• Mayo 8, 2010, 9:28 a.m.
En la década de 1950 un despale masivo en las fértiles planicies entre León y Chinandega con el propósito de industrializar el emergente monocultivo del algodón, dieron un despunte económico a Nicaragua y asentaron la fortuna de la Familia Montealegre, que entre otras inversiones, fundaron el Banco Nicaragüense, Banic.

El niño Eduardo nació en cuna de oro. Con nana, teto, tita, papi, cole y esa gama de bandejas de plata que le permitió la abundancia (y aun más… se la llevaron a la cama). Su padre, hombre de algún poder e influencia en Nicaragua, aunque tuviese mayores aspiraciones, nunca podría hacer nada contundente desde la oposición contra la bota omnisciente de los Somoza. El niño Eduardo crecería heredando esas esferas, entre la producción, la acumulación y las ambiciones políticas.

Y todo parecía ser perfecto, sobre todo que después de adquirir sus mejores herramientas en Harvard -equivalente a entrenarse en la Nick Bollettieri de la administración- el niño Eduardo logró pulirse en todos los sectores relevantes de los gabinetes neoliberales siendo el pupilo predilecto de los viejos zorros del partido y particularmente de sus propias ambiciones.

Pero algo inesperado pasó. Un día el niño Eduardo subió al pulpito y lo que quizás sí conocían sus mentores, pero callaron sin advertirle, súbitamente afloró en su contra. Y es que no sólo se le iba el galillo ante las masas, sino que éstas subían las banderas tan sólo cuando éste tiraba una gorra, una camiseta, una pelota de beisbol o una bolsa de freso.

Y más allá, el niño Eduardo empezó a mostrar sus limitaciones de personalidad, capaz sólo de ver al país en términos de cifras pero no de exclusiones; mostró su orfandad de carisma, llevando consigo un antibacterial perfumado para después de tanta mano, abrazo y beso-wakala en las calles darle un regreso a sus olores; y por supuesto, mostró una falta de lenguaje preciso que lo estrechara o al menos aparentara ligarlo a las periferias sociales.

Pero todo eso es normal porque Eduardo Montealegre no conoce su país y ese ha sido su Talón de Aquiles en el balance de sus ambiciones versus desaciertos. Nunca ha tomado la 119, no ha comprado una docena de chiltomas en el Iván Montengro, no ha recibido llamadas nocturnas del departamento de cobranza de su tarjeta de crédito ni ha tenido que hacer malabares con la precariedad de su mañana. Es uno de esos niños de estirpe que consideran que el privilegio debe ser un dogma, y la caridad su excepción.

No se puede resolver el país desde aeropuertos, programas de televisión, desde mansiones en riscos en San Juan del Sur ni desde hace tiempo la Asamblea es arena para efectivas soluciones. Por tanto, recientemente el niño Eduardo se reunió con su némesis; una reunión que ha sido señalada por sus “correligionarios” de traición. Y extraña traición ésta porque siempre ha sido precisamente ese niño el que hace las acusaciones de encuentros secretos. Esta vez, después de toda santidad, como todo buen político y mal ciudadano, el niño estuvo dispuesto a ceder el honor de su discurso por el poder de su manzana.

Ay, este muchacho, es todo un personaje quevediano. Pero de plano... y a todo esto... ¿Quién le mira los negocios a Eduardito?

http://emilapersola.blogspot.com/
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