• Jun. 26, 2010, 9:32 a.m.
“Al día siguiente no murió nadie”, escribía José Saramago en Las intermitencias de la muerte, uno de sus últimos libros. Pero este viernes 18 de junio, después de departir con su esposa y con el médico, de desayunar con la misma naturalidad y parsimonia de siempre, y de reír despacio, la muerte se detuvo frente a su cara, se cansó de tantas pausas y decidió no esperar hasta el sábado; se lo llevó con ella en ese instante.

De esta manera, el hombre que le dio un rostro con buen perfil al portugués, fallecía luego de vivir 87 años con sencillez y escribir tan buenos libros que le merecieron ganar en 1998 el Nobel de Literatura. Era tan sencilla su forma de vivir que cuando se enteró de que había ganado el premio, gracias a una azafata, en un aeropuerto, no lo celebró con pompas, sino que caminó hasta que encontró a su editora y la abrazó.

Así era él. Había nacido en un pueblo chico, de unos padres campesinos. Incluso su contacto con la literatura lo hizo de la manera más humilde, frecuentando las bibliotecas públicas de Lisboa por las noches, el único horario de que disponía, pues al no poder terminar el bachillerato por falta de recursos económicos, se dedicó a aprender el oficio de cerrajero mecánico, que practicó por pocos años.  

Y con esa misma simplicidad básica aprendió a amar humanamente a sus semejantes, al hombre, con un cariño igual a su altura de escritor. Sus libros lo reflejaban: en su último gran relato, Caín, trató todavía de salvar del oprobio a este personaje del Antiguo Testamento. Su conciencia siempre le dictaba rectitud, por tanto, dedicó su vida a luchar desde las letras a favor de los derechos humanos, contra las guerras, contra la dominación de los poderosos, contra los imperialismos.

Asistía fielmente a las ferias del libro de todas las regiones con las ganas enormes de compartir con los lectores sus trabajos y de incitar la lectura como herramienta de conocimiento. Firmaba sus libros y compartía palabras con los asistentes. Fue así como lo pude conocer una mañana en Madrid, en la feria del libro. Era el mismo hombre de las fotos: calvo ya por los años, con algunas hebras blancas aún, los anteojos de marcos gruesos que dejaban ver una mirada serena, la cara de abuelo bueno y la piel suave. Parecía un hombre inmaculado y filosófico, con aire de benevolencia.    

Me brindó su mano y apenas la apreté. Me sonrió con esa jovialidad que lo caracterizaba y me preguntó mi nombre; se quedó algo inquieto con mi apellido y me volvió a sonreír, puso su firma con letras grandes de trazo delgado y me dijo que lo disfrutara. “Gracias, maestro”, le contesté, y volvió a reír. Y en verdad disfruté esa prosa espartana, rutilante a veces, aunque siempre cargada de humanismo.

Fue él quien nos salvó de la ceguera y nos dio la lucidez del pensar con sus ensayos largos. Fue él quien nos presentó a un Jesús humano, a una María más cercana, en ese evangelio que escribió y que fue atacado por la iglesia, que no comprendió que era sólo la visión de un escritor que imaginó cómo pudo ser escrito ese pasaje.

Afectado por una neumonía que pronto se tornó crónica, todos esperaban que nuevamente burlara a la muerte, como en 2007. Esa vez se esperaba lo peor, pero José se levantó una mañana y se puso a escribir con la misma fuerza con que lo había hecho 50 años antes. Resucitó y nos dio dos libros más. Pero esta vez, en Lanzarote (Canarias), ya no encontró la balsa que siempre lo alejaba del mar del más allá.      

Hoy, cuando de casualidad me disponía a escribir una crónica sobre esa vez que tuve el agrado de conocerlo, supe la terrible noticia: la muerte terminó con sus intermitencias y entonces esta vez sí murió alguien… alguien llamado José Saramago. El mundo está de duelo y la literatura triste.
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