• Mayo 8, 2010, 9:43 a.m.
Que la atención que se les brindan a los asegurados en las Empresas Médicas Previsionales no es la óptima ni mucho menos la mejor, es una conclusión que no necesita de sus premisas, de eso estamos claros; pero hay casos que trascienden las simples malas caras o la negación de un medicamento y ponen en riesgo incluso la vida de los mismos asegurados y las de sus beneficiarios. Y si a esto le sumamos la total falta de interés de parte de quienes deben velar por un excelente  servicio al cliente, nos encontramos desnudos ante los latigazos del desprecio y la enfermedad sin remedios.

Esto fue lo que me pasó a mí, o mejor dicho, a mi hijo de cuatro años, mi beneficiario. Todo comenzó cuando se torció el pie derecho el ocho de abril pasado, cuando se bajaba de su cama. No le dolió mucho en el instante, pero su abuela me llamó más tarde diciéndome que se quejaba y no podía caminar, así que decidí llevarlo al hospital donde estoy asegurado, el “Alejandro Dávila Bolaños”. Al día de hoy  me arrepiento de esa decisión por la cadena de sucesos nefastos en que se vio envuelto mi inocente vástago.

Fuimos a pediatría, donde luego de valorarlo la especialista, lo transfirió de emergencia a ortopedia. Y fue allí, precisamente, donde le pusieron la cruz que aún carga. Previamente le sacaron una placa. Después de varias horas de espera, el doctor Rolando Fletes López lo atendió muy bien, pero estaba acompañado de dos jovencitas estudiantes de medicina, supongo. Su diagnóstico --desmentido después por la ortopedista pediatra Sidley I. Hurtado-- fue un simple esguince, nada que una férula más diclofenac no curara, pero el doctor les asignó a las estudiantes (una de apellido Atha) la tarea de ponerle la férula. Pero parece que nunca habían puesto una y se la dejaron demasiado presionada. Y para rematar, cuando el doctor les preguntó por la fórmula (una gota por kilo) para dosificar la suspensión en los niños, ambas mostraron un desconocimiento total de la ciencia a que se han entregado.

Cinco días después, como recomendó el médico, le quité la férula y me asusté con lo que vi. A mi hijo se le había formado en el talón derecho una llaga que casi llega al hueso, producto de la presión excesiva de la férula. Otra vez de emergencia a pediatría. Nuevamente de emergencia a ortopedia, y otra vez las mismas estudiantes, pero ahora estaba el doctor Erick J. Arriaza Cardoza atendiendo. Les reclamé a las estudiantes y le comuniqué lo sucedido al doctor, quien minimizó la responsabilidad de las jovencitas con el supuesto de que siempre el yeso produce alergias, a lo que le contesté con una pregunta que no respondió: “Si siempre produce tantas alergias, ¿por qué lo siguen usando?” Ahora me dieron antibiótico más diclofenac. La llaga no cedió. Al contrario, se expandió más.

Nuevamente en el hospital cinco días después. Ahora sólo lo vio una pediatra. Le recetó penicilina benzatínica, casi 1 millón de unidades, antibiótico demasiado fuerte y doloroso. Le agujerearon las nalguitas al niño, pues obviamente el pobrecito ponía duros sus muslos. Lloró más de media hora y decía que no quería volver a ese lugar. Resultado: nada. Entonces se decidió llevarlo a consulta con un pediatra de gran trayectoria, el doctor Ernesto Salmerón, quien se asustó con semejante llaga y dijo que gracias a Dios no llegó la infección hasta el hueso, porque si no le hubieran tenido que amputar parte o el pie completo. Desautorizó, con su experiencia casi única, el uso de la penicilina en mi hijo y se consternó con el cuadro clínico que presentaba. Recetó Neobol y unos días con cefadroxilo. Con esto ha mejorado. Pero falta más que contar de la atención en el Hospital Militar.

El lunes 26 de abril me presenté a Atención al Cliente de dicho centro para denunciar lo ocurrido con mi hijo. Pero la persona que me atendió, Maritza Urbina, más enojada que conmovida por las acusaciones, me dijo con desparpajo que lo único que podía hacer, era enviar una carta al doctor Marcos Salas, jefe de dirección médica, según me aseguró. “Eso es todo lo que puede hacer”, repitió cuando le pregunté que si con una carta mi hijo se iba a curar, y dio la espalda. Luego quise ir a hablar con este doctor, pero cuando quise entrar, en el portón principal me detuvo el guardia de turno, quien me señaló que debía plantearle el problema a dos mujeres vestidas de blanco que se encontraban con un teléfono cerca de dicha entrada. Les planteé de nuevo mi problema y mis deseos de exponerlo directamente en Dirección, pero ellas me advirtieron que allí me iban a asarear, a lo que les pregunté el porqué, pero ya no respondieron, aunque sí me comunicaron con una mujer de nombre Xiomara, al parecer secretaria de Dirección, quien me recomendó ir donde las delegadas del INSS. Ésa fue toda la ayuda de Dirección.  

En un cuarto más parecido a una celda que a una oficina, dos gentiles delegadas del INSS escucharon el caso y se comunicaron con el doctor Moreno, jefe de la consulta externa, para ver la posibilidad de que mi hijo pasara consulta con la ortopedista pediatra. Éste accedió con amabilidad, pero en el momento que estaba dando la orden apareció la señora Maritza Urbina nuevamente, pero esta vez sólo se contentó con lanzarme una mala mirada. En consulta la ortopedista pediatra Sidley Hurtado me explicó que los niños no sufren de esguince, sino de lesiones en la fisis de crecimiento, desmintiendo el primer dictamen médico, aunque negó que hubiera habido infección en el talón. Algo que contradice el uso de los antibióticos y los dictámenes de los tres últimos galenos que vieron a mi hijo ya con la llaga. Incluso el doctor Salmerón lo confirmó, pues hasta le extrajo pus del talón. Al día de hoy, viernes siete de mayo, la lesión no se cura.

Pregunto ¿son éstos los servicios que ofrece el Hospital Militar cuando llegan a las empresas las vendedoras con un pedazo del cielo médico y un abanico de medicinas que cubre el Seguro? Pues incluso el Neobol que recetó la doctora Hurtado no me lo dieron en la farmacia del hospital porque éste “ya no compra esa crema”. ¿Hubo o no hubo negligencia médica en este caso, mala praxis e indiferencia? Como buen comunicólogo, siempre tomo notas de lo que veo y oigo. Aquí tengo en mi poder los recetarios, placas y notas de lo sucedido en este último mes.

Después de pasar semejantes penas, lo único que deseo es que se cure totalmente mi hijo, pues la doctora Hurtado incluso me planteó la opción de operarlo. ¿Cómo un esguince puede saltar a casi una amputación? ¡Qué el hospital lo explique! O si no que calle, como siempre, pues no es ésta la primera vez que denunció una mala praxis en este centro.

leslinicaragua@hotmail.com
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