuyos nombres ya no sabemos nada. Quizás nos los topemos en algún mercado o establecimiento comercial -porque en Managua no hay calles, sólo parada de buses- y no los podríamos reconocer para felicitarlos. No nos acordamos de sus rostros, pero sí del rastro que dejaron: nicaragüenses que estuvieron dispuestos a arriesgar hasta sus propias existencias por desconocidos y extranjeros.  

Retornaron nuestros héroes a la vida cotidiana, cumplieron con su deber, nada más que en condiciones de extremo peligro. Para ellos no hubo tarimas ni reflectores. No hubo recibimientos multitudinarios. Quizás la mayoría de nosotros lo tomó como algo que no tenía por qué interrumpir nuestros días normales, donde los políticos acaparan los titulares.

II
Son tres las grandes pasiones que movilizan a los nicaragüenses en vigorosas muchedumbres: los deportistas, los políticos y sus líderes religiosos.   

La gente adora a sus deportistas y muchas veces a sus políticos. ¿Y qué pasa con nuestros héroes humanistas? La gente sigue candidatos que nunca pasaron a un anciano no vidente al otro lado de la calle -hablo de otras ciudades-, pero chinean niños en las campañas. Hay incluso fanáticos a quienes no se les pueden recordar las tropelías de sus ídolos partidarios, verdaderos Atilas a su paso por las arcas del Estado, porque son capaces de “perder” la cabeza.

Ver que tres o cuatro nicas, exponiendo sus vidas, introduciéndose como topos entre los escombros, cuando todavía la tierra temblaba en Puerto Príncipe, y además, salvando a varias personas, pareciera que no mueve a nadie a nada más que a la indiferencia. Es duro esto, pero conmueve más el average de un pelotero o una sonrisa presidencial que salvar a alguien de una muerte segura.

III
Admiramos la loable labor del cirujano Armando Siu, quien le ha devuelto el significado de vivir en este mundo a muchos pequeños pacientes con problemas craneoencefálicos.

Pero para el doctor Siu como a los oficiales del Ejército, o para esos bomberos que se introducen en los edificios o los mercados para apagar las llamas y rescatar gentes, no hay aplausos. La admiración que se les pueda rendir no lleva la suficiente fuerza como para movilizarnos hacia ellos y por lo menos soltarles un ¡qué bien lo hicieron!

IV
De los no sé cuántos mega rótulos esparcidos en Managua, los hay para el Presidente, deportistas y artistas. Ahí no alcanzan los cruzrojistas que lanzándose al mar y luchando contra las olas y corrientes, evitaron que las cifras fatales se incrementaran en la pasada Semana Santa. Tampoco hay espacio para los héroes anónimos del Ejército Nacional en Haití. Menos para los médicos sandinistas incursionando en las inhóspitas zonas remotas curando a la gente.

A pesar de la ignorancia oficial y de la mayoría de ciudadano, son héroes en todo el sentido pleno de la palabra: son los que proyectan a Nicaragua a una escala superior en cuanto a valores morales y motivaciones humanísticas. Son la otra cara, la mejor, del verdadero Estado Nación que anhelamos, y no la republiqueta en que nos quieren reducir la patria magistrados ilícitos, políticos mercenarios y por supuesto, corruptos activos y en retiro. 
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