• Jul. 2, 2010, 12:25 p.m.
Eran un poco antes de las 6 de la mañana del 1 de julio de 2009, cuando en el sitio de abordaje del Aeropuerto Augusto C. Sandino de Managua en donde esperaba la salida del vuelo que me llevaría luego de una escala a la convulsionada Tegucigalpa sacudida por el golpe de Estado a Manuel Zelaya, apareció una amiga.

Vi su sonrisa, mientras conversaba con Isidro Hernández, en ese entonces el reportero gráfico de EL NUEVO DIARIO que me acompañaría en aquel viaje, y me abrí espacio hasta donde estaba Samanta, quien iba hacia El Salvador. Luego de saludarme, me vio con cara de que yo ya sabía lo ocurrido y me dijo: “Que canteada lo de Alexis ¿verdad?”  

“Si hombre, dicen que va a renunciar porque no aguanta la presión”, le respondí despistado. “No hablo de eso, sino de que supuestamente se suicidó hoy en la madrugada”, replicó Samanta.

Isidro se acercó inquieto porque logró escuchar lo que me habían dicho y cuando repetí la funesta frase, su rostro palideció y sus ojos se tornaron asombrados y tristes, mientras se llevaba la mano a la cabeza para rascarse el desconcierto. No dude lo que me decía Samanta, pero para terminar de recibir el golpe que significaba la noticia, llamé a alguien que sabría con certeza del hecho y solo respondió a secas: “Es cierto”.Ya  Isidro repetía una y otra vez “no se puede haber muerto el flaco”.

Inmediatamente sentí la misma sensación que me daba -y que aún me da- cada vez que veo el round 14 de aquella épica pelea de noviembre de 1982, cuando luego de darle con todo a su oponente, fue aniquilado por Aaron Pryor. Se trataba otra vez de ver sacudida la cabeza del flaco por el ir y venir de las descargas de derechas e izquierdas de “El Halcón” Pryor sobre la humanidad del hombre ídolo, en un cierre de pelea grotesco y un desenlace fatal para nosotros.

Si, estaba viendo nuevamente caer a Alexis ante Pryor, pero esta vez para no levantarse nunca más de la lona, durmiéndose en la eternidad, víctima del abuso de quienes lo usaron de un lado y de otro, atrapado en su torbellino, sin poder gritar al mundo todo lo que sentía, porque a lo mejor de haber pasado ese round 14 de su vida, de haber capeado un par de golpes del Pryor que tenía enfrente, el round 15, el del día siguiente cuando se disponía a presentar su renuncia como alcalde, le hubiese significado una enorme victoria, porque era darle a su contrincante con lo más grande que tenía el flaco, que era su persona, su humildad, su ser gente y ser de la gente.

Era noquear a quienes lo ningunearon, volver por sí, por lo que era, por su grandeza, por ser el Alexis de la población, del nicaragüense que lo quería sin banderas, solo y únicamente por sus puños y por lo que había hecho con ellos.  

Pero no pudo, Pryor lo arrolló otra vez frente a nuestros ojos haciéndonos sentir ese escalofrío, la impotencia y el dolor de verlo vencido en aquella ocasión, aunque esta vez para siempre. Sin embargo, la caída del flaco nos dejó la enorme inquietud, no solo de lo que hubiese pasado en el round 15, sino de qué ocurrió en su esquina, ahí, en esa intimidad en donde el entrenador y el púgil hablan sobre si seguir o parar, porque particularmente no miro a Alexis tirando la toalla, pues su ímpetu y coraje, le indicaban que seguir en el pleito y llegar al último round, era salir con la corona en sus manos. Pero en su esquina pasó algo que nadie sabe explicar y que algún día encontrará la manera de salir a luz.

Los diálogos entre sus mentores de entonces y él antes de caer a causa de uno o más disparos, son los que tienen la respuesta. Lo que le dijeron en esa esquina antes de salir al round 14 pesó, así como lo ocurrido días antes, en su campo de entrenamiento en donde le terminaron de quitar todo para batallar contra la imagen de marioneta y hacer lo que quería por la gente que se le acercaba creyendo que él podía resolver. También pesaron las palabras y humillaciones, los “vos hace lo que dice el o la compañera”, que diezmaron su armadura de guerrero, pisoteando su amor propio afectado desde antes por sus problemas con las drogas.

Los miembros de la tripulación de la línea aérea que me llevaría hasta mi destino en Honduras, empezaron a llamar para el abordaje y por un momento Isidro y yo la pensamos en si emprender el viaje o no.

La indecisión no era solo por la magnitud de aquel acontecimiento desde el punto de vista noticioso, sino porque ambos sentíamos ese malestar que le da a uno cuando ocurre algo tan brutal y terrible a alguien como Alexis que puede o no ser amigo de uno, cercano o lejano, haberlo tenido cerca, haberse tomado fotos con él o por el contrario nunca haberlo visto personalmente, pero que por lo que significaba para el país, cada quien lo sentía cercano, propio, suyo, de todos.     

Al final me fui a Tegucigalpa, Isidro lloró en el vuelo y yo luché con el nudo que me apretaba la garganta. Me informé de cada cosa que pasaba en mi Managua, con el cuerpo inerte Alexis recorriendo las aglomeradas calles de esta desvencijada capital y sus ciudadanos despidiéndole con pañuelos, lágrimas y gritos de “¡Nunca te vamos a olvidar, porque vos fuiste nuestro campeón!”.

Me tocaba escribir sobre la Honduras golpeada en su democracia, pero más golpeado estaba yo que al igual que miles de nicaragüenses absortos éramos testigos de cerca y de lejos, de uno de los acontecimientos más tristes de los últimos tiempos. El flaco “bajó con sus guantes” y con él se fue la verdad de lo que pasó, aquella madrugaba fatídica que no dejó salir Alexis a su último asalto, el cual  provocaría levantarlo en hombros una vez más, como en sus mejores tiempos, como los grandes. Estoy seguro que Pryor pensaba lo mismo.
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