• Ago. 23, 2010, 3:36 p.m.
Me molesta mucho cuando ciertas personas medio educadas con las que hablo, o a las que oigo hablar frente a un micrófono ante el público (algunas mucho más jóvenes que yo, aunque otras no tanto), se excusan de abordar temas del pasado escudándose en su juventud.

“Yo no puedo hablar de eso porque cuando sucedió apenas era un niño, o ni siquiera había nacido”, dicen olímpicamente, como si por su escasa educación no estuvieran obligados a conocer la historia, o por lo menos su propia historia; o como si no tuvieran la obligación de ejercitar la memoria para al menos poner en práctica algo de lo que aprendieron cuando pasaron por las aulas de clases.

De ellas me acordé ahora que leí cómo el comentarista de esta página que se autonombra “Me109cito”, le explicó ampliamente a Emila Persola el contexto y origen de algunos vocablos como “loco”, “broder”, “compañero” y otros, que equivocadamente “ella”, o “él”, o ambos (¡no sé cómo diablos se define al fin Persola!), trató de definir y explicar a su manera en el más reciente blog que publicó.

Definitivamente, cada cierto ciclo las denominaciones en boga van cambiando o se van sustituyendo por otras. Cada generación tiene su propio “escaliche”, pero el origen de todas esas palabras está siempre fijo allí, donde comenzaron a usarse, y eso debe llevar a Persola a no pensar tanto desde el presente, como muchos de su generación, que creen, por ejemplo, que el término “broder” es “medio ochenteno”. Cáspita. Y eso que no quiero mencionar otros ejemplos conceptuales mucho más delicados.

Pero bueno, puesto casi todo en su lugar (bastante amablemente, creo) por “Me109cito”, paso a reflexionar casi sobre lo mismo que en mi anterior blog: ¿cuál podrá ser el futuro de una generación que se autollama “nativa de la Web”, si se empeña tanto en depender casi exclusivamente del artificio tecnológico (que podría ser tan efímero como el presente mismo) y prescinde olímpicamente de la memoria?

Dice Norman Cantor, profesor de Princeton y Columbia, que lo que él llama “la era de la protesta”, dominó casi todo el siglo veinte. Desde la revolución mexicana de 1910, la sublevación irlandesa de 1916, la revolución bolchevique de 1917, la gran huelga de 1926 en Gran Bretaña, la rebeldía de la “generación del Jazz” en Estados Unidos en los veintes y los treintas; el ascenso del nazismo en Alemania, las grandes oposiciones al capitalismo y a los imperialismos; las internacionales socialistas y comunistas; las guerrillas latinoamericanas y africanas; el anticolonialismo indio y la oposición al estalinismo en Europa Central, hasta la rebelión estudiantil en Francia y las luchas raciales y juveniles estadounidenses en los años sesentas.

Si él no lo ha hecho ya, nosotros tendríamos que agregar la Perestroika y la Glasnot, la gran rebelión juvenil china en Tiahnamen, la caída del muro de Berlín en 1989, en fin, el derrumbe del falso y autoritario socialismo de la “órbita soviética”. Un siglo de protesta. Bien dicho.

En cuanto a Latinoamérica, el mexicano Carlos Monsiváis (y aquí también a veces Quezada) insinuaba que en nuestros países, en muchos casos, sólo hemos hecho mímesis, copiarnos o arremedar como los monos: “glamour” disminuido por la pobreza, “esnobismo criollo”. A lo mejor es lo mismo que padecieron los “modernistas” latinoamericanos que con su ridículo aspecto de “latin lovers” se paseaban por Europa al final del siglo diecinueve.

Después de eso fue que sobrevino todo esto que no sé porque no han dejado de llamar “postmoderno”. “La era del vacío”, como la llama el también profesor Gilles Lipovetzky. Disolución del interés político, entronización final del individuo y sus paroxismos consumistas y narcisistas; apatía, indiferencia, deserción ideológica, agotamiento de las vanguardias artísticas. “El principio de seducción sustituyendo al de convicción”, comenta Lipovetzky.

Pero dicen que siempre que nace un espíritu nuevo aumentan las inevitables diferencias entre las generaciones, y que este es un fenómeno, después de todo, normal; propio del nuevo estado histórico en “sociedades democráticas avanzadas”. Pero ¿nosotros? A lo mejor, aunque no tenga sentido y sea sólo para obedecer a los mini-caudillitos de UNEN y garantizar una beca, para estar en la “onda” todavía habrá que andar lanzando piedras y morteros contra los anti-motines o garroteando a compañeros de estudios, como sugiere un comentarista de este blog que se autollama “ángel bizarro”.

También he oído decir que las revoluciones siempre se han levantado cuando se dan ciertas características. Una de ellas es que al sistema de cosas lo impongan “organismos mal dirigidos”, con poca fuerza como para reprimir una insurrección. Y la otra es que el gobernante no tenga el suficiente sentido común como para dejar que se hagan reformas profundas. Las dos se dieron con Somoza. Y las dos se están dando también ahora.

¡Arriba desmemoriados!
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