• Jul. 31, 2010, 6:12 p.m.
El recuerdo de cada persona que ha vivido
allí, es distinto del recuerdo de cualquier otra.

Ernest Hemingway
Paris era una fiesta


Luego de escuchar con gran resonancia la llegada al país de la réplica de San Juan Bosco, la noticia evocó con gran nostalgia una parte crucial de la niñez y adolescencia que viví en el Centro Juvenil Don Bosco. Me veía reposando en la grama de los cuadros de béisbol donde se armaba la tertulia después de cada partido. Pero nada provocaba ese poder magnético que su zoológico. El zoológico fue un pequeño trozo del paisaje natural de este centro, mi lugar de recreación predilecto.

Apelando a esa imagen, 15 años después pretendí compartir con mi hijo Alex, las bondades de este lugar al que asistía principalmente en verano. Para mi sorpresa la fotografía que encontré en este sitio fue similar al paso del Huracán Félix en el Caribe. ¿Qué ocurrió con aquella imagen paradisíaca que a través del tiempo congelé en mi memoria? En medio de los preparativos del agasajo al santo italiano, nadie pudo explicarme la desaparición del zoológico. Si el parque constituía el nervio central de la relación del Centro Juvenil Don Bosco con la comunidad y era su prueba fehaciente de su compromiso con el medio ambiente ¿por qué este cambio drástico?

Ante la negativa oficial, traté por la vía informal conocer las causas del estado en que se encontraba el principal centro de recreación durante mi infancia. Entré como fugitivo por medio de una malla abierta, ubicada en el costado derecho de lo que un día fue el portón principal del zoológico. Adentro se encontraban dos adolescentes con uniforme de fútbol intentando desplazarse en uno de los lagartos metálicos. El lagarto chillaba como si estuviera agonizando. Me dirigí al de camiseta número 10, escuetamente dijo que desde hace tres años desaparecieron los animales, y que ninguna autoridad del centro explicó la decisión. Solo uno de ellos alcanzó recordar los ornamentos del local; el otro, tres años menor que el primero, señaló no haber tenido la dicha de haber disfrutado del zoológico. Alex interrumpió el diálogo, pidiendo que lo llevara al baño.

Mientras nos desplazamos por la pequeña ciudadela, daba la percepción de estar en dos sitios distintos a la vez. Dos realidades, dos modelos de desarrollo, por un lado, era notorio que sus edificios de educación técnica han sido restaurados y sus oficinas administrativas están en óptimas condiciones; en la casa de Protocolo se ve más confort; y entre las construcciones nuevas está un auditorio salesiano, y el dugout del cuadro seis de béisbol; de modo que el parque solo es una huella del modelo socialista y amor hacia el medio ambiente de la filosofía que una vez trató de inculcar la administración de hace  década y media. Hoy el sitio donde fue el zoológico es la cara fea y anacrónica del centro.

Regresamos a buscar a los futbolistas, pero ya se habían ido, el lagarto metálico ahora daba un poco de recreación a dos niñas, las cuales eran mecidas por una persona adulta. Me desplacé lentamente por el lugar, de las pequeñas jaulas solo habían quedado las bases de cementos, con excepción de una que todavía colgaba el tradicional rotulo: Cuidemos los animales. Intenté recordar donde estaban anidadas las tortugas, guatusos, monos, loros, lapas, ardillas, lagartos. ¡Cómo olvidar los venados y jabalíes que se encontraban al fondo del parque ocupando el espacio más grande!

Recordaba a mi hermana Ángela, acompañada de mi papá, dándoles banano y mangos a los monos; miraba a mi hermano Oscar deslizándose por el resbaladero, el juego donde cada fin de semana centenares de generaciones provenientes principalmente de los barrios orientales de Managua, tenían que hacer fila para disfrutar del mismo. Y cómo olvidar el hematoma en el cráneo que me hice luego de haberme caído del lagarto metálico cargado de chavalos; o Ángela que por deslizarse con fuerza en el resbaladero calló un metro después del punto de referencia, lastimándose una de sus piernas.

Sigo desplazándome, leo la siguiente leyenda: Juan, Esther, Ramón, 23-03-97, que se conserva sobre la capa de pintura de un resbaladero cuya gran parte de su estructura metálica está ensarrada. En cada rincón de ese lugar hay varias leyendas como estas, huellas del tiempo, voz de una generación que grita para no morir junto con el zoológico. Un espacio cronológico que evoca ese hábitat natural del Centro Juvenil Dos Bosco. Continuo la marcha, me detengo en el arco de metal del que era mi chino favorito, me veo flaco, ajustándome el pantalón de jugar béisbol para que no se me caiga. Por instante recuerdo que al lado del chino quedaba la jaula de los lagartos. El zoológico matiza mi melancolía, siento el olor de los animales que un día habitaron en este lugar. ¿Qué suerte tendrían?   

Sentado en el chino favorito, vuelvo a preguntarme ¿qué fue de aquel jardín que formaba parte del reino de Don Bosco? Hoy este lugar es un jardín sin flores, un zoológico sin animales, un parque convertido en chatarra cubierta de zacate. Ojalá que el nuevo director del Centro Juveníl Don Bosco, Padre Guillermo Argüello Alvarado, refunde el zoológico. No me queda más que hacer mías las palabras del poeta Rubén Darío, “no quiero decir adiós…” ¡si no hasta luego!      
Últimos Comentarios
blog comments powered by Disqus