• Jul. 11, 2010, 12:02 p.m.
¿Arnoldo Alemán? ¿Arnoldo Alemán será candidato a presidente por los Liberales? ¡Santo Dios, Santo Fuerte!

He llegado a pensar que como país nos deberíamos sacar el Premio Latinoamericano del Reciclaje Siglo XXI. Y también deberíamos ser el país sede de la próxima conferencia de la Lealtad Partidaria Por Encima de Todo y otorgar, como pueblo presidente, la Orden del Teflón en grado Supremo a Arnoldo Alemán y a Daniel Ortega, pues ambos se la ganaron al primer ganador de esta orden, el Presidente Ronald Reagan.

Se decía de Reagan -de allí el nombre de la orden- de que nada se le pegaba (el teflón impide que la comida se adhiera a las pailas). El cometía cualquier barbaridad, decía cualquier tontería, y sin embargo, seguía tan campante haciéndose el inocente, hablando con su voz de abuelito bonachón.

Tanto Arnoldo Alemán como Daniel Ortega cargan sobre sus espaldas acusaciones tremendas. A cualquier otro cristiano haber sido expuesto ante la sociedad por socios o miembros de su familia, como lo han sido ellos, por delitos muy serios, tendría que afectarle ya no digamos la reputación, sino la carrera política. Pero aquí en Nicaragua, nuestros Ordenes Teflón: no sólo no le huyen a las multitudes, sino que se atreven a proponer que metamos nuestro destino en estos envoltorios ya usados y que REINCIDAMOS en el error de elegirlos.

Lo peor del caso es que lo hacen porque saben que pueden salirse con la suya.

¡Arnoldo, Arnoldo y Daniel, Daniel! dicen las multitudes enardecidas, exaltadas por la idea de que les toca DEFENDER a sus líderes de las acusaciones en su contra.
    
Y lo peor es que el truco sicológico de proponerle a la gente que los REIVINDIQUE, ¡les ha funcionado! “Pobrecito nuestro líder vituperado, nuestro inocente cordero, salgamos en su defensa, pongamos el cuerpo, el alma, el voto, para mostrarle a los otros, los malos, que, digan lo que digan, nuestra lealtad es, como los relojes Bulova, a prueba de agua y choque.”

La elección deja de ser un asunto de razón y se convierte en una prueba de resistencia, de terquedad sobre quién defiende mejor “al hombre”, quién gana la medalla de la Lealtad Partidaria por Encima de Todo.

La argumentación racional que claramente diría que la reelección ha sido un vicio muy dañino para el país, o de que la corrupción de un presidente tiene efectos nefastos sobre cómo se distribuye la riqueza, nacional, da paso a una discusión cuyo eje pasa a ser la “motivación” de tal o cual persona para oponerse a uno u otro de estos líderes.

No se discute sobre cómo es posible que en un país de casi seis millones de habitantes tengamos que seguir eligiendo individuos con récords tan sospechosos y poco transparentes; personajes ya en sus sesentas en un país de gente joven, personas que llegados al poder no dan paso a las nuevas generaciones, que insisten en endiosarse y en presentarse como dueños de verdades absolutas, y que para hacerlo recurren a métodos tramposos, compran jueces, violentan la Constitución, y en fin, nos tienden trampas para ponernos entre la espada y la pared. No. Lo que se discute es si éste o aquél que se opone, lo hace por traidor a la causa, por piricuaco arrepentido, porque ya no está en planilla, porque tiene tal o cual apellido, o es radical o derechista.  

El éxito de estos partidos que exigen esa Lealtad Partidaria por Encima de Todo, consiste precisamente en manejar la discusión. Nos embaucan para que sospechemos de nosotros mismos, para no dejar títere con cabeza que los refute, para que nos desgastemos acusándonos los unos a los otros de motivaciones sospechosas.

Bastaría que analicemos la lógica bondad que se derivaría de no seguir cometiendo los mismos errores, de darle un rumbo nuevo a nuestra política nacional. Bastaría que exigiéramos con la valentía con que nos hemos manifestado otras veces, el derecho ciudadano a tener más partidos, mejores magistrados, elecciones limpias, todas las cosas racionales que una ciudadanía se merece, para que pudiéramos meterle el diente a nuestra problemática nacional. Pero no; seguimos sin abordar lo central, dispersos en el laberinto de ciegos y sordos al que nos han conducido.

Ya lo dijo Sandino cuando se dio cuenta de que lo iban a matar:
“mis políticos me embrocaron” Recordemos a Sandino. Que no nos embosquen y nos embroquen echándonos a pelear entre nosotros. Salgamos de la selva de dimes y diretes en que nos pierden. Que no nos den de cenar y nos hagan firmar lealtades, para después matarnos el alma: Usemos la cabeza y pidamos sin descanso y con valentía lo que por derecho nos corresponde, lo que nuestra Constitución establece.

Sigamos de frente, usando la frente.
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