• Jul. 17, 2010, 3:46 p.m.
Internet ha llegado a ser parte de nuestra vida. Es, incluso, inherente a nuestras costumbres diarias. Lo usamos en el trabajo, en la vida académica, en los momentos de ocio y hasta como medio de comunicación, para no perder relaciones con los familiares que no están en nuestra patria.

Atendiendo sus bondades, en mi casa decidimos contratar el servicio de internet. Nos sedujeron las promociones, pues realmente el poder de persuasión que la publicidad masiva tiene en el comportamiento del consumidor a veces es difícil de obviar.  Sin embargo, el paraíso que pintaban los comerciales se esfumó después de que firmamos el contrato. En ese momento comenzaron los dolores de cabeza.  

El tiempo empezó a correr, y un mes después de firmado el contrato aún no teníamos el servicio de internet, contrario a que la propaganda dice que lo instalan en 24 horas. Llamamos al 121 y las operadoras parecen robot. Nunca resuelven.

Pasamos semana tras semanas en ese dilema y al final nos dijeron que había que hacer la conexión internacional y que llevaría algún tiempo, pero que todo estaba casi listo. La promesa resultó falsa, por lo que desistimos y optamos por internet móvil. La conexión fue inmediata y relativamente buena, exceptuando los momentos en que para entrar a Google pasaban más de 15 minutos, cuando la publicidad se jacta de mencionar “velocidad sin límites”.   

Amigos que se dieron cuenta de nuestra odisea con el servicio nos decían que la conexión era demasiado lenta como para ser de 512 kb. Hacían prueba de velocidad y nos punteaba 128 kb. Y al parecer nuestro caso no es el último, pues en el Centro de Atención al Cliente ubicado en Km. 8 Carretera Norte, un cliente se quejaba a gritos del mal servicio. Contrató 1 Mega de velocidad y no le llegaba.

Es mucho más estresado llegar a uno de estos centros tratando de buscar respuestas y soluciones, y no encontrarlas. No tengo nada contra Claro como empresa, pero si se jactan de tecnológicos deberían también de capacitar a las personas  que atienden a los clientes no sólo para cobrar, sino también para responder a las necesidades y dar soluciones precisas.

Lo peor de todo es que al Centro de Atención al Cliente hemos llevado el dispositivo para regresarlo o para que lo revisen. Lo llevaron al taller pero “no encontraron nada”. En varias ocasiones e intentos quisimos que ellos nos visitaran y se dieran cuenta de que no tenemos servicios y las facturas siguen llegando. Ni siquiera se tomaron la molestia de cancelar el servicio mientras encuentran una solución o revisan el caso. No les importa, ellos nunca van a perder, aunque los llamen “turbulentos”.

Seguramente que mi caso no es el único, sino un ejemplo más del monopolio del servicio. Definitivamente, necesitamos más opciones y más competencia en el mercado de las tecnologías en nuestro país.

jpoveda@elnuevodiario.com.ni
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