• Feb. 25, 2008, 1 p.m.
I:
Confieso que hay tres cosas de las que me siento orgullosa: nunca he tenido una tarjeta de crédito, por considerarlo una sedante trampa judeo-cristiana; no creo en Dios, porque es una imposición a imagen, semejanza y conveniencia del hombre, y nunca he votado puesto que a fin de cuentas, el voto es una construcción social diseñada precisamente por el hombre blanco.

Siempre he entendido que el objetivo de la democracia como sistema de gobierno --desde que sus feligreses tuvieron contacto con el aberrado Maquiavelo-- ha sido el de crear mamparas de políticas participativas, y en paralelo, parir a hombres blancos que desde su status de minoría privilegiada, han tomado en serio el juego de manipular a las minorías marginales (aunque de gota en gota evidentemente registren ser la mayoría).

El populismo ha sido un cáncer constante del que se ha valido esa minoría privilegiada para que-le den...pero-que-le-den con pan y circo a esa mayoría marginal.

II:
Existe un mito profético ancestral en los anales de los Vedas, rescatado por la pitonisa rusa Helena Petrovna Blavatsky, fundadora de la Sociedad Teosófica a finales del siglo XIX en New York, una secta “respetada” que prometió mucho, pero terminó siendo un gran fraude teológico “panfleteado” por los mismos egocéntricos de siempre, que rápidamente le dieron muerte a la idea.

Ese mito –hoy quizás de esoterismo urbano--relata algo sugerente a la conformación de una nueva raza (etnia dirían los antropólogos) que se conformaría en América del Norte a inicios de la Era de Acuario. Siempre se pensó, que el crisol de razas (etnias) en los Estados Unidos darían nacimiento a esa quinta esencia del modelo humano, en vista que su población como en ninguna otra parte del planeta, ha estado constantemente expuesta al mestizaje y al relativo acceso a la riqueza.

Una versión positivista de ese mito fue planteado por el mexicano Leopoldo Zea al augurar su denominada Raza Cósmica. Algo similar, reciente y más científico, ha sido planteado por un grupo de intelectuales y académicos hispanoamericanos educados en la última década en los EEUU, y que han optado por llamar a su propuesta, el giro decolonial.

Me atrevo a esbozar que su planteamiento, como tesis, se dirigen a afirmar que finalmente los procesos históricos han llegado a asentar las condiciones para que el mestizo asuma las riendas del poder.

En conclusión, lo que pretendo decir, es que la administración pública mundial en los últimos dos mil años, ha estado en manos del hombre blanco-judeo cristiano, pero por una expiración de ciclos, hoy algo nuevo definitivamente se anuncia: la caída del hombre blanco y el ascenso al poder de la minoría históricamente marginal: el mestizo.

III:
En enero del 2009 Barack Hussein Obama, el fenómeno democrático más relevante de los últimos tiempos, asumirá enhorabuena la presidencia de Los Estados Unidos de Norte América.

Antes sólo Hollywood lo había profetizado, ahora es un movimiento tangible que sólo un loco del Ku Klux Klan podría frenar que Obama, el primer presidente negro de la “yusa”, firme contrato de arriendo por cuatro años en la Casa Blanca.

Contra todo pronóstico pensé que Hillary sería la próxima presidenta de esa nación, pero el desarrollo de las primarias me indican que Obama ha llegado a tocar el corazón de un amplio sector de la sociedad al que antes el votar le era un acto indiferente.

Obama se ha rozado con la crema y nata de la generación tecnócrata, y ha canalizado su mensaje de cambio, reconciliación y apertura de oportunidades al joven, al negro, a la mujer y al harapiento, votos que históricamente han permanecido dormidos.

De ese modo, la sociedad americana parece despertar y querer salir rápidamente de la pesadilla Bush, y de esa pacotilla republicana, huérfana de planteamientos, que entre sus mafiosos negocios de arma y petróleo, han iniciado la caída libre del Imperio más poderoso de la Historia.

Obama se enfrentará a esa realidad, y aunque aún existe escepticismo por su escasa experiencia, considero que con sus credenciales y una buena tajada en el Congreso, le permitirán devolver a esa nación su sueño americano.

¿Experiencia? Nadie mejor que Obama –aunque no resto capacidades a Hillary-- ha llegado a conocer mejor al marginal estadounidense y al marginal extranjero.

Hijo de una mujer de Kansas y un emigrante negro de Kenia, Obama no sólo ha estado inmerso con los sectores más violentos, pobres y desesperanzados de la sociedad estadounidense, sino también vivió parte de su vida en Indonesia, un país subdesarrollado y de mayoría musulmana.

Alumno élite de la Escuela de Derecho de Harvard, Barak es el fenotipo idóneo para gobernar la potencia mundial más influyente del mundo en uno de sus momentos más críticos para la humanidad: es mestizo, emigrante, africano y tan buen orador como J.K. Kennedy o Martin Luther King, y si bien su discurso emprende una lucha implacable contra la corrupción, los favoritismos, el privilegio y el abuso, cuida de no caer en victimismos.

“Estas elecciones no son una lucha entre negros contra blancos, ni hombres contra mujeres, sino una lucha del pasado contra el futuro", expresó Obama en ocasión.

IV:
Estados Unidos, la nación más arrogante entre las naciones –quizás después de Israel-- necesita de ese cambio radical que le asegure beneficios sociales a su población y que apacigüe el ascendente choque entre las civilizaciones.

Estoy convencido que Obama en la Casa Blanca, no sólo mejoraría las relaciones entre Oriente y Occidente, sino también le restaría tiempo a las confrontativas retóricas de Chávez, Ortega y compañía limitada.

Obama es un protagonista anhelado, “El Anticristo” como lo anticipan a tildar desde las fauces del Bible Belt al querer promover –por temor- una reacción que le impida al mundo ser más humano y consecuente ante la crisis de valores y recursos naturales.

Barak y Hillary, quienes han tenido una tensa campaña con frases lapidarias y de antología, pronto deben de limar asperezas, y configurar la antítesis de esa fórmula que le permita al mundo tener una nueva dimensión de Los Estados Unidos.

Ambos representan la caída del White Anglo-Saxon Protestan Man (WASP), pero ante todo el nacimiento de una nuevo esquema mental para la especie humana.

(PS: Ójala los gringo caitudos puedan ver la diferencia, amén)
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