• Mayo 25, 2010, 2:50 p.m.
Debía escoger entre Martin Campbell, Steve Spielberg, la clásica de Walter Hills, “Los Jinetes” o Florence Jaugey. ¡Ah!, Jackie Chan hacía ojitos con una de sus primeras en el cine asiático, Drunken Master, “El Maestro Borrachón”. Pero ya estaba mi decisión: Vi “La Yuma”. Y dejé esperando a Mel Gibson, con su producción “Al filo de la oscuridad” y a Tom Hanks con su “Atrápame si puedes”.

Hablemos de cine, y no de cualquiera. Hablemos del cine de Nicaragua. De hecho, es inusual hacerlo, porque nos damos a conocer al mundo como un país-problema tirando a Estado- fallido, morteros incluidos. Si no hay violencia, digamos, disparar contra un hotel, hay extraños movimientos políticos por otro lado. O desastres naturales. Pero Nicaragua es más que todo eso: hay arte, el puro poder de la imaginación, que no es lo mismo decir, un poder sin imaginación…  Y, además, contamos con un grandioso pueblo que trabaja y se las inventa para vivir, hasta vendiendo “La Yumita” en El Oriental.

En “La Yuma” sí hay una historia con actuación natural, que deja atrás aquellos parlamentos fingidos, donde los personajes, mejor dicho, los supuestos actores, se dedicaban a contar lo que hacía su personaje, y no lo vivían. En “La Yuma”, los actores realmente hacen eso, actúan, convencen, y, paradójicamente, dentro de la ficción son seres reales capaces de vendernos la sensación de veracidad.

La cámara de Frank Pineda
La película significa un salto adelante en nuestro séptimo arte, un acontecimiento que marca en firme el cine nacional. Podemos hablar, por ejemplo, de su fotografía. Frank Pineda soltó su enorme caudal para impresionarnos con sus tomas: sus secuencias mantienen el tono del filme, de tal manera que no hablamos de improvisación, sino de una carrera, del excelente manejo profesional de la lente que nos mete de cabeza en la historia. Es de hecho, un narrador visual que demuestra una experiencia y arte personal, que podría superar incluso la modesta tradición local de nuestra pantalla grande.

El producto es digno de un cine avanzado con mayores recursos y trayectoria como el mexicano de su buena época, el brasileño, el argentino o el mismo cubano.

Si fuéramos con lupa, hacia los actores, aún así difícilmente podríamos ver las costuras de sus actuaciones. Florence Jaugey se lució en la dirección de este metraje, lo que podemos advertir en la intérprete de  la Yuma,  Alma Blanco, bien asumido su papel, una joven hecha de nudillos y en su mundillo, el cual lo exhala a través de su voz, y del lenguaje tanto verbal como corporal.

Viven la historia
Los actores dotan de vida a la película, suman y asumen la historia que se proyecta: una muchacha de un barrio, vinculada a la pandilla de Los Culebra, sus deseos de salir de ese círculo, donde reina el abuso de un padrastro, la madre tolerante, y el ambiente nocivo del lugar. Quizás, a algunos videastas no les guste lo que podrían llamar “este viejo formato”, el fondo social de denuncia, pero los grandes temas están ahí, a la mano de todos, sin embargo, “muchos son los llamados, y pocos los escogidos”: el amor, la muerte, la vida, la traición, la maldad, la redención…

La intervención de María Esther López, productora y animadora de televisión, y del mismo “Polvorita” Martínez, un deportista que no es actor, le dieron un valor agregado a la película que lograron mantener en sus niveles y facilitaron sin cortes abruptos, los cambios de escenarios, provocando que el rodaje corriera fluidamente, a como el espectador lo puede apreciar y disfrutar.   

La filmación nos demuestra que además de talento, hay dirección, hay un insuperable manejo de cámara, de sonido, de ambientes, lo que nos pone a decir: miren, no crean que Florence haya contado con tantos recursos económicos como para darnos esta película. Más que todo, la misma propuesta, incluido el reparto, constituye su mayor riqueza,  para poder producir una película nicaragüense como si contáramos con una larga y brillante tradición cinematográfica. Y, claro, esperamos que no sea una excepción.

¿Empezar la tradición?
Quizás faltó cierto ajuste en el guión. Esto puede ser observado o dejado de lado, porque cada gusto también es un mundo con sus asteroides apartes. Algunos episodios que llegan a florecer, no logran ser amarrados, tal es el caso del padrastro abusador. El romance del joven estudiante de comunicación social con la Yuma pudo haber ameritado un tratamiento que no se diluyera en lo anecdótico. Con todo, los aciertos son mayores.
   
¿Hablamos de empezar la tradición? “Tradición” en el cine es una palabra mayor en Nicaragua: sí hubo películas en los años 80, y otras escasas producciones posteriormente, sin embargo, la falta de empuje, de patrocinio, no nos permitió un nombre nacional en el exterior. Documentales, producciones de ámbito social, son una parte del cine, pero no todo: las mayúsculas en el arte cinematográfico son sus películas, esas por las cuales el público va a la taquilla a pagar por una historia, a identificarse con uno u otro personaje, a entretenerse, a saber, a reír o gozar, y no ver su propio drama a colores.    

Y uno, puede pensar: ¿hasta dónde podría llegar nuestra producción nacional, que, claramente, como en esta cinta, también es un buen producto de exportación, si contara con el suficiente apoyo tanto del Estado como de la empresa privada? Miren: las películas como tales, de ficción u historias reales llevadas a la pantalla, no llegan ni a la decena, incluida “Milagro en el bosque”, de los años 60 del siglo XX.
 
Quisiéramos que no sólo “Camila Films” fueran los únicos estudios. Porque sabemos que hay otros valores como Ramiro Lacayo, por ejemplo. Otros talentos juveniles como Heidy Salazar y Morena Guadalupe Espinoza. ¡Qué bien! podríamos decir: estamos empezando una tradición y de la mejor. “La Yuma” es una agradable noticia producida en Nicaragua. Es decir, nuestro país está en capacidad de empezar una nueva película…

esanchez@elnuevodiario.com.ni   




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