• Ago. 14, 2010, 3:30 p.m.
“Buenas noches. ¡Ayúdenos por favor! Somos del Nemagón. Tenemos cuatro años y 28 días de estar frente a los semáforos de la Asamblea Nacional. Ayúdennos para comprar algo de comida”, el campesino se dirigía a los pasajeros de la ruta 119 con su hablar peculiar. Su mirada de ojos grandes y de desesperanza, apelaba a la solidaridad de los pasajeros. A diferencia de los demás predicadores en los buses, que ponen tarifas a sus suplicas, él dejaba abierta las contribuciones.

En varias ocasiones había escuchado ese clamor. Su discurso lo tenía memorizado. De hecho me llamaba la atención la claridad y brevedad de su mensaje. Para ser exactos su intervención era de 30 palabras. La efectividad de su sermón solo lo comparaba con el moreno de chaqueta negra y canguro de cuero, quien con biblia en mano y su ágil verborrea, convencía a la mayoría de los pasajeros de la ruta 102. En mis años de estudiante, fui testigo de su trabajo bien planificado. Abordaba el bus de la parada de Canal 2 hasta la UCA. Tenía exactamente entre 8 y 10 minutos para hablar en nombre de un centro de rehabilitación de drogadictos en carretera a Masaya, y justo cuando arribábamos a la bahía de la UCA ya tenía los resultados traducido en unas cuantas monedas.

Como era de esperarse, la telenovela del drama social que por varios años vendió a los pasajeros, fue desmentida hace dos años por el periódico HOY. El moreno de pelo afro apareció en portada como impostor. A pesar de ello hace un año, persistente, lo volví a ver en su tradicional Monte de Sión, de la ruta 102.

El predicador del Nemagón, era de voz baja y palabras pausadas. ¡Pero eso sí! Sus dejes de campesino honesto, su sombrero de palma, un carnet despedazado que apenas mostraba su rostro, y sus botas de hule que cubrían hasta media cuarta más de sus rodillas, eran el disfraz perfecto que lo acreditaban como miembro de número de los damnificados del Nemagón. ¡Un autentico cortador de algodón! ¿Con esa actuación quién podía dudar que fuera uno más de los afectados por este drama inconcluso?

Por primera vez coincidimos miradas. En esta ocasión quien sabe cuánto fueron los frutos de su tradicional alocución. Al verle de frente su respuesta fue un silencio y mirada asustada a tal punto que recobró la nitidez de sus ojos negros. Se desplazaba con temor a que lo delatara en público. Para que estuviera tranquilo le respondí con una sonrisa de camarada y le entregué dos monedas que saqué de la bolsa de mi camisa. Las tomó sorprendido y avanzó hasta el fondo del bus.
 
Me cedió el paso para que me bajara de primero. Se dirigió directamente a la Comidería de Torticentro, cerca de la parada que colinda entre Monseñor Lezcano y la Colonia Morazán. En la medida que me distanciaba de la parada me seguía viendo sorprendido. Dos días después esperando la ruta en la mañana, nos volvimos a encontrar. Evadió su mirada fijando sus ojos sobre un rollo de tortillas con cuajaditas que llevaba en sus manos. Vestía de short, camiseta y chinela de gancho. Su paso era lento como el de un anciano, cuando en realidad tenía menos de cuarenta años.
 
Alguien lo saludó como Tú Gloria. Mote que se lo pusieron desde adolescente debido a su fiel participación a todos los altares de las griterías de los 7 de diciembre, en los barrios Monseñor Lezcano, Cuba y Colonia Morazán. Indagué más sobre su vida, con la vecina más informada del barrio Monseñor Lezcano, doña Sandra, y me contó que Tú Gloria, era un enfermo crónico de tiroides; era moto desde los 7 años. Para medio sobrevivir ha hecho oficios múltiples, desde lavacarro, vende agua helada, su último empleo honesto, fue como guarda de seguridad del barrio, el cual perdió por haber sido encontrado dormido. Ahora arriesga el pellejo para ganarse el sustento.

Los buses se han convertido en sitio ideal para que muchas personas distraigan su infortunio. Desde cantantes improvisados hasta verdaderos enfermos cantan a diario su desdicha en busca de unos cuantos pesos para enfrentar las durezas de la vida. Si Tú Gloria tuviese un empleo digno y seguro medico, no tendría que jugar ese rol, ni se arriesgaría de ir a la cárcel por unos cuantos centavos.  

A propósito la última vez que vio al predicador del Nemagón, fue hace un mes. ¿Cambió de ruta o mudó de vecindario? No creo que haya encontrado empleo, más bien pienso que anda por otros rumbos, para evitar ser reconocido por los habitantes de mi barrio. Al menos tiene la esperanza de no tropezar con conocidos que vayan a develar su verdadera identidad.  

adrianuriarteb@gmail.com

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