• Jul. 10, 2010, 1:42 p.m.
Alguna vez escuché que si tenía alguna emergencia existían unos números telefónicos a los que marcar en busca de ayuda. Entre ellos el 118, para llamar a la Policía. Y sucedió que el 20 de junio tuve uno de esos percances en los que tienen que mediar los representantes del orden. Con más esperanza que ingenuidad --algo que no me caracteriza-- digité el Número en busca de auxilio, y la voz masculina que me atendió, un torrente de estática en el auricular, me aseguró la pronta presencia de los uniformados.

Cuento el hecho con detalles. Ese domingo me desperté tarde, como siempre. Terminé de corregir unos escritos de mis estudiantes y salí a las 10:30 de la mañana  a comprar unos aperitivos para dar tiempo a que mi madre terminara de cocinar el almuerzo. Pero cuando iba sobre el andén de la colonia donde vivo apareció un vecino totalmente ebrio y me insultó sin ningún motivo. Quiso golpearme, pero su estado y mis rápidos esquives no lo permitieron.

Resulta que este joven creció conmigo. Fuimos amigos de infancia, pero luego cada cual siguió su camino. Yo evolucioné, como es de esperar normalmente en cualquier persona, quemando etapas en busca de la superación en todos los ámbitos. Él se internó en el légamo de la abyección; involucionó: dipsómano y adicto a sustancias alucinógenas, ha recorrido cárceles y hospitales en una carrera sin frenos, sin límites.

Así, parece que su estado lo metamorfoseó en una especie de disminuido sicológicamente, con complejo de inferioridad --alguna vez trabajé con alguien parecido y es terrible--, que lo vuelve violento con las personas y las ataca por el puro placer de sentirse superior en ese nivel irracional de la brutalidad. Siempre busca la manera de atemorizar con sus escenas violentas: maltrata a su mujer, a su madre, a sus hermanos, a todo el que pase a su lado cuando el alcohol en sus venas se confunde indivisiblemente con su sangre. Y por desgracia pasé esa vez por su lado.

Entonces, tras este amago de trifulca, fue que llamé a la Policía, harto ya de una serie de amenazas, intentos de golpiza, difamaciones y agresiones verbales de su parte. 20 minutos me pidieron que esperara. Pasaron 30. Volví a llamar. Ahora me pidieron que contara los 20 minutos, pues la patrulla ya estaba cerca. Otros 30 minutos. Nueva llamada, y luego de exponerle a la oficial que había realizado llamados anteriormente, me dijo que le volviera a dar todos los datos, que ella tenía otro sistema de atender emergencias (¿?). “Espere 20 minutos, ya llegamos”, reiteró de forma grosera. “Ya llevo más de una hora esperando”, le respondí. Del otro lado, el sonido intermitente del timbrazo se me alojó en el oído, cansado ya de las mismas palabras.

Persistente (¿ingenuo?) marqué dos veces más. Las mismas frases. Incluso una de ellas hasta me dio su apellido, en fe de prueba de que llegarían. Ilusión perdida, al igual que mi tiempo: dos horas y 30 minutos. Pero ahí no termina la historia. Me dirigí a la Estación Dos, ubicada a pocos metros de mi casa. Llegué, dos policías jóvenes --hombre y mujer-- estaban sentados en el mostrador. Su mirada estaba clavada en el televisor de la sala de espera. Jugaba Brasil. Les expuse mi caso y sólo se levantaron y se metieron en una sala contigua. No volvieron a salir. Pensé que tal vez irían a buscar refuerzos o a su superior. Nada.

Más tarde aparecieron dos oficiales que se sentaron en el mismo sitio. Les volví a exponer mi caso; esta vez me dijeron que pasara a una sala donde me iban a tomar la declaración. Una jovencita estudiante de derecho de la UNAN-Managua redactó el documento. Salí a la sala. Esperé que algún oficial tomara mi caso. Nadie quería, Brasil en el televisor era más importante. Al fin, alguien lo tomó, casi forzado porque a él le había tocado atender el menor número. Me volvió a tomar declaración y me hizo firmar la misma. Me prometió, ojos de frente, que él mismo iría en su moto.

“Andate, en lo que vos llegás, nosotros estamos allá… te voy a dar tiempo para que llegués a tu casa”, aseguró el oficial, número de placa 13810. “Lo que pasa es que las patrullas están en reparaciones y sólo una está trabajando, y anda en un homicidio… por eso voy a ir en mi moto”, reiteró. No era cierto, cuando estuve en la sala de espera vi que llegó la patrulla y un oficial pidió que le llevaran su moto a su casa, que estaba en mal estado, y lo fueron a dejar.

Llegué a mi casa. Comí, esperé y nada. Han pasado más de 15 días desde que esto ocurrió. Pero casi es normal en un país donde la fábula es nuestra realidad. Aún conservo la copia de la denuncia, su código es A-0002-2010-02855. Aún espero. ¿Espero aún? Ya sabe, si tiene una emergencia llame al 118 y espere… es un buen ejercicio para endurecer las posaderas o muera de vejez.
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