• Jun. 12, 2010, 1:23 p.m.
En la edición del lunes, 7 de junio 2010, se publicó aquí mismo un escrito del señor Tomás Borge, en el cual hace alusiones maliciosas –con ribetes calumniosos— en contra del autor de la columna “Don Procopio y doña Procopia”, sin hacerle ningún señalamiento concreto. Su intención es dejar dudas acerca de mi conducta política y personal, pero no mencionó mi nombre, sabiendo que soy yo el autor de la columna.

Habla de una columna “refugiada en EL NUEVO DIARIO”. Aclaro a los lectores que la columna no es ninguna “refugiada”, porque aquí nació, y si no la firmo es por respetar la tradición establecida por su creador, el poeta Luis Rocha, de publicarla sin firma; así la inició él, y sin firma la continué cuando la dejó a mi cargo a pocos días de haberla comenzado. Si hubiese sido una idea original mía, contaría con mi firma como todas las columnas que tuve en BARRICADA durante catorce años.

Lo que escribo en la columna y le causa ronchas al señor Borge, no lo hago escondido en el anonimato, porque, aunque con otro estilo, contiene las mismas críticas que hago al orteguismo en mis artículos semanales. En esencia, entre lo expresado en la columna diaria y el artículo semanal no hay diferencias. Mis críticas, que el señor Borge califica de ataques con “ferocidad”, son básicamente las mismas que se escuchan, se leen y se ven en los medios de comunicación independientes; por lo tanto, no tengo esa exclusividad, y son críticas merecidas porque están fundadas en los hechos de los personajes criticados, a quienes el señor Borge considera intocables, en tanto a quienes se atreven a hacerlo los trata como si fueran herejes de su religión política.

Su “autocrítica” por haber editado un libro apologético del corrupto clan mexicano de los Salinas de Gortari, además de ser tardía, es de una ingenuidad que se riñe con su natural arrogancia, y no le justifica para nada. Alega haber consultado su publicación “con varias personas de buena calidad moral y, por desgracia, nadie, en aquel momento, puso objeciones…” Es decir, no tiene la honradez de asumir solo su culpa, y la quiere compartir con quienes, “por desgracia”, no lo pararon a tiempo. Así confiesa que escribe libros por encargo, y si lo consultó con otros, es porque sabía que estaba haciendo mal. El libro salió en formato normal y en extra lujo, y el gobernante mexicano lo hizo distribuir regalado a través de un diario oficialista a un costo ignorado, pero imaginado, aparte del costo por los derechos de autor. A quienes así escriben, les dicen mercenarios de la pluma.

Don Tomás no necesitaba recordar su sacrificio de revolucionario, todo el mundo lo conoce, porque lo viene repitiendo durante años, como si quisiera justificar los que ha cobrado por ello. Todo el mundo sabe que la lucha revolucionaria contra el somocismo causó muchos presos y, peor, muchas muertes de jóvenes que no pueden reclamar nada a quienes se han lucrado del poder que ellos ayudaron a conquistar con sus vidas. Eso merece ser criticado, a riesgo de recibir cualquier tipo de agresiones.

Encuentro lógico el odio de este señor hacia la ética, pero eso no le da el derecho de atacar la ética personal de otros. La mía la he mantenido durante 66 de los ochenta años de mi vida, la cual el señor la considera auto-proclamada, “con la indulgencia del somocismo”. Quisiera creer que se trata de uno de esos recursos lingüísticos que acostumbra utilizar el señor Borge para probar su calidad de intelectual. Pero es injurioso, porque, dentro de tal supuesta “indulgencia del somocismo”, estarían las veces que me llevó a la cárcel y el haber causado la muerte de dos de mis hijos.

Responde así a mis críticas, para echar una cortina de palabras sobre las evidencias de otras conductas en verdad nada éticas. Conociendo la fama de los tantos que se han amparado en el poder para enriquecerse, no son necesarias las comparaciones entre esas conductas y la mía.

Pero no quiero dejar dudas acerca de esas diferencias, y diré cosas archiconocidas por mis amigos y vecinos: he vivido pobre, pero dignamente, desde los catorce años de mi trabajo manual, de mi trabajo intelectual y, a veces, de los dos tipos de trabajo al mismo tiempo. También saben de otros que nunca hicieron ninguna clase de trabajo productivo, pero viven en mansiones amuralladas (para ocultar lo inocultable, y no por vergüenza, que tienen): dinero en el extranjero, participación en sociedades mercantiles, en centros comerciales y un sinnúmero de propiedades urbanas y participación en el tráfico de bienes raíces.

La mayoría de los nicaragüenses conoce cómo personas divorciadas en su vida de toda actividad productiva personal son poseedoras de todo eso y aún más. En cuanto al señor Borge, confieso que sí, lo miré trabajar en los años sesentas como visitador médico para dar cobertura a su actividad revolucionaria. Pero supongo que los ahorros de aquel trabajo no le sirvieron para comprar tantas y variadas clases de propiedades, pues lo que entonces lo único de valor que pudo comprar fue un carrito Hillman… y a medias con el recordado dirigente socialista Carlos Pérez Bermúdez.

¿A qué y a quién puede ser leal quien no ofrece cuentas transparentes de su relación con el Estado? Contestación de grupo. Yo no digo a cuánto asciende que pudo haber cobrado por sus sacrificios al país, o sea, al pueblo, dado que no me consta; eso sólo lo puede informar el señor Borge, por lo cual me puedo sentar a esperarlo. Él parece sólo interesado en tapar el sol con un dedo y llenar de… m la vida de otros. No puedo imaginar nada decente de quien hace alusiones veladas, como eso de que “El prestigiado intelectual, el irreprochable Wilfredo López Balladares puede hablar sobre mi conducta en la cárcel y también sobre la conducta del autor de ´Don Procopio y doña Procopia¨”.

Otra vez el señor Borge, explotando su martirologio. Pero si eso satisface a su ego, que lo diga cuantas veces quiera. No me importa. Me interesa su perversa insinuación de que López Balladares me guarda algún secreto. Con este ciudadano tuve una relación fraterna de trabajo durante los años que se editó el semanario socialista “Orientación Popular”, y nunca tuvimos ningún disgusto, sino sólo armonía. Pero el hecho de que el señor Borge utilice su nombre para hacer su insinuación es inmoral, porque López Balladares está en malas condiciones de salud, y al exponerlo en su juego le hace arriesgar la colaboración de su partido, si es que se la otorga
como se la ofreció y Wilfredo la merece.

Este señor Borge no haría algo parecido por primera vez. Cuando le encargaron el asalto de la dirección del diario BARRICADA, en una ocasión se escribió un auto elogio y lo publicó con el nombre de un periodista… ¡sin haberle consultado si la quería firmar!

Mis críticas al orteguismo y sus abusos datan de muchos años atrás, por ello no es casual que el ataque como respuesta, lo haga el señor Borge exactamente cuando pasé de la crítica escrita a la actividad política contra la reelección y el fraude. Otra observación: he criticado más a Gustavo Porras que a Lenín Cerna, porque aquel tiene una actividad más pública, pero el señor Borge sólo menciona a Cerna como mi “víctima”, porque este señor trabaja con el aparato de la Seguridad del Estado en su partido, por lo cual está más apto para urdir cualquier cosa en mi contra.

¡Que conste!
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