• Jul. 3, 2010, 4:21 p.m.
A la edad de 21 años tuve 5 mil dólares en mis manos sin tener en qué invertirlos, dos meses y medio de vacaciones y acababa de terminar por segunda ocasión “El año de la muerte de Ricardo Reis” de José Saramago; una novela, obsequio exquisito que me había otorgado mi amiga Eunice Shade.

Me vi tentado a viajar de backpacker por Europa, pero como nunca he sido alguien de itinerarios programados, decidí en un par de horas irme directamente a Portugal. Ahí me quedé cinco semanas con una misión: recorrer con mis propios pies la novela de Saramago en mano y seguir los mismos trechos de Ricardo Reis.

La novela está recreada a mediados de los años 30´s cuando acaba de fallecer el poeta Fernando Pessoa, y llega al puerto de Lisboa desde Brasil, Ricardo Reis –uno de los heterónimos del gran poeta portugués. La obra narra a lo largo de nueve meses episodios cruciales en la historia de Europa, desde una Lisboa lluviosa cuya atmósfera envolvente se convierte en el verdadero protagonista.

Esa era la Lisboa que yo quería descubrir. Por tanto, establecí en un mes de diciembre con un frío que helaba hasta los huesos mi residencia en Bairro Alto sobre la Rua da Vinha. Encontré rápidamente mi café, donde todas las mañana me atendía Carlitos con un mal café, pero en las noches se reivindicaba con una cuarta de brandy y su buen vino tinto (A 2 dólares la botella, Ufff, era feliz!).

Mis días eran de extremada rutina. Recorrer las callejuelas por donde se movía Reis: visitar a Camões , El Castillo, las plazas, el mirador de Santa Catarina, subir-bajar las colinas en tranvía, alimentar palomas, hojear los diarios (aún estaban recientito el 9/11, entonces si en la novela todo era Alemania contra la Alianza, en ese momento todos los diarios eran la Alianza contra Afganistán).

En esas semanas hablé muy poco con la gente, me enteré que les ofendía el español y no todo el mundo hablaba inglés. Lisboa era ya la misma ciudad vieja de 1935, con callejuelas atascadas igualmente de gente vieja que subía y bajaban ruas a impulsos de osos perezosos.

Bairro Alto estaba llena de lindos cafés y bares (una zona destinada al turismo), pero en sus segundos pisos se podía ver la pobreza entre los vitrales, las paredes corroídas por la brisa del Atlántico y los edificios se unían por cientos de tendederos de ropa, que los vecinos mueven con poleas mientras se comparten chismes todo el día.

Yo seguí sin hacer nada, nunca tuve sexo, ni vi a una mujer hermosa en toda mi estadía; Meme, un inmigrante de Angola al saberme nicaragüense, país de Revolución, siempre me saludaba con cariño para luego querer venderme hachís con ese: "es el mejor de Marruecos". Y con ello me convencía.

Pero quizás todo haya sido sólo literatura. Sí, encontrarme con el poder de la palabra y sus traspolarizaciones en el tiempo. Saramago se me volvió un caudal de vida desconocida entre su voz omnisciente e infinitas analepsis.

Mi viaje a Lisboa fue una segunda iniciación con la literatura, esta vez más madura, entregada y no se volvería consciente hasta los años, pero definitivamente a ese viejito, que ha perecido este pasado 18 de junio, le tengo una gran deuda por alfabetizarme y confirmarme que la especie humana es portadora de una caleidoscópica magia entre sus venas.

http://emilapersola.blogspot.com/

Últimos Comentarios
blog comments powered by Disqus