• Abr. 23, 2010, 3:58 p.m.
El recién pasado 11 de abril, Haití acaba de cumplir tres meses luego del magno desastre del 12 en el que se quedaron enterrados bajo escombros el Número Uno de la Iglesia católica haitiana, la Catedral, el Palacio nacional y toda la moral del pueblo haitiano junto a una cantidad incontable de vidas humanas, que quien suscribe estima a alrededor de un millón de personas. Exactamente al cumplir este tiempo en Haití, Polonia se ha quedado sumergida en el duelo y la orfandad administrativa con un otro magno desastre en el que perdieron la vida el Presidente de la República -incansable luchador por la salvaguarda de los valores tradicionales de su país, prominente intelectual y reputado profesor universitario-, su esposa y un séquito de 88 hombres y mujeres de la clase dirigente del país centroeuropeo.

¿El destino? La conmemoración de la muerte de los 22,000 oficiales polacos asesinados por orden de Starlin en 1940 en Katyn, Rusia. Junto a los argumentos para presentar el lamentable suceso como algo natural, sobran las dudas. En las justificadas palabras del Premio Nobel polaco y ex presidente de la República, Lech Walesa, Polonia ha perdido a su elite igual que en 1940, donde perecieron los mismos atributos profesionales y equipo de dirigentes, con la única diferencia de las cifras.

Con este duelo poco común en la historia nacional de los países, pero familiar para el país del Mar báltico, Polonia viene a sustituir a Haití en el centro de la atención mundial, retomando las palabras del Premier inglés Gordon Brown. Sin embargo, parafraseando a Cáliz de la Vega, poeta nicaragüense, “la ciudad no se derrumba porque se despegan las paredes ni tampoco se calla a un hombre por herirle el alma. La vida sigue y proseguirá más allá del llanto, de los dolores y sufrimientos, más allá de nuestras trampas humanas contra ella.

¡Tres meses! ¡Noventa días! No se trata de una cifra aleatoria. Del 12 de enero haitiano pasando por doce de febrero y doce de marzo para culminar en el once de abril polaco, contando los 28 días de febrero y los 31 días de enero y marzo, nos da exactamente noventa días. La suma de las dos cifras del número noventa nos da nueve que es el triple del mismo número de meses. No me gusta la numerología pero sí, esta vez me llama la atención. Tres es el símbolo de la plenitud en cuanto unidad, perfección.

No quiero referirme a la Caída de las Torres Gemelas el once de septiembre del 2001 ni de los estrellamientos de aviones que de ahí siguieron, mucho menos de la perpetración de actos de fundamentalistas islámicos que intentan manchar el sacro nombre de Allah. Estos hechos, para el espíritu corto, se remontan a un pasado remoto, aunque no para ello, se desvinculen del todo de los lamentables acontecimientos de este desafortunado comienzo de un 2010 que se apuesta a ser el año de los magnos desastres, por encima de la proclama del Papa Benedicto XVI del Año del Sacerdocio y la de las Naciones Unidas que lo proclama…

Polonia y Haití, países de Enrique Synkiewicz y de Jacques Roumain, respectivamente. Dos países que en una determinada época de sus historias, el primero fue el reino más poderoso de Europa y el otro, la perla de las Antillas. Dos pequeños grandes países que han embellecido, que han abundado las crónicas con sus historias. Por su fe católica, nos gusta referir a uno en términos del martirio mientras en el caso del otro prevalece el heroísmo. Juego de palabras que traduce la resistencia, el sentido de lucha y la convicción de no caminar de rodillas en el recorrido que los conduce a la realización de cada uno como país.

Entre estas dos parcelas de tierra, hay algo secreto que los une, algo íntimo cuyas huellas es incapaz de borrar el polvo de la historia tanto en el corazón del polaco como del haitiano. En efecto, en la púrpura de la bandera haitiana está además, la sangre polaca vertida durante la guerra por la independencia nacional en la que tropas de Polonia viajaron a la Isla junto a las milicias francesas y ya en terreno de batalla, en un giro copernicano, pasaron a luchar en pro de las fuerzas revolucionarias haitianas. Haití y Polonia, tierras de dos defensores por excelencia de la libertad, dos grandes luchadores por la emancipación social, dos frutos del tiempo que les vio nacer, en ocurrencia Toussaint Louverture y Karol Wojtila. Estas dos tierras tienen sobradas razones para enorgullecerse por haber sabido imponerse a una historia que apostó y que aún sigue apostando por tragarlas en su fluir. 

Polonia y Haití, dos pequeñas tierras que no han cesado de llorar. Si los pequeños supieran de sus grandezas, los grandes serían menos grandes. Pero es lamentable que la pequeñez de los pequeños es más visible y por ende hace sombra a su grandeza. ¿Estrategia de grandes para mantener su predominio o falta de astucia de pequeños que se desconocen? En un espacio de tres meses, ambos heridos en sus partes medulares por dos magnos desastres que les han convertido ipso facto en merecedores de la compasión mundial sin por ello ser mendigos de consuelo. Dos magnos desastres, impero, sucedidos en el patio de dos grandes contendores  y quizá por ello, generadores de sospechas y de murmullos difícilmente comprobables.

Haití y Polonia, del Mar Caribe al Mar báltico, muy distantes geo-espacialmente pero a la vez tan cercanos, tan íntimamente ligados por la historia que, más allá de la pigmentación de la piel provocada por la posición geográfica, más allá de la distancia entre el Cáucaso y el África, entre el cristianismo y el vodú, entre el acra y el pierogi, se confunden en una sola unidad como el número Tres de la suma espacial en que ocurren los dos desastres. Dos países cuya grandeza no tardará en apuntarse en los horizontes del globo terráqueo.

Toda mi fe y mi respeto ante estos dos pueblos heroicos, dos pueblos únicos en sus respectivas historias y llamados a aleccionar el mundo, no importa si es por medio de sus dolores, sus sufrimientos y sus lágrimas. Porque, como nos lo indica José Ortega y Gasset, el destino de cada cual, es a la vez, su mayor delicia. Mi fe en que, no importa la magnitud de los desastres, estos dos pueblos se repondrán para seguir en un destino que solamente ellos están llamados a recorrer junto a sus respectivos nacionales.

Dicho todo lo anterior, qué quiere decirnos este año del 2010 que en apenas un cuarto de su duración, no ha hecho hasta el momento sino ensanchar a mares y ríos con nuestras lágrimas. Estoy convencido que la idea no es que se convierta en el año de duelo por excelencia, más bien apostaría a que será recordado como el año de la amistad y de la solidaridad internacional, porque los males tienen esta virtud característica  de acercarnos, contrarios y parecidos. No importa que Putin prefiera a Tusk que al hasta hace poco el eminente profesor de la Universidad Cardenal Stefan Wyszyński y ex alcalde de Varsovia, o que en Haití el sismo haya sido el único acontecimiento democrático en los dos siglos de la historia nacional.

Ni Haití ni Polonia precisan de palabras de consuelo alguno en estos momentos de difícil avance, lo que requieren y esperan de nosotros es una palabra que les haga recordar de sus historias, de su fuerza en las adversidades. Todo mi respeto a Polonia y a sus invencibles nacionales diseminados en los distintos puntos del globo. Yo también desde las cuatro paredes de mi escritorio, enciendo mi velón para que sobreviva el espíritu de compromiso y de trabajo, la visión de país de los que se fueron, para que los que se quedaron atrás se ciñen de fuerza y prosigan con la sagrada misión de conducir a Polonia a su destino de gloria.
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