• Jul. 9, 2010, 1:46 p.m.
No me gustan los senos grandes. Nunca he sabido qué hacer con ellos. Los prefiero pequeños, son muchísimo más versátiles y los alaridos son recíprocos. Me gusta cuando aparecen tiernos, ínfimos, ocultos y se atreven a dar sorpresas con las formas diversas de su areola. Esos son los únicos pezones capaces de sentir la lengua y llegar hasta el berrinche.

Sin embargo me encanta Sabrina Sabrok. Nunca podría contra su estructura, pero su mayor erotismo, para mí, está en la picardía de su sonrisa, su voz, su mirada y sus frecuentes latigazos. No obstante, aprendí a invisibilizar su figura hasta el deber de confesar que veo su programa en Telehit con una almohada en la cara.

El otro día leí en TV y Novelas, versión nica, que además de estar embarazada, se ha sometido a una operación más para seguir con el aumento de sus senos, que en 2008 ya tenían alrededor de 20 libras cada pecado. Sus senos son exorbitantemente de dimensiones lácticas, (claro, nunca lácteas) y al verla (sólo su rostro), entendés por qué tiene razón de ser la belleza y el erotismo en una misma falda.

Mas cuando aparece en pantalla con ese su fetiche –uno de los más bizarros que haya yo visto alguna vez– y que no sabemos hasta dónde llegará; uno cuestiona el por qué Sabrina no tendrá registrado en su cabeza el concepto REPULSIÓN, y me pregunto si además de Erick Farjeat, su representante y único autorizado para tener contacto con esas siliconas, habrá otro trasnochado que le guste esa anormalidad.

Definitivamente aunque Sabrina se acerca a la mujer perfecta, aún no aparece esa que tuviese su rostro, su voz, su mirada y sus exquisitos latigazos, con los senos por supuestos de Luisa Ortega. Esa sí sería la bomba nuclear más precisa del espasmo, orgasmo que sólo llegaría con el paso de cometas bisiestos, y después de un vaso de agua... démosle a otra!
Últimos Comentarios
blog comments powered by Disqus