• Mayo 28, 2010, 3:46 p.m.
Un murmullo se apoderó del auditorio de la biblioteca de la UNI-IES, cuando la pantalla gigante de televisión mostró a un hombre de estatura baja y porte militar, quien ingresaba por el costado derecho como si fuera su santuario. Iba acompañado de una elegante dama de piel blanca cuya silueta bien arqueada se ocultaba en un vestido verde; también le escoltaban los intelectuales Jorge Eduardo Arellano y Aldo Díaz Lacayo, y las autoridades de esta casa de estudio. Era tal la alegría del homenajeado, que no se inmutó cuando sus amigos, que hacían filas para saludarlo, le arrugaban su camisa blanca con borde azul y cuello chino. Alérgico al culto y a los elogios, a los conocidos les extendía tensamente su mano derecha y les regalaba su peculiar mirada fría; mientras simultáneamente con su mano izquierda se acomodaba su boina color crema con cuadro café. Cuando al fin llegó a la mesa presidium, saludó con un abrazo fraternal al maestro del acordeón Carlos Mejía Godoy, de esta forma el Comandante Tomás Borge Martínez, levantaba el telón de la última edición de su obra, La paciencia impaciente, premio Casa de las América (1989).

El autor de La tumba del guerrillero, luciendo una camisa manga larga, pantalón de vestir negro y zapatos brillantes del mismo color, se desplazó al pódium de madera tallada, para iniciar la serie de comentarios del género testimonial. Apenas alzaba su mirada ante el auditorio. Sus ademanes denotaban que no era su escenario de costumbre. Antes de su intervención aclaró que estaba en carácter personal, motivado por la amistad que mantiene con el último intelectual del FSLN. Luego dio un giro de 45 grados, con el dedo índice de su mano izquierda se dirigió a Borge, lo miró con sinceridad, y en tono de camarada le criticó haber cometido el error de referirse a Dora María Téllez en la manera en que lo hacía en el texto, y de haber excluido a Víctor Hugo Tinoco; al escritor Ernesto Cardenal.

Un silencio sepulcral se apoderó por instante del lugar. La sinceridad y gallardía de Carlos era admirada y respetada por el Comandante Borge Martínez. La observación fue desde el inicio de su oratoria, no era el clásico mensaje de cierre. ¿Cuántos de los presentes se atreverían a hablarle al comandante con esta misma sinceridad? Tal vez, ¡muy pocos! para ser más exacto no superarían un modesto ramo de flores.

Una vez concluido los comentarios del historiador Jorge Eduardo Arellano y del analista político Aldo Díaz Lacayo, el autor de La Paciencia Impaciente, dio una lección autocrítica a su militancia. Espontáneamente con su voz de patrón engreído, para no dejar dudas sobre su amistad con Carlos Mejía Godoy, con su frase célebre cronológica afirmaba: Carlos, “nuestra amistad será de hoy, mañana y siempre”. Aunque aclaraba que la inclusión de estos personajes en la primera versión de su libro fue para halagarlos, no porque se lo merecían. “Lo normal es que uno reciba homenajes cuando muere, no en vida. Por eso Guillermo Rothschuh (Villanueva), yo te voy a elogiar hasta que te mueras”,… bañado de humor trataba de justificar la crítica formulada por Mejía Godoy.

En la mañana del 21 de mayo (2010), previo al evento, los cibernautas de EL NUEVO DIARIO le reprochaban al cantautor sus deseos de participar en este evento: “Carlos Mejía Godoy…por cuanto vendiste tu canción”;…”Estar legitimando a Tomás Borge en esa presentación es una vergüenza”, mientras otras voces animaban su asistencia: “Los cabezas calientes, no comprenden el sentido de la unidad e identidad. Tomás Borge es amigo de Carlos Mejía, y qué”, el autor de la Consigna ratificó que su amistad con el escritor Borge Martínez era más enorme que sus fronteras ideológicas, -inclusive más grande que su propio orgullo-, para haber asistido a un acto en un auditorio dominado por militantes del partido de gobierno a quienes no agradaba; entre otros hechos, por haber sido el candidato a la vicepresidencia de la república del MRS. Sus camanances y mirada brillante fueron el santo y seña, de que esa noche estaba contento de haber patentizado en público su amistad a su entrañable amigo.

Luego de haber compartido algunos capítulos de La paciencia impaciente: su affair en La Habana, su carta de amor dedicada a la pérdida de su hija, y su saludo sincero a Carlos Fonseca, confirmaba el colorido de su adjetivación, y la lucidez de su prosa. Después de tres años y cuatro meses de que su partido está en el poder, era la primera vez que lucía como profeta dentro de sus correligionarios, e invitados especiales. Al caer el telón, la literatura una vez más demostraba el poder que tiene de unir y hacer que las amistades perduren. Para el Comandante Borge Martínez ha sido el muro de contención que ha evitado que su visión política apague su brillo intelectual; y la fuente que mantiene fresca las amistades que tejió en la cuna del romanticismo de la revolución. Con este capítulo, Borge Martínez quedaba claro de que el aprecio del que goza en el clan de intelectuales y artistas de la talla de Mejía Godoy, es por su intelecto, no por ser un animal político. Me sumo a quienes creen que la literatura será la página de su vida que absolverá al único sobreviviente fundador del FSLN. Tal como han sido inmortalizados Carlos Fonseca y Leonel Rugama.
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