• Feb. 27, 2008, 5:33 p.m.
Entre las imágenes que se desprenden de Cuba, aparece un Fidel que tiene más de Quijote que de ex presidente. Un Quijote en reposo. El primero, de La Mancha, salió a luchar para componer el mundo, enfrentándose a los gigantes de sus más caros sueños, a defender a su Dulcinea, a comprometer, en su carrera por la justicia, a Sancho, ofreciéndole de recompensa una ínsula.

El segundo Quijote es cubano y además de un lugar del cual queremos acordarnos siempre. Ya no va a luchar contra esos enemigos terribles que no son obras de la imaginación, sino de la experiencia, porque ya luchó y demasiado. Don Quijote de las Antillas asumió la dirección de una república y más que país, terminó al frente de una bandera.

A lo largo de cinco décadas, el líder cubano logró una proeza en términos históricos al lado de su pueblo: Cuba pasó de casino del Caribe a república y de país soberano a estandarte.

Ser bandera significó extender el estrecho territorio a una referencia sin límite. Por supuesto, es prohibido ser mal ejemplo, sobre todo en los años 60-70 del siglo XX, cuando otras naciones estaban reducidas a fincas bananeras, haciendas cafetaleras, campos petroleros o simplemente balnearios con alguno que otro algodonal. Cuba, así se nos vendió, fue un país mal portado. Todavía lo es. Su último delito fue elegir a sus autoridades y al nuevo Presidente bajo la sombra de su revolución, que además es propia, local, posible.

Quizás lo de ser bandera pueda sonar abstracto, pero no en nuestro hemisferio. Es algo difícil de entender en Europa, donde la armonía no consiste en dividir el continente entre países élites y naciones satélites. En América nos ocurrió de otra manera. Si España quiso ser España, no pasó nada. Si Francia un día deseó contar con una democracia a la francesa, el mundo no se agitó. Si Italia quiso ser Italia, ni papa ---ni con Papa--- sucedió. A nadie se le castigó con un brutal bloqueo por tratar de ser lo más básico: nación auténtica.

Un día, El Quijote del Caribe pensó que Cuba debía empezar por el principio: ser Cuba. Es su gran pecado del tamaño del Paraíso Perdido. En nuestros países, debemos de dejar de ser nosotros, para ser como los otros quieren. No se admiten originales, sino copias. Somos países recetados. Se detesta la luz propia y se promueven las sombras ajenas. Lo peor es que las penumbras han dictado su oscuridad contra la resplandeciente identidad nacional. Nicaragua misma fue un triste país falsificado desde el asesinato del General Augusto C. Sandino.

Una república hecha por sus gentes brilla; un país alumbrado por otro, se oscurece. Y cuando un pueblo intenta salirse de la planilla, vienen los problemas. De cierto, no hubo países en América muy deseosos de ser referentes después de la segunda mitad del siglo XX. Es que no es fácil convertir una nación en limpia bandera que al solo ondearse, despierta los vientos más enfurecidos de los molinos gigantes.

Reclinada su cabeza, leyendo en su lecho, el Quijote recorrerá las páginas verídicas de Fidel, al enfrentarse, muchas veces solo, contra las políticas del gigante. Pero, ya fuera en su juventud, ya fuera en sus años de madurez, él había tomado la armadura y con su adarga, montó a su Rocinante en busca del dragón. Ya no habrá otra historia que repetir. El Quijote podrá reposar. Los dragones no pudieron chamuscar como hubieran querido el ideal cervantino.

El precio a pagar por ser un Estado emblema sólo lo saben los cubanos. En el pueblo hay diversidad y quizás no todos hayan querido sufragar los gastos cotidianos de lo que significa ser un símbolo, lo cual tampoco es condenable. Las verdades supremas no existen, pero los ejemplos ilustres tienen vida propia. Y de ellos hablo. Respeto a los cubanos que a lo mejor querían llegar hasta ser una república “normal”, no obstante, creo que Don Quijote supo de todo el potencial creativo que era capaz de desatar el pueblo isleño. Igual que el mentor de béisbol: es quien sabe si cuenta con una poderosa maquinaria, un verdadero trabuco o simplemente un equipo.

Hoy, ese pueblo merece que lo liberen del embargo económico e informativo. No se puede seguir estimulando los odios con código de barras ni administrando para siempre los rencores. No tendría sentido que todo el futuro de la isla dependa de un brindis en la Casa Blanca, creyendo resuelta una “pesadilla” que dejó un muro real que se llevó 10 presidentes en fila durante su infame construcción.

Toda obra humana es imperfecta y más aún cuando se trata de crear una república a partir de los ripios de un burdel tropical. Heroica batalla de la cual, hoy el Quijote se dispondrá a leer.

Cuba ayudó mucho al mundo, ahora, el mundo debe hacer algo por ella, respetándole su historia, su destino, su lugar. El Cardenal Tarcisio Bertone, Secretario de Estado del Vaticano, aseguró en La Habana, que el bloqueo "es una opresión para el pueblo cubano" y "una violación de su independencia".

Desde Nicaragua, a este Don Quijote del Caribe le decimos: Cuba fue una isla que hasta ahora estuvo al servicio de un sueño que alcanzó dignas realidades. Dios, en el nombre de Cristo, bendiga a esa extraordinaria nación.
Ser bandera, Don Quijote, es peligroso, diría Guimarães Rosa.
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