• Mayo 15, 2010, 9:23 a.m.
Su obesidad es tan evidente como su terquedad, pero su espectro aunque diluido no deja de ser el del político más astuto en Nicaragua después de Daniel Ortega (léase: avatar de Rosario Murillo). Ambos son una versión 2.0 de enemistad íntima igual como la tuvieron alguna vez Somoza García y Emiliano Chamorro. Todos han escrito sobre el mismo diario:  “Querida Nicaragua, hoy fue un día…” (y con decir Querida, no es que la amen, sino que la poseen).

Volviendo. La semana pasada hicimos una radiografía del niño Eduardo. Hoy hablaremos del gordito Arnoldo, quien precisamente posee toditas las armas de la cual aquel carece. Arnoldo fue su mentor, conservador neoliberal, dueño de una ansiedad de poder desmedida  pero a diferencia de Eduardito, que no sabe hablar; o de Daniel, que no quiere habla; Arnoldo es capaz de comerse vivo a los dos en un debate abierto. Nunca se ha dado, pero considero que así sería.

¿Y por qué? Porque Arnoldito es un caudillo al cubo. Conoce el juego de la política a todos sus niveles. Se le ha llevado hacia el más deplorable de los estados por los que pueda ser “lampaseado” algún político: desde que fue prisionero político en la década de los 80, hasta ser un prisionero común acusado de uno de los mayores saqueos al erario público del país tras dejar la presidencia.  Y ya ven, ahí continúa.

Además, su temple ha soportado incluso la continua muerte de familiares sin que ello lo motive a redimir ningún pecado. Tampoco su alcoholismo, que es bien conocido en todas sus facetas, desde cuando vendía carbón en el Mercado Oriental (un mito a medias), hasta cuando, siendo “el hombre” en aquellos jacuzzis, donde con tequila y su “morir soñando”, ponía a prueba lealtades con desdichas que flotaban en medio de toda la hermandad… Y ya ven, nada lo ha desmantelado física ni emocionalmente, él continúa ahí,  sólido y robusto como un cilindro de 200 libras, imposible  -aunque quisiéramos- de batir a palos.

Su dimensión es especial. Arnoldo cuando se las juega, conoce su arte, sus papeles y sus giros; reconoce el límite de las cosas, domina las leyes y sus vacíos, hace sangrar sin matar, sabe ser víctima sin desesperar su Síndrome de Estocolmo. Y por supuesto, mantiene aún intacta su mejor arma, su memoria, que desafortunadamente nunca lo traiciona.

Por alguna extraña razón la providencia ampara a Arnoldito. Y para colmo, lo eximen de toda culpa aquellos que alguna vez lo imputaban. Se le descongelan sus cuentas en el extranjero, le devuelven sus bienes, le alargan su cadena de libertad, y por supuesto, él mejor que nadie sabe reconocer que, desde leyes hasta memoria colectiva, pertenecen todas al universo de los papeles mojados.

Toda la oposición anti-sandinista mezclada en una quinta esencia, se sabe mediocre ante el gordito Arnoldo. Todos se saben con alma, gracias a sus destrezas y favores. “Él” esa ladilla llamada Arnoldo Alemán, sigue en política porque sabe que no hay nadie mejor que él (no me refiero a competente). Y por eso él continúa ahí… sólido y robusto como un cilindro de 200 libras.
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