• Abr. 24, 2010, 9:17 a.m.
Los caudillos nicaragüenses desde su concordato están llevando una vez más a Nicaragua a la violencia. Esta violencia es hija de la intolerancia, de las ciegas ambiciones de poder, de la complicidad de aquellos que siempre en cualquier contexto histórico obtienen ganancias, de la demagogia política, del azuzamiento mediático oficial y de planes estratégicos para que una pandilla se perpetúe en el poder.

La violencia política actual capitaneada por un poderoso sector del Poder Judicial (magistrados, jueces, y otros) es lo más peligroso que le ha ocurrido a nuestro país después de la guerra civil de la década de los 80. La institucionalidad del país estalla en trozos, pedazos y astillas que se utilizan como barricadas para no dejar un jugoso cargo en alta posición de poder y/o esta misma institucionalidad es convertida por obra y gracia de la lucha por el poder en combustible de mayores conflictos sociales.

Esta violencia política premeditada, planificada y lanzadas como semilla del mal al terreno fértil de nuestra violencia histórica y cultural, puede generar en nombre de una legítima defensa invocada por los grupos políticos y ciudadanos agredidos, una violencia social con disturbios mayores que incluya más derramamiento de sangre, la muerte de vidas preciosas, los daños a la propiedad privada y pública, los costos para el estado en gastos policiales para brindar seguridad a la ciudadanía, más gastos de combustible para el transporte público y privado, más derroche de tiempo productivo para los trabajadores, aumento en los costos hospitalarios por atención a los heridos, aumento en los gastos de la economía doméstica, contaminación ambiental etc.

La violencia política es pan duro de amargos días para las/los nicaragüenses. La violencia política desatada contra los nicaragüenses es proclive a devenir en un alud irracional imparable que siempre nos dejará, más empobrecidos, más embrutecidos, más de duelo y lo que es peor, esta violencia -alimentada y consentida por los caudillos- puede colocar en las puertas de nuestras vidas y casas, al ogro pestilente de la guerra civil.

Si esta guerra ocurriese, después de ella… ¿A quién le gustaría gobernar sobre ruinas, escombros, cementerios, es decir sobre la miseria y la muerte? ¿Al Presidente Ortega? ¿Al Ex - Presidente Alemán? ¿Al Cardenal, Arzobispo Emérito Obando? Quien de ellos piense que esto es posible, gobernar un país que la violencia y la guerra convierten ipso facto en inviable y prescindible para el sistema global, estaría muy enfermo de la cabeza. Aquí ni Santa Albita, ni Saint Wall Street, ni San Pederasta…perdón San Vaticano, nos salvarían después de una guerra, ya que ellos mismos están viviendo sus propias crisis y están pegados con alquitrán algunos, otros con saliva de lora y el último con vaselina.

Desde la perspectiva más pura, auténtica y radical de la cultura de paz las fuerzas políticas en conflicto no pueden generar ni reproducir la violencia. Cualquiera que diga lo contrario delata sus aspiraciones por el poder (político y económico), la sempiterna maquiavélica maquinación para utilizar a los seres humanos como carne de cañón o como escalera de cadáveres al infierno y representa un atraso cavernario respecto del juego de la política en países dependientes en proceso de construcción democrática como el nuestro.

Ni Jesús de Nazaret, ni el Mahatma Gandhi, ni Martin Luther King reprodujeron la violencia. En la violencia están las semillas del odio, la ambición, el desprecio por la vida y la dignidad humana. En la violencia están contenidas las utopías totalitarias del nazismo, el fascismo y el stalinismo.

De ahí que las fuerzas políticas opositoras deben brindarle un chance, una oportunidad a la paz en Nicaragua y no embarcarse en las trampas de la violencia que sólo producirá violencia y muerte. La oportunidad de la paz para Nicaragua es la única oportunidad de vida que tenemos. Cobardes les dirán, gusanos los insultarán, sangre les sacarán pero deben tener claro que el amor es lo único que vence al odio ciego, prepotente, abusivo, soberbio del poder. El poder solamente el amor lo disuelve. Teresa de Calcuta decía que el perdón es la presencia de la paz.

Si algunos abusadores, matones o ladrones insisten en llevarnos por el despeñadero de la violencia política, debemos oponerles todos los métodos de la no violencia. Ya verán como éste poder se desarma tal cual ocurrió con el imperialismo inglés y con el racismo norteamericano. Pero si ellos necesitan de la violencia para vivir se les puede sugerir que diriman sus diferencias en un partido de ajedrez, fútbol o béisbol. O en una justa de haber quién come más y que se harten hasta reventar. La violencia y la guerra las hemos vivido en carne propia como personas, nacionalidad y cultura; ahora probemos el camino del la no violencia, el perdón y el amor. ¡Que el poder de pocos no nos haga tropezar a todos, dos veces con la misma lápida!
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