• Jun. 7, 2010, 10:14 a.m.
Difícilmente puede alguien que no sea escritor, me digo, saber lo que se siente cuando uno termina una novela. Y me pongo a barajar metáforas para explicarlo: es como tener un hijo, y una vez nacido, regalarlo y olvidarse de él; es como cocinar la mejor comida de tu vida, pero no probar ningún bocado; es como construir una piscina y no bañarte en ella….metáforas inadecuadas en realidad, porque, antes del momento de desembarazarse del niño, o regalar la comida, o la piscina, ya uno ha comido, se ha bañado y ha gozado.

Pero el fin de una novela, significa para él o la autora, una despedida. Uno se queda triste, como cuando tras la boda el hijo o la hija mayor se va con el marido o la esposa y empieza su vida independiente. Uno se alegra, pero al regresar a la casa, ve el cuarto vacío y añora a la criatura que lo ocupaba, añora sus problemas, sus ruidos, sus juegos.

Uno sabe que, cuando el libro se publique, tendrá muchas vidas: cada ojo que lee es único, cada persona interpreta, ama u odia de diversa manera. Y esa múltiple existencia de lo creado en soledad es la maravilla que compensa las horas largas, los desvelos, la angustia del trabajo.

Dejar el libro, descansar, es lo que uno añora. La vida, sin embargo, no ha esperado. Se vuelve al mundo a reconocer el tiempo transcurrido: la lluvia que cae torrencial, el invierno tropical y sus verdes imponentes; la ciudad que se escurre en el agua del chaparrón, los rostros, la política urdiendo sus vericuetos, los políticos diseñando su futuro sin preocuparse por el nuestro.

En estos días de retorno de la ficción a la realidad, me pregunto si siguen valiendo la pena las encendidas polémicas; si hay remedio contra el cinismo que como un dragón con la boca bien abierta y echando fuego, nos chamusca los sueños y la esperanza. Me pregunto si los ciudadanos tenemos, a este punto, otro papel que el de observadores en un juego donde sólo nos queda aplaudir o chiflar; un juego decidido por réferis, o jugadores donde el gane o el pierde ha sido comprado de antemano por los dueños de los equipos.

Para ese mal del sin remedio, recurro a mi imaginación de novelista, recurro a la historia, a la ley de las probabilidades, la dialéctica y los imprevistos; recurro a mi fe en la vida y a sus sorpresas. Como anuncia la teoría del caos: una mariposa batiendo sus alas en el Caribe, puede desatar tifones y tormentas en la China.

Me digo que la más seria epidemia y la enfermedad contra la que hay que vacunarse, es la indiferencia. Sigo entonces viviendo, creyendo, escribiendo.

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