• Mayo 26, 2010, 4:33 p.m.
Hay tres cosas que nunca me gustaron cuando niño y luego cuando crecí se me volvieron en algo definitivamente indiferente: Los Beatles, los videojuegos y Maradona.

Mi padre nació en 1936, por tanto yo crecí escuchando a Gardel, a Sinatra, a Ella Fitzgerald y rodeado de pósteres de Humphrey Bogart. Nunca conocí la revolución sociocultural de los 60 sino hasta los 90, pero ya era muy tarde y Los Beatles nunca se acoplaron a mis enzimas gustativas.

Con los videojuegos tuve una terrible desilusión porque papá nunca me compró un Nintendo. Y cuando entré en la adolescencia, aún no era capaz de pasar Mario Bros, ni derrotar a todos mis rivales en Mortal Combat, ni alcanzar más de 300 puntos en Tetri, que era modestamente en el que más me destacaba.

Luego, cada cuatro años, la familia se dividía entre Brasil y Argentina y yo desde entonces recuerdo con simpatía aquella selección careoca en México 86 que quedó eclipsada ante ese "torito de piernas cortas que tiene ojos en todo el cuerpo", como describió Eduardo Galeano alguna vez a Diego Armando Maradona.

Fue el mundial en el que “La Mano de Dios” ante Inglaterra redimió la derrota de los gauchos en Las Malvinas. Maradona desde entonces se volvió también un dios, un santo de las villas miserias alrededor del estadio del Boca, un aliento a las lágrimas de una nación saliente de su traumático Proceso de Reorganización Nacional. Maradona se volvió un grito, el entusiasmo de un río desbordado por todos lados que terminó por empalagarme y decir, no más.

No lo sé. Hoy lo veo distinto. Hoy entiendo el entusiasmo de Maradona, lamento sus problemas pero admiro sus luchas personales, respeto a sus adeptos y apreció que se le haya dado la oportunidad de ser el técnico de una selección silenciosa, que no promete tanto y le rodean las dudas.

Pero podría ser, podría pasar, quizás eso le favorezca, a fin de cuentas vienen con Diego, y sobre todo con su alma gemela, otro torito con ojos en todo el cuerpo que además estará dentro del campo y es el mejor del mundo. Podría ser, podría pasar, y por esa esperanza ajena, yo le voy a La Argentina. http://emilapersola.blogspot.com/

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