• Sept. 3, 2010, 5:30 p.m.
Recibí un correo muy coqueto el otro día. Lo firmaba, aparentemente, una chica que se hacía llamar Athiany Larios, y me invitaba a ser su amigo en una de las tantas redes sociales de Internet. Con creciente entusiasmo acepté su invitación y empecé a intercambiar correos y hasta me sumergí algunas veces con ella en intensas y también muy coquetas sesiones de chateo en el Messenger.

Nunca me mostró una foto suya, y por circunstancias impuestas por mis ocupaciones se vinieron abajo un par de citas que entre el chat y los correos habíamos planeado para conocernos personalmente. Pero mi entusiasmo y mi coquetería sufrieron un duro revés cuando, de pronto, me llegó un forward que mi supuesta nueva amiga enviaba a todos sus conocidos.

En aquel forward, para mí tan desolador, Athiany denunciaba la violación a los derechos humanos de un grupo de jóvenes travestis en Plaza Inter, que se habían tomado el baño de mujeres para retocarse el maquillaje y chismear un rato, y de donde fueron expulsados violentamente, a punta de golpes, por los guardias de seguridad, con ayuda de algunos testigos homofóbicos y voluntariosos.

Y no me van a creer ustedes que, entre aquel grupo de travestis, para mi decepción, se encontraba mi nueva “amiga” virtual. No me pregunten si seguí intercambiando correos con “ella”, ni si al fin pudimos llevar a cabo nuestra cita. Lo que sí puedo decirles es que este percance me ha hecho ver con claridad que en este nuevo mundo tecnologizado las identidades están en plena crisis, y a todos sus niveles.

No sólo es visible allí un problema producto del subrepticio escamoteo de identidades a través de la comunicación virtual, sino también el dilema de identidad de jóvenes trans-sexuales que se sienten más a gusto en el baño de mujeres y seguramente temen las violentas reacciones homofóbicas a que se exponen si entran al de hombres.

Aquella experiencia despertó en mí el interés por otros casos similares que han aparecido en los periódicos últimamente. El joven Jambier Josué Valerio Aguilar, por ejemplo, denunció ante la Procuraduría Especial para la Diversidad Sexual, que había sido expulsado de la Escuela de Turismo y Hotelería por defender lo que llamó su “identidad sexual”, que es algo parecido, aunque distinto, creo, a lo que en jerga de oenegés llaman “opción sexual”.

La procuradora Zelmira Montiel en persona dio a conocer casi de inmediato ante la prensa una resolución de la Procuraduría de los Derechos Humanos donde se ordena a la Escuela reintegrar de inmediato al joven Jambier y reformar sus reglamentos para abolir en ellos “directrices discriminatorias”.

No olvido tampoco las terribles escenas que vi en el telenoticiero Acción 10 el otro día, en las que un joven travesti era vapuleado y apedreado salvajemente por un grupo de energúmenos, con la complacencia de testigos y hasta de la misma policía. Tampoco olvido las reacciones airadas de muchos diputados cuando los periodistas les consultaron acerca del matrimonio entre personas del mismo sexo. Muchos hasta se santiguaron y dijeron que ese asunto era “cosa del demonio”. Sólo dos diputadas ponderaron abiertamente la posibilidad de legislar sobre el tema.

Un amigo periodista que cubre la Asamblea Nacional me dijo que, en su opinión, aquellas reacciones eran lógicas, pero que algunas de ellas no lograba explicárselas porque, según me dijo, en los últimos años, nuestro flamante Parlamento es un hervidero de crisis relacionadas con la opción sexual y la identidad de género. Y no sólo entre liberales, donde supuestamente eran más comunes.

Algunos de ellos –me dijo- a lo más que se atreven apenas es a practicar una especie de dandismo, entendido éste como el cultivo meticuloso y neurótico de la apariencia elegante, que hoy se conoce como metro-sexualidad. Lo cierto es que la idea hasta hace poco moderna de subordinación del individuo a las reglas racionales se está rompiendo en mil pedazos. La era tecnológica ha acabado por hacerla añicos.

Las generaciones de hoy han instaurado un nuevo valor fundamental: el de la realización individual, íntima, personal, y exigen respeto a la singularidad, al ente subjetivo que quieren hacer de ellos mismos, a la personalidad particularísima a que cada cual tiene derecho, evadiendo cada vez más hábilmente las formas de control y de homogenización de nuestras arcaicas instituciones.

Pregúntenle a Emila Persola, encarnación paradigmática de este nuevo narcisismo, y les dirá que, en efecto, el derecho a ser íntegramente uno mismo, a disfrutar al máximo la vida, es inseparable de una era que ha erigido al individuo libre como valor cardinal, y no es más que el triunfo, quizás temporal, quizás definitivo, del ideal individualista.
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