• Jul. 1, 2010, 1:15 p.m.
Después del fabuloso juego España-Alemania, al ver no sólo las multitudes en Madrid por televisión, sino al escuchar el entusiasmo de los locutores de Univisión por el triunfo de España, me quedé pensando en el significado de este sentimiento de camaradería que, por un mes, cada Mundial, nos une en la fiebre del futbol.

No sé cuántos de ustedes serán aficionados persistentes de este deporte y seguirán, en épocas normales, las peripecias de los partidos, pero creo no equivocarme al pensar que la mayoría de los que hemos estado en este mes siguiendo los resultados de estas contiendas, sólo vemos fútbol con el mismo entusiasmo durante las Copas del Mundo, o sea, cada cuatro años. Sin embargo, a juzgar por la pasión que le ponemos, diríase que somos fanáticos perdidos: gritamos, nos comemos las uñas, sufrimos, celebramos y nos zambullimos en el deporte sin recato, poseídos por el espíritu mundialista.

¿A qué se debe semejante despliegue de entusiasmo? Un filósofo marxista austríaco, Ernst Fischer, escribió un hermoso libro hace ya años, llamado La Necesidad del Arte. Se me ocurrió que podría escribirse otro sobre la Necesidad del Fútbol, la necesidad que tenemos de eventos donde nos es dado contemplar a otros seres humanos empeñados en lograr la excelencia. Hay algo mágico y especial en ese gozo que nos inspira un duelo donde lo que cuenta para el triunfo es, no la fuerza bruta, sino la agilidad, la pericia, la creatividad, la velocidad de las piernas. Es hermoso ver esos magníficos jugadores desplazándose como venados, alzándose, saltando. Pero quizás lo más hermoso de todo es que, como colectivo humano, nos sintamos identificados con ese arte que ellos encarnan; que encontremos en ellos un poco de cada uno de nosotros, que, colectivamente comprendamos y sintamos, la euforia con la que celebran un gol y las lágrimas que derraman –como en ningún otro deporte, públicamente- los más aguerridos que no logran la victoria.

Lo que esa comunidad de sentimientos nos indica, a mi juicio, es la necesidad profunda que como seres humanos tenemos de belleza, de armonía, de gallardía; la admiración que nos inspira quien se esfuerza y entrega lo mejor de sí.  

¡Qué lindo sería si en vez de guerras los conflictos mundiales se resolvieran en un partido de fútbol, en el cual ganaran los mejores jugadores!
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