• Abr. 30, 2010, 4:37 p.m.
Sentada en el Food Court de Metrocentro, mientras sigo la lectura de un libro que contiene un compilado de 50 casos  de asesinatos de mujeres en España -desde los años 50 hasta el 2000-; y luego de haber visto una película en la que una pareja experimenta actividad “paranormal” en su casa, a tal punto de agotarse física y emocionalmente, llegando la mujer (que es la que estaba conectada con la “entidad” desde que tenia 8 años) a servir de instrumento para asesinar a su esposo. Me percato que los televisores (las pantallas) del lugar de las comidas en Metrocentro, están como cuando se cae el servicio de cable, produciendo ese sonido no exagerado pero si inquietante y observo a las personas que están en el Food Court (aproximadamente 70 siendo las 4 y media PM) sin prestar mayor atención al sonido, pues el sonido luego de un tiempo deja de ser molesto y pasa a ser parte del ambiente.

Así como pasa con este sonido en el Food Court, se podría decir que es lo mismo que ha venido ocurriendo con la violencia, con los morteros que te hacen temer andar en la calle, con los ataques en cualquier rotonda, a cualquier institución, a la propiedad privada; así como ha pasado con los abusos sexuales (iglesia incluida), con las violaciones, con los asesinatos a mujeres, con la delincuencia, con la corrupción, con la mentira, con el engaño, con la represión, con la injusticia, con los golpes a la dignidad humana (violentando a hombres y mujeres), con la decepción.

El ser humano…el animal humano parece apuntarse un 100 en la clase de adaptación, en la asignatura de la aclimatación por excelencia, aclimatarse al medio, al ritmo, al son, acomodarse al color de las cosas, al tono de los hechos, a la luz o sombra de la situación.

Como si se tratase de una lancha sin motor, que va a donde el viento la lleve, a donde el agua del mar dicte su intención, siempre funcionando en base de algo externo, del más allá, de algún dios, del destino, de Daniel, de la Chayo, de Obama, del sistema; declamando “Así es la vida”, “Así son las cosas”, argumentado: “¿Qué se le va a hacer?”, intentando mantener una fe diciendo: “Será lo que dios quiera”. Dejando de esta manera la responsabilidad de decidir siempre hacia fuera: “Ni modo”, “¿Qué se le va a hacer?”, “Siempre es lo mismo”, evitando actuar declarando: “¿Para qué?...sino sirve de nada hablar”.

El animal humano va caminando por la vida más desconectado que su paciente cercano el chimpancé, o que sus compañeros de hábitat, los mamíferos.  El animal humano parece no aprender de su experiencia, al parecer es incapaz de sistematizar las vivencias, y ejecuta de esta manera una y otra vez el mismo caminar averiado que lo lleva a tropezar y caer, como si hubiera desarrollado con los años, con el tiempo, a través de la evolución, un gusto preferencial por la ignorancia, por el derrotismo, por el auto sabotaje, por la auto represión.

Hay una especiación humana, dentro de la cual existen seres que prefieren el silencio, el olvido, la inmovilidad y la disociación; que al mismo tiempo ocupan su energía en maquillar estas preferencias con juegos de apariencia, altas dosis de conformismo, diversas inyecciones de cobardía y novelas enteras (que son sus vidas) de manipulación.

Importante entonces averiguar a qué grupo de la especie humana se pertenece. Últimamente se ha observado un incremento en los números referidos a la cantidad de miembros de este grupo, de esta especiación humana de la que se hace mención, lo cual ha venido contribuyendo a una propagación de sociedades desconectadas y sin conciencia.

Intriga el no saber como se ha venido dando este fenómeno, no se saben los orígenes de este proceso social, de este acontecimiento humano; si se reconoce que pueden ser múltiples factores, individuales y colectivos lo que han contribuido a construir este extraño tipo de humanidad.

Preguntas que son necesarias realizar para saber que se es: ¿A qué especie humana se pertenece? ¿A una qué es desconectada o a una consciente? ¿A una disociada o a una presente? ¿A la que se deja llevar por las “Corrientes” o a la que se detiene a pensar hacia donde es necesario y útil caminar?

Ahora, si no se está en ninguna de las dos y más bien se está en un punto medio, tambaleante, indeciso, aún no concreto; ¿Qué se hace para dejar de esperar? A que llegue un momento adecuado para decidirse, o para que alguien decida en vez de la propia persona… ¿Cómo se trasciende el estancarse? Dudas siempre van a existir, pero algo que seguramente no se sabe cuando se construye realmente desde la esencia humana son  las ganas de construir algo mejor y no lo contrario, algo que seguramente cuando se tiene claro es reconocer el engaño de la realidad, esa delgada línea entre lo que se expresa querer y lo que se llega a hacer.

Por el momento hay muchas preguntas aún no resueltas, pero si hay un temor, a veces el temor ayuda a actuar, por sobrevivencia, por miedo, por estrategia; pero se debe ir más allá de éste, y ser consciente del por qué se hace lo que se hace en un especifico momento, dejar de ir por la vida como carreta en bajada y asumir la propia responsabilidad, no seguir “Esperando” a un salvador, a un mesías, a un gobierno bueno, a un protector; es urgente que el despertar sea desde adentro, por las propias ganas, partiendo de la propia necesidad, por decisión y criterio propio, personal; conectado con la vida, con la realidad, con el otro, con la otra.

Me asusta ese tipo de humano desconectado, disociado, adaptado. Me aterra.

Gabrielamontiel13@gmail.com, http://gabrielakame.blogspot.com/
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