• Ago. 2, 2010, 4:24 p.m.
93 marcaba el cronómetro, sonó el silbato y cayó el gigante. Noventa y tres minutos de sudor, fatiga y esfuerzo que culminaron en llanto para Brasil.

Muchos no podíamos creer que nuestro mimado quedaba fuera del Mundial. Presurosa, apreté el botón rojo y de inmediato el televisor se cubrió de negro, ese color que envolvía mi alma y la de muchos fanáticos que caímos en duelo cuando el árbitro, con su pitido final, acabó con la competición. Qué más da quién gane o quién pierda, si la canarinha está fuera.

-Es que Brasil no jugó con su uniforme tradicional-- dijo un amigo, y todos echamos a reír en medio de la frustración.

Comentarios y lamentaciones por doquier. Si la derrota fue o no merecida es cuestión de más, lo único que interesa es que Brasil sigue tropezando, a pesar de ser siempre favorita y de contar con buenos jugadores.

Admito que lloré al ver el rostro de esos diez hombres caídos en desgracia, esos diez hombres que no conozco y a los que no me vincula nada más que un fanatismo quizás exagerado y el amor hacia una bandera que no es la de mi país.

Amargada, me disponía a tirarme a la cama,  resignada a compartir mi tragedia con las sábanas, cuando me asaltó el recuerdo de las duras palabras de mi mamá Bertha: “no andés llorando por unos jodidos que ni saben que existís, buscá qué hacer”.

Ding-dong, sonó la campanada de alarma. Medité y recordé cuánto me dolió ver perder a los Yankees la serie mundial de 2002, contra los Diamond Back de Arizona, justo el día en que don Enrique Bolaños ganó las elecciones. Esto último resultó irrelevante ante lo que significaba para mí aquella derrota.

También hice flash back hacia la última derrota que el Real Estelí le propinó al Diriangén, y que me dolió más que la de Brasil y la de los Yankees, porque soy de Diriamba y mi corazón es blanquinegro.

Y ya metida en la “meditadera”, también recordé que los Yankees volvieron a ser campeones, que el Diriangén se ha metido en la pelea aún sin contar con fondos suficientes y pensé que no es la primera derrota de Brasil en un mundial, lo que no le quita la magia que lo hace el mejor del mundo.

Ante esta realidad, también me puse a pensar que mientras mis amados equipos han tenido altibajos, mi país sólo ha ido en picada.

Mientras yo he llorado por tipos que, como dice mi abuelita, ni saben que existo, muchos amigos y conocidos tienen su vida frustrada por el desempleo que campea en el país.

Mientras he pasado horas frente a la televisión comiéndome las uñas en cada juego, miles hemos sido estafados por la trasnacional que nos provee la energía eléctrica para poder encender la TV, y yo, y muchos no hemos reclamado, con tal de mantener con vida a nuestro cuadradito ídolo.

Mientras me he distraído en tanda de penales, el presidente de mi país ha metido golazos de cancha a cancha, reformando la Constitución sin que hagamos nada.

Mientras me he dedicado a ver cuanto programa deportivo aparezca en la TV, en un lugar llamado Boaco el pueblo alzó la voz, esa voz que debería tener eco y sacarnos del letargo para que sumando esfuerzos logremos al fin el restablecimiento del estado de derecho, en este país en el que la Carta Magna pasó de regidora a mito y en el que la justicia es moldeable y maleable, sobre todo, deformable.

Es hora de arrancar no noventa minutos más el complemento, sino el tiempo que sea necesario para decir que los nicaragüenses existimos y que no estamos pintados en una pared, a merced de los trazos de la familia presidencial. Esa familia que en algún momento verá la tarjeta roja, por su actitud antideportiva. Basta ya de estar halando la camisa de quienes no se someten a sus reglas en contra del juego limpio.

Sudáfrica 2010 pronto apagará sus luces pero en el campo de juego llamado Nicaragua apenas está empezando la formación del onceno titular que vencerá al usurpador del trono.

Sigamos disfrutando del fútbol, del béisbol y de todos los deportes. Sigamos llorando, si queremos, la derrota de Brasil, pero no olvidemos ponernos la azul y blanco, y hagámonos fanáticos de nuestro presente y de nuestro futuro. Pongámonos los tacos y a correr contra la corrupción, a poner fuera de juego la reelección.
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