• Feb. 12, 2008, 2:34 p.m.
Esta semana, más de cien poetas reunidos en la ciudad de Granada, festejan con otros artistas nicaragüenses el entierro del pesimismo. Responden a la convocatoria del IV Festival Internacional de Poesía de Granada, con la sana intención de levantar una actitud positiva frente al mundo tan difícil en que vivimos. No obstante, y con todo respeto por mis colegas de la pluma, me pregunto, ¿será saludable mandar a la tumba el pesimismo de forma tan absoluta? ¿No habrá de salvar una pequeña parte del pesimismo para que equilibre con sus sombras el optimismo del lente rosado?

En la vida me ha servido mucho la frase de Antonio Gramsci, educador, pensador y revolucionario italiano del inicio del siglo pasado, cuando refiere al “pesimismo del intelecto y el optimismo de la voluntad”. Con el pesimismo del intelecto interpreto que  refiere a la capacidad de observar y concentrarse en lo que no funciona, lo que falta hacer, en lo injusto, lo incorrecto, precisamente para analizar sus causas y luchar para corregirlo. Por otro lado entiendo el optimismo de la voluntad como la generosidad, la solidaridad, la apertura y la flexibilidad, la capacidad de compartir, amar y actuar frente a estas situaciones. Esta combinación ¿no será lo que en América Latina y El Caribe se ha llamado la conciencia crítica?

    El pesimismo del intelecto (lo que en mi lengua materna se podría llamar the enquiring mind ) ha servido mucho a la humanidad para descubrirse en el mundo, investigar el universo a partir de las dudas, las evidencias al contrario, las críticas, los peros, y sobre todo los cuestionamientos a las verdades aceptadas y las inquisiciones de cada época. Lo contracorriente. Sin este pesimismo del intelecto estamos condenados a vivir una especie de ceguera rosada que tiende hacia la superficialidad, el conformismo, el conservadurismo y la fe eterna en lo establecido. Y estos elementos fomenta lealtades absolutas en los liderazgos establecidos en vez de lealtad a los principios humanos y la justicia. La falta del pesimismo intelectual puede llegar a sustentar autoritarismos y versiones mutantes del fascismo.

Vivir solo con el optimismo del intelecto quizás es más factible para quienes tengan la vida económica resuelta, y amigos en los círculos de poder económico o político. Sin embargo, la vasta mayoría de las personas vivimos con dificultades o en situaciones de pobreza, enfrentando cotidianamente las consecuencias de la injusticia, el machismo y los pactos corruptos aquí y al nivel global. Frente a esta situación considero que las personas que hemos tenido acceso a la educación formal tenemos una gran responsabilidad  como intelectuales en aclarar nuestros conceptos, analizar la realidad y expresar públicamente nuestras críticas.

Por otro lado sin el optimismo de la voluntad nos hundiríamos en la resignación depresiva, la queja constante, los enojos frustrantes, el individualismo o, como se dice en Nicaragua, el valevergismo - una actitud de resentimiento personal o de indiferencia hacia el sufrimiento de los demás que obstaculiza la construcción de alternativas. No es suficiente analizar y criticar si no somos capaces de apostar a la acción y al cambio para que otro mundo sea verdaderamente posible a pesar de lo extremadamente difícil que es el camino.

Así que solicito respetuosamente a los y las poetas organizadores del Festival de Granada que si se hace este entierro simbólico, salvaguardemos una cuota de pesimismo analítico y descartemos un poco del optimismo ciego. No nos olvidemos de ver con ojos críticos la situación dura de las mujeres y los hombres, jóvenes y adultos nicaragüenses, analizarlo a voz alta y contribuir nuestro granito de arena a las acciones para el cambio.
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