• Abr. 8, 2010, 8:37 a.m.
No es extraña la semejanza entre las consignas políticas provenientes de una pretendida izquierda y de una cierta derecha, porque tras las frases se ocultan intereses similares por el control autoritario y excluyente del poder. Cuando esas consignas se lanzan y con ellas se pretende justificar hechos concretos, no hay frase –aun siendo impresionante—, que no encuentre rechazo en el sector opuesto, porque deja al desnudo el interés que persiguen las voces que las emiten. “Cerrar el paso al comunismo”, se oye desde la derecha, en referencia al gobierno; “cerrar el paso a la derecha”, se escucha en las voces defensoras del gobierno contra toda voz crítica, aunque no sea de derechas.

¿Pero, qué dicen los hechos en su muda objetividad? Que la derecha, perdida en su odio clasista, no tolera el planteamiento teórico del socialismo como bandera ideológica, menos que tolere los cambios sociales –más o menos profundos—, según las condiciones de cada país. Tampoco la izquierda, difusa y sectaria, distingue los afanes de restauración de esquemas capitalistas atrasados de un sector tradicional, de las críticas contra el gobierno y en pro de un régimen político con plenos derechos democráticos y justicia social a que aspira la mayoría.

La derecha (hablando en términos convencionales) no muestra mucha novedad ni variedad tras sus objetivos: busca consolidar privilegios de unos pocos y para la cual la justicia social se agota en su caridad; no aspira a la democracia para todos, ni más allá de las libertades formales; actúa como si su sistema social fuera inmutable y fruto de una divina voluntad; concibe los cambios políticos como cambios de personas en el gobierno, siempre que sean de su propio origen social; el mundo exterior y sus relaciones, principian y terminan conforme a la política internacional de los Estados Unidos; utilizar al Estado para robar, es habitual. Ese es el esquema de la derecha; las variaciones en su sistema, cuanto las hay, son resultados de la calidad y profundidad de lucha del pueblo organizado.

El esquema de la izquierda (seguimos hablando en términos convencionales), es: el poder para el pueblo encarnado en un individuo, y de ahí su título de “pueblo presidente”; el partido oficial no es el instrumento para conquistar el poder, sino el instrumento de su secretario general perpetuo; la unidad latinoamericana, expresada ahora en el Alba, con la solidaridad y la cooperación que ella encarnan, no se caracteriza –en el caso de Nicaragua— por sus relaciones de Estado a Estado, sino a través del “pueblo presidente”, quien no rinde cuenta de ello a la Nación por medio del Presupuesto General de la República; la Constitución Política es un estorbo formal, pero no un obstáculo real, para las aspiraciones continuistas del “pueblo presidente”, y en general no le parece respetable; su conducción del poder no se rige por las leyes, sino por su voluntad.

De tal situación se derivan todas las demás situaciones que perfilan nuestra realidad. A diferencia del Coronel garcíamarqueano, al “pueblo presidente” sobra quien le escriba: una maquinaria electrónica privada –radios, televisoras, periódicos digitales por Internet— le escribe los elogios deseados. En cambio, le disgusta que existan quienes les escriben críticas desde medios de comunicación no oficialistas. Su dolor de cabeza, la crítica, trata de aliviárselo una corte de aduladores, más algunas que otras voces no militantes, pero perdidas en su dogmatismo.

Todas esas voces suenan al unísono y esquemáticas: este gobierno es la revolución; sus programas asistencialistas y proselitistas, son “profundas reivindicaciones sociales”; la maniobra política pactista que le permitió alcanzar el poder con el 38%, fue “bocanada de aire oxigenante que mitigó el golpe de la derrota electoral del 90”. Y los etcéteras no se detienen.

Entre esos etcéteras, hay algunas perlas cultivadas sin valor, pero exhibidas con pompas en su carnaval propagandístico: no hubo aquí fraude electoral, si no “un pretexto” para “la intromisión extranjera”; las protestas ciudadanas contra el fraude, fue un “avalanzarse a las calles” con “financiamiento millonario” en “nueva ofensiva que forma parte de una campaña imperialista inaugurada con el golpe militar gorila de Honduras”; la demanda para que la colaboración venezolana sea manejada de forma transparente por el Estado, es celo porque sus “beneficios son para Nicaragua y no constituyen más aquel botín de enriquecimiento de oligarcas corruptos” (aceptan sin querer, que este botín es para los nuevos oligarcas).

A esta pobreza discursiva, agregan una serie de frases gastadas contra sus críticos: asalariados del imperio; campañas mediáticas “con toda la apariencia de ser pagadas”; periódicos servidores del imperio; guerra mediática patronal; periodistas críticos que son “peones del maquiavélico ajedrez” de los dueños de periódicos que “se refocilan en el aire acondicionado de sus lujosas oficinas”. Quienes así escriben, ¿no imaginan siquiera que sus patronos sean dueños de hoteles, haciendas, mansiones y de un gran capital acumulado desde el poder? ¿Creerán que su guerra contra sus críticos no es mediática (palabrita más lucia ya que talón de guatusa), sino angelical? ¿Que si sus mansiones tienen un valor de hasta tres millones de dólares, no pueden tener aire acondicionado en “sus lujosas oficinas”? ¿Creerán que la gente piensa que sus angelicales campañas no son pagadas, ni en “apariencia”?

A los portavoces del orteguismo les es común no es sólo el discurso, sino también su desprecio por los valores éticos en la conducta personal. Separan la moral de la práctica política del líder. El primero en expresar esa tendencia, sin rubor, fue su ideólogo Orlando Núñez, quien, escribió concluyente: “Si un dirigente de un partido es corrupto, hay que condenarlo por su corrupción, pero no por su posición política” (END 12/7/05). Y ayer mismo (5/4/10), Carlos Corea Balladares, asegura que no tiene importancia la corrupción practicada con la colaboración venezolana: “Independientemente de que hay grupos de poder a lo interno del FSLN que se están aprovechando de la alianza bolivariana, según señalan algunos entendido en la materia, la verdad es que la nación, la patria, nuestro país también obtiene logros, réditos, beneficios”.

Sólo le faltó agregar: también le quedan migajas, para dejar perfectamente retocada la versión del decir amoral y disolvente de que… ¡“no importa que roben, pero que hagan algo”! En la defensa del orteguismo y su “pueblo presidente”, controlador único de la ayuda venezolana, un pequeño grupo de amigos del gobierno lanzó un documento (15/12/09) con un lenguaje marxista condicionado al gusto, y hace omisión absoluta de la falta de ética en los actos y hechos de corrupción de sus líderes.

Por las deformaciones reinantes, reunir de nuevo la ética con la práctica revolucionaria es hoy una misión fundamental. De lo contrario, sin ética, no se puede construir una sociedad democrática, menos una sociedad revolucionaria.
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